Opinión

La mitad del cielo


Por cada mujer fuerte cansada de aparentar debilidad hay un hombre débil cansado de parecer fuerte. Así comienza un texto anónimo sobre el protagonismo de las mujeres en las sociedades modernas. Algunos piensan que tratar sobre este tema no es políticamente correcto. Insisten los políticos en dirigirse a los trabajadores y trabajadoras, a ciudadanos y ciudadanas, llegando al disparate de una diputada socialista que les llamó estudiantes y estudiantas. Existe un género, el epiceno, que sirve para referirse a personas de distinto género. Pero algunas/os se empeñan en pretender rescribir la historia, comenzando por la Biblia, buscándole esposa a Yahvé, o rezando: “Madre nuestra que estás en los cielos”. No olvidemos a los que ahora utilizan en sus cartas y mensajes el signo arroba (@) para dirigirse a unos y a otras.
Una cosa es reconocer el derecho que tienen las mujeres a las mismas oportunidades que los hombres en formación, puestos de trabajo sin discriminación en las retribuciones ni en las condiciones laborales, puestos de responsabilidad, y otra es pretender ignorar las realidades sociales, naturales y aún de estilo que en nada menoscaban el reconocimiento y defensa de esos derechos indiscutibles, inalienables e irrenunciables porque son derechos fundamentales. Y éstos no pueden admitir privilegios ni discriminaciones de ningún tipo, tampoco las denominadas discriminaciones positivas. ¿Cree alguien que una vez que hayan alcanzado los puestos que les corresponden en nuestras sociedades van a admitir similares discriminaciones positivas en beneficio de los hombres cuando éstos sean minoría en algunos puestos de trabajo? Tenemos el ejemplo de las universidades en los países de la Unión Europea. En muchas facultades ya es superior el número de mujeres. En las mayorías de las redacciones periodísticas las mujeres ya superan a los hombres. Cierto que todavía no han alcanzado la paridad en los puestos directivos, pero felizmente es cosa de poco tiempo. En los países del norte de Europa ya es un hecho y a nadie le causa la menor extrañeza.
En mis años de vida universitaria había pocas chicas, excepto en Farmacia y en Filosofía, al igual que en los puestos de trabajo, pero algunas se empeñaban en vestir traje de chaqueta gris y a rayas, camisa de color liso, zapato plano y pelo corto. Hoy nos parece ridículo confundir la lucha feminista con aquel mimetismo que confirmaba los prejuicios machistas.
Pero todavía hay algunas mujeres que se empeñan en hablar como los hombres, vestirse sin la menor gracia ni estilo, imitarles en ademanes y expresiones que las vulgarizan buscando la igualdad por abajo y no la excelencia, el buen gusto y el sentido común que nos distingue felizmente a unos de otros. Si hay algo a lo que las mujeres no podrán renunciar y que los hombres, por mucho que se empeñen algunos, no conseguirán más que en una burda parodia es a la feminidad, todo lo relacionado con la maternidad y ese no sé qué admirable que distinguirá siempre a un hombre de una mujer sin menoscabo de ningún derecho.
Por eso adjunto esas frases que me hicieron reflexionar y ratificarme en la convicción de que la educación, las buenas maneras, el buen gusto y el estilo son valores propios de cada sociedad, y que ignorarlos o despreciarlos quizás no muestren sino una debilidad de carácter. Hace muchos años escuché que una señora elegante es la que no recuerda cómo iba vestida, y que un caballero lo es sin tener que hablar de ello. Qué lejos queda de este culto a lo joven, a lo cutre, a lo arrugado, al mal gusto y a ese dizque de vestirse cuando en realidad se trata de una serie de artimañas para disfrazarse porque no se gustan como son, y muchos ni siquiera saben cómo quisieran ser.
Por cada mujer cansada de tener que actuar como una tonta hay un hombre agobiado por tener que aparentar saberlo todo. Por cada mujer cansada de ser calificada como “hembra emocional” hay un hombre a quien se le ha negado el derecho a llorar y a ser “delicado”. Por cada mujer catalogada como poco femenina cuando compite hay un hombre obligado a competir para que no se dude de su masculinidad. Por cada mujer cansada de ser un objeto sexual hay un hombre preocupado por su potencia sexual. Por cada mujer que no ha tenido acceso a un trabajo o a un salario satisfactorio hay un hombre que debe asumir la responsabilidad económica de otro ser humano. Por cada mujer que desconoce los mecanismos del automóvil hay un hombre que no ha aprendido los secretos del arte de cocinar. Por cada mujer que da un paso hacia su propia liberación hay un hombre que redescubre el camino hacia la libertad.
La humanidad posee dos alas: una es la mujer, la otra es el hombre. Hasta que las dos alas no estén igualmente desarrolladas, la humanidad no podrá volar. Necesitamos una nueva humanidad. “Ahora más que nunca, la causa de la mujer es la causa de toda la humanidad”, escribió Boutros Ghali, antiguo Secretario General de la ONU. Los chinos llaman a la mujer la mitad del cielo, que obviamente no es idéntica a la otra mitad.
Profesor de Pensamiento Político y Social (UCM)
Director del CCS
fajardo@ccinf.ucm.es