Opinión

Vivir por quienes ya están


Karla Castillo

Hace pocos días leí con mucho interés el fin de la historia de la mexicana Verónica Celis, de 36 años. Confieso que me conmovió porque soy contemporánea con ella, porque era madre de tres muchachos y su vida era similar a la de muchísimas personas que viajan de Latinoamérica hacia Estados Unidos con la esperanza de tener un mejor futuro para su familia.
Pues bien, Verónica murió pocos minutos después de dar a luz a su cuarto hijo. Era la primera hija de esta mujer, quien tenía tres varones de 19, 13 y 10 años, procreados en 21 años de matrimonio con su esposo, el también mexicano Aarón Celis.
Cualquiera podría pensar que ella fue víctima de las típicas complicaciones del parto, que matan a muchas mujeres en cualquier parte del mundo, pero no. Fue víctima del cáncer en los senos y los últimos dos meses de su vida fue mantenida de forma artificial, pues ya los médicos habían confirmado que sufría de metástasis --diseminación de las células malignas a otros órganos-- y Verónica presentó muerte cerebral, por lo que técnicamente era un cadáver que servía sólo de incubadora a la bebé que se formaba en su vientre.
De acuerdo con el relato que leí, Verónica luchó hace unos años contra la enfermedad y ésta cedió. En junio, sin embargo, la mujer y su familia se enteraron de dos noticias: el cáncer había vuelto a aparecer y ella estaba embarazada.
Los médicos de un hospital norteamericano recomendaron a los Celis que lo mejor sería practicar un aborto terapéutico, porque en las condiciones en que se encontraba la madre el embarazo impediría que ella se sometiera a los tratamientos necesarios para combatir tan grave enfermedad.
Cambio de opinión
En ese punto de la lectura pensé que el aborto hubiese sido lo más acertado para Verónica, pues mientras estuviera embarazada su cuerpo no podría responder adecuadamente al tratamiento, a como en efecto ocurrió.
El relato de Aarón, el viudo de Verónica, me conmovió más aún, porque dice que en cierto momento todos estuvieron de acuerdo en interrumpir el embarazo, pero su esposa cambió de opinión al parecer cuando supo que tendría una niña, la hija deseada que vendría a colmar de felicidad su hogar.
Los últimos meses de la vida de Verónica fueron terriblemente dolorosos. Sufría de fiebres, días interminables en que deliraba, por lo que los médicos debieron atarla a la cama
Eran pocos sus momentos de sosiego, en los cuales solía conversar, desde la cama que ocupaba en el hospital, con Aarón, sobre sus planes con la bebé y la súplica de que si moría, que cuidara de la pequeña.
Cuando el cerebro de Celis dejó de funcionar, el siete de agosto, el embarazo aún no estaba tan avanzado como para permitir que la niña sobreviviera. Es allí cuando su esposo dice haberse sentido como un monstruo, porque sabía que Verónica estaba muerta y sin embargo debía mantener su cuerpo “vivo”, sólo para lograr la maduración de la bebé. El parto fue inevitable a finales de septiembre, mediante cesárea, y aunque nació una bebita prematura, estaba sana, gracias al fatal sacrificio de su madre.
El tiempo de vida de Celis, después de la cirugía, fue tan escaso que sólo permitió una fotografía con su niña, a la que nunca conoció, al lado de su rostro, demacrado, hinchado y rodeado por los pocos cabellos que le dejó el devastador cáncer. Según los médicos, no pudieron postergar ni un día más la cesárea, porque una infección generalizada se había apoderado del cuerpo de la mujer.
Aarón aparece en la fotografía besando la frente de la moribunda, a manera de despedida, pues los médicos ya la habían desconectado de las máquinas que la mantenían “en este mundo”. Aarón perdió a su esposa y llevó a su hija, huérfana dos meses antes de venir al mundo, a un hogar donde esperaban tres hijos que aún necesitan de su madre.
Si Verónica hubiese vivido en Nicaragua, su decisión quizás hubiera sido utilizada como estandarte equivocado de quienes se oponen al aborto terapéutico, un derecho que, quieran o no, existe en nuestro país desde hace más de un siglo, gracias al general José Santos Zelaya.
Pero si Verónica hubiese decidido abortar en nuestro país, para preservar su vida o quizás prolongarla unos años más, se encontraría con una pared de rechazo que automáticamente la condenaba a la muerte y convertiría a sus tres hijos mayores en huérfanos involuntarios. Dudo, además, que en un hospital local tuviesen tanto esmero para prolongarle la vida artificialmente.
Yo sólo sirvo esta historia, cada quien tiene su criterio, sobre todo después del debate atizado por la campaña electoral, pero si de mi voluntad dependiese, o si Verónica fuera mi hermana o una amiga, no dudaría en aconsejarle que se practique el aborto terapéutico en una etapa temprana del embarazo, y que viva por sus hijos ya nacidos, pues de otro modo no podría terminar de criarlos y tampoco conocería o vería crecer a la bebita que ninguna culpa tiene en esta historia.