Opinión

¿Quién legitima al ganador de las elecciones?


En apariencia, el proceso electoral va fluyendo como un caudaloso río, apacible, tranquilo, que refleja en sus aguas cristalinas el paisaje. Pero ese río de aguas mansas puede desembocar en un estero muy nicaragüense llamado caos. Máxime cuando la institución encargada de administrar las elecciones y suministrar oportunamente a la población los nombres de los ganadores, el Consejo Supremo Electoral (CSE), está cuestionada o al menos bajo sospecha por dos partidos anti pactistas (MRS y ALN), por el poder del Estado que monopoliza la capacidad coercitiva y represiva del mismo (Ejecutivo-Policía Nacional y FFAA), por algunos organismos de observación nacional e internacional, y sin temor a equivocarnos, no goza de credibilidad en algunos medios de comunicación ni en la opinión pública, y tampoco en amplios sectores de nuestra población.
El CSE, por su parte, tiene a su favor el contar con una esencial participación en su seno y, por ende, de la legitimación pública de las dos fuerzas políticas mayoritarias (el PLC y el FSLN). Fuerzas acusadas de cohabitantes, pactistas y protofraudulentas. En un momento dado, el CSE eventualmente gozaría de un respaldo de la Corte Suprema de Justicia y de la Contraloría General de la República, cuyas autoridades fueron generadas mediante el mismo dispositivo autóctono conocido como Kumi Kupia; y sin lugar a dudas recibiría la bendición del cardenal Miguel Obando Bravo, un influyente líder espiritual con nexos afectivos en el organismo y fuertemente comprometido en el supuesto pacto, así como con el apoyo de algunos sectores de las iglesias cristianas (católica y evangélica) comprometidas con estas fuerzas. Por supuesto, contaría con un sector de los medios de comunicación importantes propensos al PLC y al FSLN, más la opinión pública sectorizada y sectarizada, más las amplias, aguerridas y bochincheras masas del partido “triunfador”. Masas que estarían dispuestas a preservar su triunfo y caotizar la situación.
En este proceso aparentemente tranquilo y transparente, vamos a encontrar lo turbulento y truculento, tensionando y distanciando la relación entre legalidad y legitimidad. Dos categorías que el Dr. Alejandro Serrano Caldera, nuestro ilustre filósofo, define mejor que nadie: “La legalidad hace referencia a la norma jurídica escrita y al Imperio de la ley. Es la base y fundamento del Estado de Derecho. [...] Por otra parte, la necesidad social, la voluntad general de la que hablaba Rousseau, se transforma en la fuente de legitimidad de la ley. En este sentido, la legitimidad está estrechamente relacionada con la idea de la democracia y la soberanía popular, al mismo tiempo que se transforma en un factor de justificación y legitimación de la ley. No bastan las formas jurídicas y procesales, es necesario además, y sobre todo, que la ley sea expresión de la necesidad colectiva y la voluntad general”. (Serrano Caldera, Alejandro et al: Legalidad, Legitimidad y Poder, Cielac-Upoli-Fes, Managua, 2004, pp. 9-10).
Si bien el período de campaña electoral se va desarrollando pacíficamente, sin entrar de lleno a una espantosa etapa de publicidad y propagandas negativas, no debemos llamarnos a engaño. Si analizamos las estructuras profundas del proceso, vamos a encontrar que las apuestas fuertes se están haciendo táctica y estratégicamente sin evidenciar su intencionalidad, mediante una absurda campaña subsidiaria de ilegitimaciones al por mayor.
Para entender esto veamos dos brillantes perlas extraídas del mar de la profundidad del frentismo. La jugada que le hizo el frentismo por interpósito Salvador Talavera en contra del candidato banquero, cenisrupto, oficialista y favorito de los yanquis, Lic. Eduardo Montealegre Rivas. Una sombra de estructuras penetradas por el adversario ha sido lanzada sobre la imagen blanca del impoluto símbolo check que marca la bandera roja del liberalismo-conservador. Check>Cheque>Cenis. Una siniestra acción tendente a demoler la credibilidad y la legitimidad opositora al frentismo de dicha agrupación derechista.
Otra perla negra del frentismo, y digo negra por contraproducente, es la denuncia de parcialidad, injerencismo pro-imperialista y anti-frentismo, hecha por el comandante Daniel Ortega Saavedra en contra de la misión de observadores de la OEA. Prácticamente Danny está clausurando la voz del máximo organismo multinacional de nuestro continente, la OEA, de quien en su beneficio se puede decir que aparentemente ya no se comporta tan desembozada como el Ministerio de Colonias Yanqui que antaño fue. Al deslegitimar a la OEA, hasta una eventual victoria limpia de la coalición liderada por el FSLN se vería comprometida. Otro craso error de Ortega, enrumbado en la misma estrategia de deslegitimación, fue no haber recibido al ex - presidente Jimmy Carter, quien nunca ha representado ni representará a la percha de cetrería (halcones) de la administración republicana. Todo lo contrario. Carter podría representar una voz distinta, matizada, en medio del chillido histérico de los y las halcone(a)s.
Estas circunstancias son propicias para valorar la credibilidad y legitimidad de las instituciones. Es evidente que el pacto y los pactistas tendrán que abonar pagos a su desmesurado y desvergonzado control de los aparatos del Estado. Todo lo actuado por ellos (Alemán-Ortega) se les puede revertir hasta llevar a la sociedad a un callejón sin salida. O al trágico punto que la única salida sea la violencia. Tampoco dejan de tener responsabilidad para mí, el injerencismo de cualquier laya, sea el de la administración republicana ultraderechista, neoliberal de los Estados Unidos de América, o la generosidad coalicionante y populista del presidente Hugo Chávez de Venezuela con sus aliados naturales en Nicaragua.
Como escribió el maestro Alejandro Serrano, todo lo anterior son meandros, vicisitudes, aporías y dilemas de la democracia, que en su proceso de construcción tenemos que aprender a navegar y a vivir con espíritu amplio. Ojalá que no lleguemos a la aporía, al callejón sin salida, y que desenterrando un espejo, encontremos la empañada imagen de un México, comprometido y tensionado al máximo por las elecciones, la legalidad y la legitimidad.