Opinión

Tiempo de mentiras


El amigo mecánico que me enseñó para qué servía la coca-cola además de beberla o tirarla, también supo darme alguna lección junto a su hija.
Fue un día que me quedé sin batería, lo cual era bastante frecuente en un toyotita que me prestaban del año setenta y cuatro --qué se le iba a hacer--. “Yo creo que son los bornes”, le dije como orientándole. Él, imagino que cansado de que cada quien que llegaba le indicaba el problema pero no la solución, me miró descreído, pero como los que manejan carros viejos tienen una relación bastante estrecha con la maquinaria, terminó dándome la razón y diciéndome: “Efectivamente, son los bornes. Pero no tengo herramientas. ¿Tiene usted cinco pesos?”. Los tenía. Me envió a comprar una coquita en bolsa. Se la traje, aunque me molestó la forma que empleó para traerle la gaseosa de la pulpería sin que le hubiese hallado aún la solución al viejo carro.
En eso estábamos cuando llegó su hija, tres horas más tarde, según el mecánico, de lo que habían acordado. Venía con el uniforme del colegio, con la falda de color azul gastado. Era una muchacha de unos trece o catorce años. Venía con el cuaderno apretado contra el pecho y la carita mirando al suelo. Traía una pena que no quería enseñar. El padre puso los brazos en jarra y la azareó delante de todos los clientes que allí estábamos, preguntándole de dónde venía a esas horas. Entonces, ella miró a un lado y otro, y cuando agarró valor levantó la cabeza y lo miró de frente. De lo que dijo, más o menos recuerdo lo siguiente:
-Pues mire papá, yo venía a mi hora, pero la Adelita, ya sabe la hija de..., me llamó y me pidió que le ayudase. Mañana tenemos examen de Matemáticas y usted sabe que a mí lo de los números se me da bastante bien. Cómo no se me iba a dar bien, con lo que usted me ha fregado con los números, que si los manejas bien no te van a engañar; que si no sabés de números no sabés de nada. Así que le tuve que ayudar, pero mire papi, no se preocupe que me sirvió para repasar el examen. Mañana va a mirar cómo le traigo un 100.
Y redondeó la cifra con los dedos. El papá se sonreía y le dejó pasar. Cuando entró en la casa se volvió y me dijo: “Ya vio cómo dejo que me mienta”. Al ver mi cara de sorpresa se me volvió y dejando el capó del carro abierto y esperando solución, me explicó que la verdad era que su hija tenía un “jaño” y que al salir del colegio se iban los dos a jalar por donde fuese. Que al fin y al cabo él conocía bien la sangre de su sangre y sabía que era responsable, aunque de todo lo que había dicho sólo le creía en lo del 100.
-Lo que me sorprende es que no se enoje con ella por no decirle la verdad -le contesté.
-No hay falla -dijo convencido-. Si usted fuera padre, sabría que a esa edad están en el tiempo de las mentiras. De algunas le hago creer que me las creo, y de otras me paro y le digo “no mihija, usted no debe mentirles a sus padres”. Pero así es, una mentira por otra. Ya llegará el tiempo de las verdades, ¿no cree?
Me acordé de mi amigo el mecánico después de repasar los anuncios en televisión de la campaña electoral, después de mirar algunas entrevistas, debates, etc. De hecho, tengo la sensación de haber presenciado una campaña electoral que ha durado al menos cinco años. En Nicaragua no se ha dejado de estar en campaña. En realidad, apenas se ejecutan acciones y proyectos de transformación a largo plazo, y aquellos que llegan a salir después de una disputa desgastante, tras las furias entre la Asamblea y el Gobierno, están demasiado condicionados a acuerdos internacionales con el FMI, por ejemplo. Cuando no se gobierna, ni la oposición propone cosas nuevas, entonces se hace campaña, como única actividad política. No hace falta indagar mucho para darse cuenta de que la mayoría de los diputados apenas se leen los proyectos de ley ni los textos completos que finalmente aprueban, y mucho menos la letra pequeña, a no ser que tengan algún interés particular o partidario en ellos.
Pero mirando el esfuerzo que hacen todos y cada uno de los candidatos por adquirir poses, posturas, gestos que transmitan confianza y seguridad, seguido de palabras y promesas que cambiarán todo por arte de magia, uno no puede dejar de acordarse de las palabras del mecánico sin sorprenderse un poco de este pacto no escrito de dejar que nos cuenten todas las mentiras que ellos saben y nosotros sabemos que no creemos y les hacemos creer que creemos. Esta campaña electoral que ya lleva varios años, exceptuando la de los nuevos partidos surgidos en el último año, ha sido la más larga que recuerdo en Nicaragua. Si algo positivo tiene es que no hay una sola alternativa que la mayoría de sus seguidores la considere positiva en su totalidad. A cada amigo, a cada persona conocida que milita o defiende a uno u otro partido o movimiento, le he oído hablar con mucho más realismo que a los meros candidatos, conscientes de las limitaciones que cada propuesta contiene. Y digo que es positivo porque por primera vez en mucho tiempo ahora es el tiempo donde se plantea con más propiedad el voto cruzado, donde hay que aprovechar al máximo las posibilidades que ofrece el sistema democrático que tenemos. El voto cruzado ahora mismo que combina a un presidente de un partido y a diputados de otro me parece que exige un esfuerzo del votante y es una respuesta más cercana al pensamiento en general que se puede escuchar a viva voz en las calles del país. Con esto no estoy defendiendo ni un voto ni otro, pero me parece una manera que podría conciliar algunas dudas y dar un claro mensaje en respuesta a los mensajes de mentiras.
Lo peor de las campañas electorales es que por la ganancia de más votos hasta las personas más cabales y juiciosas que hay dentro de los partidos se vuelven más radicales, como si ésa fuera la armadura a conservar durante todo este tiempo. Es difícil tener conversaciones sin radicalismos o sin que salgan a relucir trapos sucios de otras épocas, y nada invita a la reflexión ni a la calma, justo cuando debiera ser todo lo contrario. Pero las cosas son como son, y están así ahora. Es ésta la campaña y éstos los partidos. El día de las votaciones será el voto del fingimiento, haciéndoles creer que creemos. Ya llegará el tiempo de las verdades. Será pronto a la mañana siguiente, con la vida que tenemos que sacar adelante.
Ah, me olvidé de contarles lo que me enseñó el mecánico. Los que tienen carros viejos ya lo conocen. Agitó la bolsita con la gaseosa fuertemente, y aún efervescente abrió un pequeño agujero en una punta y vertió el líquido y la espuma sobre los bornes de la batería. Al instante quedaron limpios. El carro volvió a encender. Así lo manteníamos, un carro que se movía por las calles sin apenas hacer ruido, con la dignidad de un superviviente.
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