Opinión

La participación ciudadana según don Daniel


Las repetidas alusiones de Daniel Ortega a su proyecto de crear asambleas municipales para que rijan los asuntos de cada municipio se vieron complementadas el pasado 13 de septiembre con su idea de abolir el Conpes, en un paso más hacia su modelo de democracia directa. Como pasa con todo lo que sale de la cabeza del gran líder, no hay más detalles al respecto, sólo nebulosas y nuevas referencias a lo mismo, como si en su modelo de democracia no hubiera más que eso: esbozos de borradores de anteproyectos de estrategias.
Lo mismo pasó con aquel folletito “Modelo de gestión sandinista” del 31 de marzo de 2005. Fueron 12 paginitas de las que no se supo más, aunque vale decir que algunas de las ideas lanzadas allí podrían servir para rastrear estas alusiones de ahora, porque el subtítulo lleva una frase del insigne timonel: “Hacia una participación ciudadana con poder de decisión, esa es la democracia directa”. Por eso podemos colegir rápidamente que la participación ciudadana según Ortega es igual a democracia directa, de donde todas las otras formas indirectas participativas (más o menos la totalidad de estas prácticas) no entrarían en el reino de la participación ciudadana de nuestro venerado timonel.
Y pensar que algunos llevamos ya varios años en el tema y no habíamos encontrado semejante piedra filosofal.
Las alusiones de Ortega (mantengo lo de alusiones porque no han sido más que eso: menciones, sugerencias, nada en concreto) podrían parecer ideas interesantes a un marciano llegado esta noche a Managua. Pero ese ente galáctico no estaría enterado de todo el marco jurídico e institucional que ya existe para promover la intervención de los ciudadanos en las decisiones públicas en nuestro país.
Por eso al escuchar a nuestro innovador estratega, uno no puede menos que preguntarse dónde ha estado este señor todos estos años. ¿Es que sus asesores y sus diputados no le han contado que a este denso entramado institucional contribuyó la Revolución, que según muchos, él solito dirigió, con la Constitución de 1987 y con la Ley de Municipios de 1988? Y peor aún. ¿Por qué sus diputados vitalicios lo dejan decir semejantes disparates y no le dicen de una vez que hace tres años aprobaron ellos mismos una Ley de Participación Ciudadana, en la que se crean casi todas las condiciones, los espacios, mecanismos y procesos decisorios para hacer de este país un república participativa con ribetes de oro?
Quiere uno argumentarle al peregrino Ortega y no salen más que preguntas en voz alta, porque ya se sabe que con él es imposible debatir, ni para cambiar de canal de televisión. Entonces, no hay de otra que hacer estas preguntas al éter.
Empecemos con las preguntas municipales. ¿De qué sirve formar asambleas municipales si es el ámbito de la administración pública más nutrido de mecanismos participativos? En el municipio existen las asambleas de los cabildos abiertos, las reuniones públicas de los Concejos Municipales (Ley 40-1988); el ciclo de formulación y de aprobación de los presupuestos municipales en una suerte de presupuesto participativo (Ley 376-2001); los comités de desarrollo municipal y las asociaciones de pobladores (Ley 475-2003).
Vista toda esta montaña de espacios de interlocución gobierno-sociedad, ¿para qué carajo quiere san Daniel instaurar, además, sus famosas asambleas de poder ciudadano municipal? No se imagina uno cómo quedaría toda la institucionalidad que ha venido siendo construida desde 1987, por ejemplo, ¿qué pasaría con la autoridad de los Concejos Municipales que según la 40-261 siguen siendo las autoridades máximas de los municipios? ¿Y con los alcaldes, qué pasaría con ellos? ¿Dónde su calidad de gobernante si para cada decisión tendría que convocar a miles de personas? ¿Serían capaces de extraer decisiones inteligibles de asambleas tumultuosas? Deduce uno con todo derecho, que si la autoridad de los electos estaría en duda, ¿qué pasaría con los espacios consultivos como los CDM y los CDD en el nivel departamental? No es posible que sigamos escuchando semejantes despropósitos del Sr. Ortega y no digamos nada.
Ahora las preguntas nacionales. ¿Alguien le ha dicho a san Daniel que para abolir el Conpes necesitaría reformar la Constitución? Bueno, dirán, si en este país eso no es ningún problema, Ortega es experto en reformas a la medida. ¿Y entonces qué organismo o espacio creará para sustituirlo? ¿Una Asamblea del poder popular que él presida de manera vitalicia? ¿Y qué pasará con los más de cien consejos y comisiones consultivas que existen para el seguimiento de políticas públicas? Es cierto que muchos de estos consejos están inactivos porque no los convocan los ministros que los presiden o porque simplemente no tienen ningún papel en el ciclo de la política respectiva. Pero al menos virtualmente existen y siempre es mejor reactivarlos con un poco de voluntad política y mucho de competencias, que clausurarlos irresponsablemente.
Las ciencias políticas documentan varios tipos de participación ciudadana. La tipología más conocida es la de Fox y Miller: la de “uno habla y los demás escuchan”, la de “todos hablan sin llegar a resultados concretos”, y la “del diálogo para deliberar cara a cara”. El formato sugerido por Ortega podría ubicarse entre el primero y el segundo. Asambleas de todo el pueblo, mientras más, mejor, en la que uno hablaría (con olorcito a de cara al pueblo) y los demás escucharían largas horas a un iluminado, y después todos hablarían a manera de catarsis colectiva, pero sin ninguna conclusión.
Este tipo de asambleas son las preferidas por los populistas, porque el formato les permite hacer el cierre que todo proceso participativo debe tener. Así siempre podrán decir que después de escuchar al pueblo harán lo que el pueblo quiere, y que en su nombre realizarán la síntesis de la asamblea y se “pondrán al frente” de las masas.
Una prueba de la afiliación de Ortega a esta modalidad de participación ciudadana es su renuencia a debatir con los demás candidatos en campaña, porque no está acostumbrado a debatir y ser rebatido, deliberar cara a cara con alguien que le dispute la tarima. Por eso no es exagerado concluir que detrás de sus alusiones a la democracia directa de las asambleas municipales hay una democracia de roconola, en la que sólo escuche las canciones que prefiera escuchar. Una participación ciudadana de “ustedes participan y yo decido”, ni es participación ni es ciudadana. Tiene otro nombre que resuena muy a gusto en la cabecita unidimensional de nuestro imperecedero gran líder.