Opinión

¿Frijoles por petróleo?


Hace apenas un par de décadas, la pobreza en Nicaragua no tenía necesariamente relación con el hambre y la desnutrición. Hoy en día, la situación es diferente, pues hablar de pobreza implica, en primer lugar, reconocer que nuestro país, como la mayoría de los países del tercer mundo, padece de hambre y desnutrición.
Nicaragua ha sido un país que normalmente se autoabastecía de los principales alimentos que ocupan la mesa de cualquier país desarrollado, a saber: leche, cuajada, carne, huevos, fruta, verduras, granos básicos. Hoy, gracias a la desprotección del campesinado y de nuestras fronteras económicas estamos importando USA $ 70 millones en granos básicos (2005), fundamentalmente maíz y arroz, e importamos un total de USA $350 millones en concepto de alimentos en general (2005), la mayoría de ellos producidos anteriormente por nuestros campesinos. Al ritmo que vamos, no tendremos suficientes divisas para importar los alimentos que la creciente población necesita.
Tradicionalmente, la producción de alimentos en Nicaragua ha descansado en las familias campesinas, pues el desestímulo a la producción alimentaria no permite que los empresarios incursionen en negocios que no alcancen la mínima rentabilidad. Las grandes excepciones, como el azúcar, si es que a eso se le puede llamar alimento, han sido posibles por el enorme subsidio que la población concede, obligada por el Estado, a los productores de azúcar.
De tal manera que la producción y el abastecimiento de alimentos en Nicaragua ha sido posible gracias a tres condiciones: suelos, climatología y campesinado, factores que no son eternos ni fácilmente renovables, una vez que desaparecen. El suelo es vulnerable, lo mismo que el clima, y, en cuanto al campesinado, una vez que éste emigra hacia la ciudad o hacia el extranjero jamás regresa al campo. Y estas tres condiciones están desapareciendo en Nicaragua a gran velocidad. Los suelos se agotan, las condiciones climáticas son cada vez más adversas para el campesinado y la migración parece imparable.
¿Qué hacer, entonces? La primera respuesta ha sido la del gobierno, aconsejando importar alimentos de los países ricos, sin embargo, cada día hay menos divisas para importarlos. La segunda respuesta es estimular y apoyar al campesinado para que produzca más y mejor. Ante esta respuesta los economistas neoliberales nos dicen que eso no genera desarrollo, confesando así que para el neoliberalismo resolver el problema del hambre no es parte del desarrollo.
Sin embargo, aún si partimos de los supuestos liberales del desarrollo, como es el equilibrio comercial y fiscal, está probado que es más barato producir alimentos en Nicaragua que importarlos, tal como lo hacíamos anteriormente. Además, está probado que los alimentos no solamente permiten satisfacer la primera necesidad de la población nicaragüense, como es alimentarse, sino que también se convierten en una fuente de divisas, tanto para ahorrar como para generar. En otras palabras, Nicaragua puede convertirse perfectamente en un país exportador de alimentos y en mejores condiciones que la mayoría de los países del hemisferio.
Nuestros países vecinos mesoamericanos y caribeños necesitan tanto volumen de frijol que bien podríamos incluir el frijol que ellos consumen, particularmente el frijol negro, como uno de nuestros rubros generadores de divisas y empleo.
En principio, Nicaragua dispone inmediatamente de 25,000 campesinos con capacidad de producir dos manzanas adicionales de frijol, del tipo que nos demande el mercado mesoamericano, con rendimientos mínimos de 20 quintales por manzana. Lo que nos arroja un incremento de 50,000 manzanas, equivalente a un millón de quintales de frijol.
Producir 50,000 manzanas de frijol negro (un millón de quintales de frijol) permitiría generar el equivalente a 50,000 empleos adicionales por año. Además, generaría un promedio de 25 millones de dólares en divisas, a razón de 25 dólares por cada quintal exportado.
Resuelto el problema de la producción, sólo queda resolver el problema del mercado. Pero resulta que hoy por hoy Venezuela nos está ofreciendo pagar cualquier operación económica con productos nicaragüenses, en este caso nos permite pagar con frijol negro parte de la operación del petróleo que la empresa Albanica está llevando a cabo entre los alcaldes de Nicaragua (Amunic) y la empresa venezolana de petróleo (Pdvsa). Este tipo de operaciones permitiría contar con el dinero suficiente para que el campesinado pueda acceder a un tipo de crédito y a un tipo de mercado completamente asegurado.
Una vez asegurada la operación económica, sólo quedaría resolver el problema organizativo. Todos sabemos que en el campo nicaragüense existe una buena organización, la que ha sido puesta a prueba con la operación de la urea que las cooperativas Nicaraocoop están llevando a cabo. En el caso de la urea ya se vendió el cargamento del primer barco y se está vendiendo el segundo cargamento, lo que ha dejado como subproducto un total de 60 puntos de distribución en el campo. Sabemos, además, que en estos días Nicaraocoop estará firmando un convenio para producir y exportar 200,000 quintales de frijol a Venezuela, lo que podría ser el comienzo de un corredor de integración y de comercio justo entre dos países hermanos, con beneficio mutuo para ambos.
En las últimas décadas se ha comenzado a abrir un buen expediente de exportación de frijol a Costa Rica, México e incluso a Estados Unidos, lo que nos arroja bastante experiencia sobre las posibilidades y las dificultades, de tal manera que si ampliamos esta experiencia a Venezuela en mejores condiciones, el panorama para la producción y soberanía alimentaria, así como para el bienestar del campesinado ampliaría el horizonte de lo posible para el campesinado nicaragüense y avanzaríamos en la integración económica latinoamericana.