Opinión

La izquierda machista nicaragüense y el homosexualismo


A la izquierda siempre se le ha definido desde la economía y la política, pero no desde lo jurídico y lo moral. La izquierda, desde que comenzó a utilizarse este término, en la Revolución Francesa, cuando la Asamblea Nacional de 1789 sentó a la mano izquierda de la presidencia a los portavoces más radicales, se le ha identificado con las causas populares; y después, a inicios del siglo XX, con la revolución rusa, está asociada con políticas sociales y económicas más radicales.
Desde la economía, al menos teóricamente, la izquierda ha levantado como bandera de lucha un Estado más interventor, regulador o normador; y que éste sea, asimismo, más activo en la política social. En el siglo XX, el Estado de Bienestar en países como Alemania fue el estandarte de este prototipo de Estado. La Unión Soviética, con su economía planificada y quinquenal, su extremo.
En lo político, la izquierda se ha destacado por querer más igualdad, y últimamente más diversidad. El respeto y reconocimiento de derechos a los indígenas, al medio ambiente, y en la mayoría de los países de Europa occidental, hace algunos años, a los matrimonios homosexuales, ha sido su bandera reivindicativa.
No obstante, su caracterización y énfasis en determinadas políticas ha variado; circunstancias y épocas han hecho que reivindique bajo su manto diversas opciones, unas veces más radicales y otras menos esenciales, pero siempre bajo el lema de progreso y cambio.
La afirmación de Norberto Bobbio que realiza en su libro “Derecha e izquierda. Razones y significados de un distinción política”, de que el parte aguas entre izquierda y derecha es «la contraposición entre visión horizontal o igualitaria de la sociedad y visión vertical o no igualitaria», «la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad», puede ser más que aceptable, si revisamos su historia.
En todo el siglo XX, las propuestas y reivindicaciones de los partidos, organizaciones y movimientos de izquierda en América Latina giraron en torno a la transformación de la organización social de la producción (eliminación del latifundio «semifeudal», producto del capitalismo configurado por la imposición colonial; asimismo, la promoción de modalidades de mutualismo y cooperativismo o la configuración de variantes de economía mixta, hasta la abolición de la propiedad capitalista de los medios de producción). Empero, procuraban la ampliación e involucramiento político y social de los trabajadores y de otros sectores populares; la secularización de la cultura y una inserción con mayores grados de autonomía en el sistema internacional de poder.
En torno de este núcleo de ideas básicas se diferenciaron posiciones más o menos radicales y más o menos «reformistas», con mayor articulación a corrientes y organizaciones internacionales o con mayor gravitación de ingredientes domésticos.
En desigual medida, en múltiples combinatorias recíprocas y con ingredientes tomados de los más variados enfoques teóricos (liberalismo, positivismo, romanticismo, marxismo, nacionalismo, catolicismo social…) que les impusieron peculiar sazón, esas proposiciones de cambio con sentido de progreso social formaron parte de un amplio arco de organizaciones políticas y sociales.
En los últimos años la reforma política ha sido el énfasis de la izquierda: el objetivo, extender la participación de los sectores sociales a la participación y representación política.
Sin embargo, ha existido un tema que ha sido un tabú para la izquierda latinoamericana, independiente de la época, y ha sido el relacionado con el reconocimiento de los derechos de los homosexuales y de las lesbianas.
En la antigua Unión Soviética, durante mucho tiempo paradigma de las ideas socialistas, desde 1934 regía una ley que penaba el homosexualismo. Ser homosexual en el país de los soviet significaba, además de ser marginado, un gusto de la “burguesía decadente de Occidente”; es decir una desviación sexual que el nuevo hombre socialista no se podía permitir, ya que incitaba al escándalo y era signo de la decadencia moral. El régimen soviético, al igual que la Iglesia Católica, examinaba el homosexualismo desde la perspectiva moral y no jurídica; es decir, el Estado era el moralizador de la sociedad y no el que garantizaba la diversidad, la no discriminación y la igualdad jurídica.
Sólo en 1993, dos años después de la desaparición de la URSS, se logró anular la ley que penaba el homosexualismo, algo posible, en gran parte, gracias a la presión del Consejo de Europa. Sin embargo, el homosexualismo siguió considerándose una enfermedad psíquica hasta 1999. Hoy oficialmente queda sólo una discriminación legal de los homosexuales que les impide donar sangre.
En Cuba a los homosexuales, al igual que en la antigua Unión Soviética, se les persigue. La homosexualidad continúa valorándose generalmente (con más o menos refinamiento) desde las trincheras del rechazo y la condena, a pesar de que cada vez son más las personas que deciden no mantener oculta su orientación homosexual.
En Nicaragua el Código Penal en su artículo 204 establece: “Comete delito de sodomía el que induzca, promueva, propagandice o practique en forma escandalosa el concubinato entre personas del mismo sexo. Sufrirá la pena de uno a tres años de prisión”. Este artículo fue reformado en 1992 por la ley 150, sin embargo, no fue suprimido el delito de sodomía. Más tarde, en 2004 se realizó una iniciativa de ley que pretendía suprimir la palabra sodomía, sin embargo, ésta no fue aprobada.
Los partidos de izquierda, como el Frente Sandinista y el de Renovación Sandinista, no han impulsado, hasta el momento, una iniciativa de ley que elimine este artículo, porque consideran que ésta no es parte de su reivindicación o lucha social. Además, en sus programas de gobierno no proponen eliminar esta forma de discriminación, motivada por la orientación sexual.
Hasta hoy ni el Frente Sandinista ni el Movimiento de Renovación se han propuesto reivindicar el derecho de los homosexuales y lesbianas en sus programas de gobierno, y sus diputados no se han propuesto elaborar una iniciativa del ley que promueva la unión civil entre personas del mismo sexo, aun cuando muchos de ellos tienen esa tendencia sexual. En este sentido, los partidos de izquierda nicaragüense se identifican con la Iglesia Católica, en la concepción patriarcal de la familia.
Es evidente que a través de la historia la izquierda latinoamericana, y por ende la nicaragüense, ha sido machista y homofóbica, aun cuando en sus consignas, programas y discursos hoy pretendan convencernos que han sido y son todo lo contrario.
karlosn@usal.es