Opinión

Marcianos y venusinas


No debe ser por casualidad que la inteligencia, la ternura, la compasión y la perseverancia tienen nombre de mujer. A veces las observo y pienso que en realidad son de Venus, porque su accionar es desconcertantemente maravilloso; incomprensible a ratos, mas si se les observa con detenimiento, tiene casi siempre sentido lo que dicen y lo que hacen. Me gusta pensar que se originaron más temprano que el hombre durante la evolución y por eso tienen más sabiduría y tino. Stephen Hawking, una de las mentes más prodigiosas del planeta, bromea diciendo: “Sólo hay dos misterios que deseo elucidar con todas las fuerzas de mi ser: el origen de los agujeros negros intergalácticos y el funcionamiento de la mente femenina”. Sí, definitivamente que son diferentes, fascinantemente diferentes.
Sin embargo, a la par de toda su razón, las hembras fueron dotadas de una sensibilidad extraordinaria que ha sido por demás mal interpretada por nosotros y, en general, las ha condenado a la exclusión y al agravio. Que ellas son el sexo débil es la farsa más grande. ¿Quién es más fuerte, la madre que sacrifica su deleite y valientemente enfrenta una vida de privaciones al lado de su prole, o muchos hombres que se apabullan ante la realidad y se refugian en las cantinas? ¿La mujer ultrajada que se aferra a seguir viviendo cargando sobre sus hombros el peso del vejamen o el infame que la viola porque su impotencia le reclama la confirmación de su hombría eternamente amenazada?
En forma sistemática, reviso los periódicos centroamericanos y, en el caso de Nicaragua, resalta la baja incidencia de delitos comunes, incluyendo asaltos y homicidios, pero también es conspicua la frecuencia de casos de violencia contra las mujeres. Violaciones de niñas y mujeres, así como maltrato físico y sicológico a las mismas, son acciones intolerables que seguramente constituirían prioridades genuinas para el Gobierno, la Asamblea Nacional y el sistema judicial, si no estuviesen perennemente inmersos en su jueguito de “quién manda a quién”. Afortunadamente este hecho no pasa inadvertido a la sabiduría del pueblo humilde que lo repudia porque lo percibe como una amenaza latente para sus hijas, esposas, hermanas y madres. El merecido escarnio que un violador recién llegado a la prisión sufre al convertirse en la “mujerzuela” de los otros convictos es también una clara muestra del desprecio que hasta otros criminales, de la misma o diferente índole, le profesan por la vil acción perpetrada en contra de una mujer.
El maternalismo, y también el paternalismo, son instintos animales que los experimentan humanos y leones, águilas y zorros, osos y culebras. De ahí que ningún padre ni ninguna madre, independientemente de su nivel de educación o su extracción social, quieren ver a su hijo convertido en un cobarde y débil abusador de mujeres. Dado que muchos gobiernos corruptos han cercenado el derecho elemental del pueblo a la educación, en parte porque les conviene y en parte porque no son capaces de visualizar la trascendencia de la misma, la familia tiene que asumir el rol preponderante de educador. Los estoicos esfuerzos que los maestros vilipendiados por el sistema aludido llevan a cabo con uñas y dientes, merecen sin duda el respaldo de toda la sociedad. Las madres deberán enseñar a sus hijos, cuánto más temprano mejor, acerca del respeto que las mujeres merecen. Y los padres tienen la responsabilidad de esclarecer a sus vástagos, a punta de ejemplos, que la hombría no tiene nada que ver con abuso y violencia, pero sí mucho con respeto y condescendencia. El hombre ideal debe ser fuerte y compasivo dijo una linda modelo en un reciente concurso de belleza.
Hace un par de días me llamó la atención un “blog” que estuve leyendo en Internet. Era una entrevista a una muchacha española, muy joven por cierto, a la que le preguntaban qué opinaba sobre la seducción. Acertadamente, ella respondió: “Al final todos queremos lo mismo, el truco está en cómo se piden las cosas”. Dado que ésta es la opinión de una mujer, yo me pregunto, ¿será que el abusador no puede suplantar su procacidad con halagos, su violencia con ternura y su maltrato con caricias, y convertirse así, en lugar de abusador, en partícipe de la maravillosa experiencia que representa el tener una relación afectiva con una mujer?