Opinión

¿Matar es siempre un delito?


No necesariamente matar es un delito. Veamos unos ejemplos. Si yo voy conduciendo un vehículo y otro me golpea por detrás, de manera que me hace salir de la carretera, y atropello a un peatón que luego muere habré matado a una persona, pero no creo merecer cárcel por ese hecho; no hubo ninguna intención de mi parte. Tampoco creo que Andrés Castro haya cometido un delito al matar de una pedrada a un filibustero invasor. Más aún, puede que en algunos casos sea un delito no matar a una persona: supongamos que un terrorista está listo para hacer explotar una bomba cuando pase un bus lleno de niños escolares y sólo quedan segundos para ejecutar su acción. Si alguien, tal vez un policía, tiene un arma y no dispara contra el terrorista antes que lance su bomba posiblemente habrá cometido una grave falta, por omisión.
Me parece que consideraciones similares pueden hacerse sobre la interrupción del embarazo. Revisemos un ejemplo: “Alicia”, de 17 años, residente en una comarca de Siuna, con 22 semanas de su primer embarazo, tiene preeclampsia severa, que tiende a empeorar, incluso bajo tratamiento apropiado. Según los libros de Medicina, y según la gran mayoría de los ginecólogos de este país, en este caso está indicada la interrupción inmediata del embarazo. Se presentan dos alternativas: a) no interrumpir el embarazo, con lo cual lo más seguro es que la situación se complique y mueran “Alicia” y el feto que lleva en su vientre, y b) interrumpir el embarazo, con lo cual habrá perdido su vida el feto, pero se habrá salvado al menos la vida de “Alicia”, que podrá así tener hijos en el futuro. Jamás va a ser justo que “Alicia” y su médico vayan a la cárcel si en esta situación decidieran interrumpir el embarazo. En el caso del médico, sencillamente se habría limitado a actuar como lo manda la ciencia, y su intervención habrá sido para salvar al menos una de las dos vidas. Más aún, ¿no estarán incurriendo en una falta grave el médico que no interrumpa el embarazo en la situación señalada, o los diputados que le prohíban hacerlo, o los dirigentes políticos que orientan a estos diputados a votar de esta manera? Al respecto, es importante saber que, incluso, la Iglesia Católica prohíbe negar la asistencia a una persona en peligro (Catecismo de la Iglesia Católica, Art. 2269), y en el ejemplo señalado “Alicia” estaría en franco peligro de muerte.
El próximo viernes se realizará una marcha para pedir a los diputados que prohíban el aborto terapéutico. Me parece que el fin último que persiguen es loable: evitar abortos, como una forma de cuidar la vida. Es bueno que los participantes sepan que este fin lo compartimos todos, o casi todos los nicaragüenses. En realidad, quisiéramos que nadie tuviera la necesidad de recurrir al aborto. Pero siento que es mi obligación como especialista en salud pública hacerles saber que el procedimiento que impulsan para tal fin, como es transformar la legislación de manera que se ofrezca cárcel a las mujeres y a los médicos que interrumpan un embarazo, independientemente de la finalidad y las circunstancias, en realidad tiene un resultado totalmente contraproducente: ocurren más muertes cuando se ofrece cárcel como solución al problema y por esta razón el aborto terapéutico es permitido en 189 de los 193 países del mundo. Deben tener claro que casi la totalidad de médicos especialistas que tenemos que ver con el problema consideramos que es necesario que el aborto terapéutico sea permitido por la Ley. Y deben tener presente que en un futuro cada quien puede tener una “Alicia” en su familia.
Si de promover la vida se trata pueden contar con todos los médicos nicaragüenses. Para reducir la ocurrencia del aborto los médicos proponemos acciones vigorosas para asegurar que la población tenga adecuados conocimientos y acceso a los métodos de planificación familiar. La sociedad debe propiciar seguridad a las mujeres, desarrollar su capacidad para planear y alcanzar sus aspiraciones. Las iglesias, tanto la católica como las evangélicas, podrían incrementar la fe cristiana y la conciencia sobre la conveniencia de una sexualidad basada en el amor y la responsabilidad, y sobre la nobleza de la maternidad. También podrían organizar con grupos de médicos y enfermeras actividades para fortalecer el compromiso con los principios éticos que rigen estas profesiones. Y no habría que descartar esfuerzos por comprender más a las mujeres que abortan, incluso a aquellas que no lo hacen por razones de estricta supervivencia. Ellas son seres humanos, quizás algunas necesitando que alguien les ofrezca una mano. En pocas palabras, me parece necesario tratar de enfrentar el problema de una manera diferente, desde una visión de respeto y misericordia, o sea, desde una visión cristiana.

Departamento de Salud Pública, UNAN-León.