Opinión

Los agentes criollos de la injerencia


No hay nada que discutir. Paul Trivelli sobrepasa las normas de la diplomacia. Él alega que, como representante de un país amigo, se interesa por la suerte de la “democracia” en Nicaragua; pero, redundancia aparte, se supone que debe hacerlo diplomáticamente, vale decir, con astucia y disimulo. Trivelli ha dejado de ser diplomático, o más bien, aquí no ha sido diplomático, aunque no haya dejado de ostentar el cargo. Dan Burton vino a confirmar lo que ha sido y seguirá siendo la función de sus embajadores y Trivelli, por su parte, anunció otras visitas de mayor o igual nivel que la de Burton, para sacar de dudas a quien las tuviese.
Pero la injerencia nunca la jugaron en solitario. Hubo y hay nicaragüenses que, ostentando cargos de jefes o funcionarios de Estado, han sido y son la contraparte de la injerencia gringa en Nicaragua. No hay espacio aquí para mencionar siquiera el número de esos políticos, mucho menos para reseñar sus indignas actuaciones a favor de la injerencia estadounidense; aun resumiéndolas, el espacio sería insuficiente para tantos sucesos en los cuales el papel de los políticos ha sido falicitar a los Estados Unidos la consumación de sus pretensiones sobre nuestro país.
No obstante, hay apátridas prototipos, como Adolfo Díaz, a quien, por su desvergonzada actuación en pro de los intereses de las fuerzas de ocupación, Gregorio Selser lo considera el precursor de Quisling, el traidor noruego durante la invasión nazi a su país. Díaz creyó inútil pensar que la paz, el orden económico y la libertad dependen de los nicaragüenses, sino que “los grandes peligros que nos afectan pueden ser solamente destruidos por medio de una muy diestra y eficiente asistencia de los Estados Unidos, como la que tan buenos resultados ha dado en Cuba.” Díaz pensaba en la Enmienda Platt, y por ello quiso “modificar o adicionar la Constitución, para asegurarnos la asistencia de éste (el gobierno”americano”), permitiendo a los Estados Unidos intervenir en nuestros asuntos internos…”
A mediados del Siglo XIX, aparte de los alcahuetes de William Walker, hubo un cura servil con el filibustero, a quien le sirvió de “embajador” en Washington cuando se proclamó “presidente” de Nicaragua y gestionó el reconocimiento para el “enviado de la Providencia para curar heridas y reconciliar a la familia nicaragüense”, según escribió. Se llamó Agustín Vijil y no actuó solo, pues su iglesia católica apoyó a Walker; su abyección la “inmortalizó” cuando llamó a Walker… “iris de la concordia, ángel tutelar de la paz y estrella del norte.”
En el Siglo XX, Díaz encabezó a los vende patria, pero hubo otros que no lo fueron menos, como Emiliano Chamorro y todos los que durante la intervención armada de los Estados Unidos cumplieron con fidelidad los mandatos gringos, como Diego Manuel Chamorro. Emiliano Chamorro dejó su apellido grabado de forma indeleble entre las traiciones a Nicaragua en el tratado canalero con William Jennings Bryan, Secretario de Estado gringo.
En este acto Chamorro dejó revelada su calidad de rufián y el menosprecio por la dignidad de la patria, cuando describió cómo dejó incluir en el tratado el concepto “a perpetuidad” la cesión del territorio nacional: “El original, que se había preparado para la firma, no contenía la frase ‘a perpetuidad’. Este texto, al ser presentado al Secretario de Estado para la firma, éste lo tomó en sus manos, lo leyó y luego me lo devolvió para mientras el Abogado Consultor del Departamento de Estado lo leía y estudiaba de nuevo. Este abogado le intercaló las palabras ‘a perpetuidad’ que no tenía el original.” ¡Pero lo firmó sin siquiera haber insinuado una protesta!
Hubo un eficiente e ilustrado defensor de la intervención y de los gobiernos que ésta impuso: Carlos Cuadra Pasos. Su concepto de soberanía lo reveló en 1928, en una conferencia interamericana en La Habana, cuando dijo que “ellos (los invasores gringos) nos han asegurado permanentemente que no van a vulnerar nuestra independencia, y que se van a ir mañana, dejándola intacta cual la encontraron…” Y lo dijo… ¡después de diecisiete años de haber permitido y defendido la pérdida de la independencia!
El primer gran traidor “liberal” del Siglo XX, José María Moncada, fue clave en el recambio de los agentes del conservatismo por los “liberales”, a partir de su rendición en el “Espino Negro”. Moncada, después de cuatro años de estar “gobernando” bajo las armas de los invasores, habló de las elecciones súper vigiladas de 1932, y dijo que gracias a esta intervención “podría asegurarse que en la historia independiente de Nicaragua, es el primer período presidencial, durante el cual tan fausto y patriótico suceso se realiza.”
Anastasio Somoza García sustituyó mediante un golpe de Estado con un testaferro ya olvidado, Carlos Brenes Jarquín; asumió la función servil tradicional durante veinte años. Aparte de lo que Somoza haya dicho acerca de sus protectores gringos, como agente superó las expectativas de su amo imperial, al dejarle a su servicio una dinastía, algo en lo que Estados Unidos quizá no pensó en el momento en que le dio la orden de asesinar a Sandino.
Los políticos tradicionales, sin haber llegado a la Presidencia, no han sido menos entregados a la voluntad de los Estados Unidos que los presidentes apátridas de todos los tiempos, y lo han demostrado en una perenne emulación entre sí. Sus ambiciones presidenciales las han depositado en la voluntad del embajador de turno, y han hecho de la embajada de los Estados Unidos su meca, adonde van a rogar a las divinidades del Departamento de Estado. Y como dijo Emiliano Chamorro de su compinche Adolfo Díaz, lo han hecho… “sin caer, desde luego, en sentimientos patrióticos”. ¡Tremendo “pecado” tener sentimientos patrióticos!
Peregrinar ante la sede diplomática gringa rompió su “normalidad” cuando los Estados Unidos decidió derrocar al gobierno sandinista por la vía militar, pero sin sus marines, sino con algunos de sus agentes civiles convertidos en jefes “armados” de su ejército mercenario; pero sólo de manera formal, porque a los agentes de la CIA correspondió la conducción efectiva de la guerra a través de ex guardias como Enrique Bermúdez.
Liberales y conservadores han sido fieles instrumentos en su papel de agentes del imperialismo, quienes incidentalmente protagonizan rivalidades personales entre sí. Ahora mismo los candidatos de los dos grupos llamados liberales --José Rizo y Eduardo Montealegre-- son objetos de especial atención de parte del Departamento de Estado, con el fin de unirlos bajo el disfraz de “fuerzas democráticas”, que no son otras que las facciones políticas históricamente vinculadas a los gobiernos gringos y fieles seguidores de sus líneas políticas para Nicaragua
Por eso resulta ingenuo esperar que de entre estos sectores políticos surja alguna crítica seria a la injerencia del embajador Trivelli en la política interna. Incluso el presidente Enrique Bolaños y su ministro del Exterior, Norman Caldera, están incapacitados de hacerlo, pese a que oficialmente les corresponde protestar por el descaro intervencionista de Paul Trivelli. De ellos, ya saldrá ninguna voz defensora de la dignidad nacional.
La oportunidad de hacer un llamado de atención a la injerencia del actual o futuro embajador gringo tendrá que llegar junto a la conquista del poder por un gobierno patriótico.