Opinión

La seguridad humana como factor de estabilidad y desarrollo


En ocasión de la reunión hemisférica de Ministros de Defensa en nuestra capital, conviene tener presente la evolución que ha tenido el antiguo, y hoy obsoleto, concepto de “seguridad nacional”, asociado al período siguiente al fin de la Segunda Guerra Mundial, hasta llegar a los nuevos conceptos de “seguridad democrática” y “seguridad humana”.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en su “Informe sobre el Desarrollo Humano” (1994), propuso esta nueva idea de seguridad humana, de cara a la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social que se celebró en Copenhague, Dinamarca, en el año 1995. “El mundo nunca podrá estar en paz a menos que las personas tengan seguridad en sus vidas cotidianas”, advirtió el Informe del PNUD. Y agregó: “Tal vez en el futuro los conflictos se produzcan con más frecuencia dentro de un mismo país y no entre distintos países; y los orígenes de esos conflictos posiblemente estén profundamente enraizados en las crecientes disparidades y privaciones socioeconómicas”.
Conceptualmente se ha avanzado mucho en cuanto a la centralidad del desarrollo social. El ex Director de la Cepal, Gerth Rosenthal, sostiene que la “trilogía del bienestar” la integran la estabilidad económica, el desarrollo sustentable y las políticas que promueven la equidad. Incluso, afirma, “las políticas sociales representan el requisito previo para la estabilidad política y el desarrollo sustentable”. De ahí que los analistas coincidan en sostener que América Latina necesita modernizar su economía sin generar más pobreza, para lo cual debería: a) incrementar la productividad sin generar desempleo; b) alcanzar niveles de competitividad internacional sin desamparar al trabajador y c) alcanzar la equidad social sin sacrificar la productividad y la eficacia.
El político y pensador brasileño, profesor Cristovam Buarque, nos previene de lo que él llama “cultura de la pobreza”, o mejor aún, la “cultura de la desigualdad”, que sería la tendencia o conciencia generalizada, aun entre los pobres, de que la pobreza es irremediable, que siempre existirán pobres, lo que finalmente lleva a aceptar la desigualdad o la diferencia como justificada o como natural. “Esta desigualdad, agrega, conduce a la exclusión y termina por ser incorporada al imaginario colectivo”.
Diversas estrategias han sido propuestas para luchar contra la pobreza. En la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social los países se comprometieron a elaborar planes nacionales para la erradicación de la pobreza. Pocos lo han hecho y los que lo hicieron están lejos de haberlos cumplido, pese a los compromisos explícitos contenidos en la Declaración Política de la Cumbre y el Programa de Acción. A nivel centroamericano, los jefes de Estado han suscrito documentos que contienen declaraciones impecables, pero que no pasan de ser retórica de alto nivel (“De Esquipulas hacia el Desarrollo Sostenible” (marzo de 1995) y “La Alianza para el Desarrollo Sostenible” (octubre de 1994).
En nuestro artículo de la semana pasada destacábamos el papel de la educación como el vehículo por excelencia para romper el círculo vicioso de la pobreza y su transmisión de generación en generación. Pero no es cualquier educación la que tiene las posibilidades de actuar como factor clave en la lucha contra la pobreza. Se requiere, como lo dice una reciente publicación del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación, de París, desarrollar, a través de los sistemas educativos, competencias eficaces para reducir la pobreza: “Asegurar la satisfacción de las necesidades de aprendizaje de jóvenes y adultos mediante el acceso equitativo a programas adecuados de aprendizaje y de competencias para la vida corriente es uno de los seis objetivos del Marco de acción de Dakar para lograr la Educación para Todos. Brindar formación en competencias profesionales requeridas por el trabajo y la integración social desempeña un papel importante en el equipamiento de jóvenes y adultos”.
Un estudio del Banco Mundial dice que cada minuto hay dos pobres más en América Latina y cada hora surge un nuevo barrio pobre. Lo nuevo de la pobreza en nuestros países no es la pobreza misma, sino la conciencia que tienen los pobres de lo que significa la pobreza como marginación, como exclusión. Esa conciencia de la pobreza, que engendra marginación social, política y económica de todo tipo, es lo que quizás pueda conducirnos a que vayamos creando un proyecto alternativo, de raíz profundamente humana, basado en una “cultura de solidaridad”, que sustituya los proyectos neoliberales ortodoxos, que han engendrado más pobreza y marginación. Ése es el reto mayor que deben enfrentar nuestros gobiernos y sociedades.
Finalmente, citamos a un autor muy conocido de los expertos militares, porque es un especialista en asuntos de seguridad y relaciones cívico-militares, el Dr. Gabriel Marcella, profesor de Estudios del Tercer Mundo en el US Army War College, quien en un ensayo reciente sostiene que “la seguridad de una nación es una función de su grado de desarrollo social, económico, tecnológico y político”.

Managua, octubre de 2006.