Opinión

Se hace Sandino al andar


Edwin Sánchez

La herejía llegó a la izquierda. En hora buena, cuando ésta parecía en Nicaragua condenada a ser una marca registrada más.
“Es que no es cuestión de los cuatro monos que peleamos contra la dictadura de Somoza”, dijo la comandante Dora María Téllez al dejar abiertas las puertas a la juventud.
Fue durante una tarde cuando se abordó el tema Izquierdas Políticas y Alianzas, promovido por la Fundación Friedrich Ebert, que apareció una palabra casi santa, dicha desde esa corriente cuyos jerarcas de antaño no la tolerarían por su profundo halo apostólico, pues podría “deformar” una de las formas de la conciencia social, paradójicamente sacralizada: la ideología.
“Voluntariado” fue el término que utilizó el comandante Hugo Torres y luego, con vehemencia la comandante Téllez. Se refiere al trabajo de congregar y movilizar tantas “voluntades dispersas”.
El comandante Hugo Torres utilizó otro término de los que se enseñan en Moral y Cívica y se olvida en la vida real: la decencia. De tal manera que ahora el liderazgo de la izquierda trata de darle una coherencia más moral que ideológica al camino por hacer de Nicaragua, casi el mismo de Antonio Machado: Todo pasa y todo queda, /pero lo nuestro es pasar/ pasar haciendo caminos / caminos sobre el mar.
La comandante Téllez planteó hasta la urgencia de la “refundación del sandinismo” como tal, porque además de los problemas de todos conocidos, el movimiento debe adecuarse al milenio que empieza.
El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua dice:
Refundación. 1. f. Acción y efecto de transformar radicalmente los principios ideológicos de una sociedad o de una institución para adaptarlos a los nuevos tiempos, o a otros fines.
Decencia. (Del lat. decentia). 2. f. Recato, honestidad, modestia. 3. f. Dignidad en los actos y en las pa-labras, conforme al estado o calidad de las personas.
De la izquierda que escuché hablar no es la de las jerarquías sublimes, de liderazgos sagrados, de cofradías y cargadores de santos patronos.
Los viejos grados militares, de combatientes o guerrilleros heroicos, en manos de esta nueva izquierda no son piezas del museo revolucionario para arrodillarse ante ellos por los siglos de los siglos.
Es una izquierda pragmática: un pensamiento que no quiere botar sistemas, sino adecuarse al mismo y, sin embargo, con una dialéctica de sabor tropical. Algo así como que el izquierdista de hoy es un heresiarca. Hugo Torres dijo: “No por actuar en el marco del sistema ya no se es revolucionario”.
Dora María habló del sandinismo para una juventud de este siglo. Y ya no oímos el cuento de hadas más marxista de toda la historia: la clase obrera al poder. No se puede apartar a los jóvenes sólo porque no tienen la “gran trayectoria”, el “historial de lucha”, o porque no pertenecen a la casta revolucionaria, con lo que pareció dispuesta a cantar con su vida estrofas como éstas: “Nunca perseguí la gloria,/ ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción”.
Pero sabemos que en América hay izquierdas que cuestionan el status quo y buscan refundaciones nacionales. Quizás por lo próximo en la línea del tiempo de la frustrada revolución que se traspapeló entre los votos del 90, hoy suene a pecado mortal “orinar fuera del sistema”, aunque la derecha en los últimos tres lustros no sólo ha meado, sino que se “ha cargado y vuelto a descargar sin pedir permiso”, como dice El Güegüence sobre el propio sistema.
Hay otras experiencias en Latinoamérica como las de Hugo Chávez o Bachelet. Por otra parte, la izquierda de Cuba hoy nos invierte los términos con los que generalmente se le intenta medir: “desfasada”. Porque, ¿es propio del siglo XXI la hostilidad medieval y mediática contra la isla? ¿Es de un mundo moderno adelantar festejos ante la enfermedad de un hombre?
Todo juicio alrededor de Fidel no puede considerarse justo si no se integran otros elementos como el de aquellos que con sus decisiones transnacionales impiden las decisiones nacionales de una república. Luego, la izquierda antillana asume toda su cubanidad, y como cantara Pablo Milanés, no es una revolución hecha por los ángeles.
Pero todas son capítulos locales de unos relatos que no son precisamente los nuestros. La izquierda nicaragüense debe aspirar a escribir SU relato y no terminar de párrafo mal escrito en libro ajeno. Las modernas voces, entre ellas las de Dora María y Hugo Torres, parecerían dispuestas a darle una dimensión más nicaragüense a esta izquierda, comenzando desde el sandinismo.
Ahora, si hay que refundar al sandinismo, seguramente es porque algo huele mal en Dinamarca y no en Las Segovias donde se originó la guerrilla del muchacho de Niquinohomo.
Hugo enfatizó que jugar bajo las reglas del actual orden de cosas no significa dejar de lado los principios, y el tono mismo de las exposiciones aclaraban por dónde abandonaron otros los principios a cambio de fines que Sandino mismo se sentiría apenado ante el pueblo de Nicaragua.
Empero, refundación suena a estremecimiento de todo un colectivo, un parte aguas de una institución, y yo entendería un desmontaje de una mala obra teatral: quitar los disfraces, lo fantástico, irreal, retórico, en fin, máscaras y tramoyas. Hay que poner de nuevo en escena la ética del “General de Hombres Libres”: el retorno a las virtudes de aquel que no exigió ni siquiera un palmo de tierra para su sepultura. Sandino es más enorme que un partido.
Qué tiene que ver Sandino, por ejemplo, con el actual sistema judicial, donde muchos casos en vez de ventilarse en los tribunales terminan resolviéndose en las oficinas de un partido, como lo mencionó el ex jefe militar.
Hugo Torres lo planteó así, en un rápido examen de nuestra reciente historia: “El pueblo se enfrentó al somocismo, luego fueron los sandinistas contra los antisandinistas y ahora: la decencia vs. la indecencia”.
Yo pensaría que es una de las luchas más desiguales porque no se dirime en el terreno militar ni en el político, porque no es asunto de mover soldados y disparos, ni de cabildeos y acuerdos, sino que su campo de batalla es el centro de la conciencia, en el mero comportamiento humano. Es ir de frente contra los malos hábitos, los opulentos estilos de vida en “nombre del pueblo y la lucha antiimperialista”; y terminar con esa vocación por la mentira que a fuerza de costumbre muchos la terminaron usando en público como “la verdad”. Es que hace falta liberar a Ernesto Guevara de los póster y volver a recordar a Leonel Rugama que desde su juventud reclama, declama y proclama: “Hay que ser como el Che”. Pero, sobre todo, se necesita una ética cristiana. El arte puro que proclamara Cristo, dijo Rubén: Ego sum, lux, et verita et vita. Yo soy la luz, la verdad y la vida.
Con el perdón de Hugo, Machado lo escribió mejor y, por tanto, a pesar de lo tan desigual de esta lucha --decencia vs. indecencia--, es posible la victoria porque: Cuando el jilguero no puede/ cantar. / Cuando el poeta es un peregrino, / cuando de nada nos sirve rezar./ “Caminante no hay camino, / se hace camino al andar...”