Opinión

Estratega militar y analista político


Escoger un título adecuado para un artículo cuando el centro de referencia de éste es un personaje que tiene más de un cuarto de siglo incidiendo en la política nicaragüense se hace difícil.
Como preámbulo sobre este bosquejo, a simple vista parece enjuto (parco y escaso de palabras y obras), escurridizo e inaccesible. Tengo que reconocer que al tratarlo es todo lo contrario: platicón, accesible y ameno.
Cuando me lo presentaron sentí que no iba a hacer amistad con un representante de las altas esferas del sandinismo guerrillero, estratega de la insurrección. En fin, siendo como soy, me dije: va a estar difícil que congenie con este caballero.
Veamos mi primera conversación: ¿Usted sabe, general, cómo pienso? Responde: bueno, lo he escuchado en la radio, visto en televisión y leído; dice las cosas como se deben de decir. Me pregunta: ¿Ha leído mi libro? General, francamente no, lo he hojeado solamente, pero sí lo he comprado y le regalé uno a mi madre (le cuento que mi hermano Martín fue guerrillero). Casi me ofrece el libro, pero con mucha diplomacia al saber que lo tengo me ofreció autografiarlo. Hablamos de los arreglos de Sapoá y con asombrosa memoria comenzó a referirme las diferentes reuniones entre líderes del Ejército Sandinista (EPS) y los comandos de la libertad (los Contras).
Me llamó la atención, para sorpresa de los gringos, que no se hizo acompañar de un asesor ruso, ni cubano. Le asesoró un norteamericano (me refiero a las pláticas de paz). Mi interés por la historia me mantuvo atento a su relato. Siempre he sospechado que soy un gran conversador y que a veces no presto la guitarra, pero el general no se queda atrás, y lo interesante es que habla con propiedad.
Después de escuchar sus relatos de la guerra, de las pláticas de paz y su final recomendación: “Bueno señores, si hemos tenido el valor de enfrentarnos en la guerra, tengamos el valor también de sentarnos para arreglar nuestro país”. Sapoá (marzo 1988).
En lo que respecta a fechas y nombres de lugares de los distintos encuentros que tuvo, no quiero extenderme, entiendo que su libro está lleno de datos que hablan por sí mismos del general estratega. El ex guerrillero, amigo de Fonseca Amador (liberó a éste de la prisión en Costa Rica), de Raúl Castro y otros personajes de quienes habla con la mayor naturalidad y hasta cuenta anécdotas: “Somoza me prohibió estudiar…”.
Me cayó en gracia el siguiente relato: al referirle que tenía armas para defensa y protección personal, especialmente cuando iba a mi finca, me aconsejó que no usara armas contra los asaltantes, que llevara alguna plata o cosas de valor en el carro y la Biblia. Si trataban de asaltarme, de inmediato que subiera una mano y con la otra tomara la Santa Biblia, comenzando a orar en alto: “Señor que se lleven todo, pero vos Dios mío no permitás que me maten”, y que invocara a todos los Santos siempre con la Biblia en la mano.
Los asaltantes pensarían que soy pastor de iglesia, se llevarían las cosas de valor y no me harían daño. Me pregunté: ¿cómo puede este hombre de guerrillas y estrategias de insurrección recomendarme semejante cosa? Luego agregó: “Usted sabe que los asaltantes por lo general son ex soldados o ex Contras y conocen muy bien el manejo de las armas, usted no; y finalmente insistió: ande algo de valor, porque así se van contentos. Si no se llevan nada lo pueden maltratar”.
En cuanto al tema político, me atreví a iniciarlo diciéndole que si su hermano Daniel siguiera su ejemplo, al retirarse de la política (como candidato), aquí no hubiera tanto miedo del regreso del sandinismo y viviríamos felices sin tanta huelga, paros, quemas de llantas, etc., etc. Como respuesta, se sonrió un poco y me dijo que él no estaba de acuerdo con su hermano. No quise ahondar en el tema. Se declaró como un hombre de centro izquierda y moderado. ¡Muy inteligente, porque allí sus millones estarán muy seguros!, le dije (sonrisas). Pasamos revista de los candidatos y le comuniqué mi parentesco con Rizo. Señaló que había platicado con él en varias ocasiones, sugiriéndome que le hablara de nuestra relación amistosa e intercambio de ideas.
Al exponerme su tesis (llama tesis a sus planteamientos políticos), me expresó su preocupación para el día siguiente de las elecciones enfatizando: “Vea don Alfonso, mi tesis es: lo más importante es que los candidatos derrotados se acerquen al ganador y le digan: bueno, aquí estamos reconociendo su triunfo y ponerse de acuerdo con él para que juntos planearan una agenda de nación, un gobierno de conciliación nacional pensando en Nicaragua primero (vaya, pareciera un PLC), todos a la orden de la patria. Para ayudar a tanta gente pobre, sin ninguna cultura, sin oportunidades”. Coincidí con el general: “Hay que olvidarnos de la noche obscura”, de “somocistas tal cosa, etc., etc.”
La actitud política de Humberto Ortega es de aparente conciliación nacional y todo indica que su discurso es sincero. En un momento dado exigió al presidente de Nicaragua: “Me deja hasta que se apruebe el Código Militar o habrá en Nicaragua un caos” (septiembre 1992), usa esta frase: “El arte de negociar es saber ceder” y agrega: buscando que la dignidad de las partes no se lesione, restregando la derrota o encumbrando la victoria vanidosamente.
Y gracias a Dios hubo un cambio de nombre del Ejército, un Código Militar y Humberto Ortega entregó pacíficamente el mando militar. Y algo importante (agregado mío): se retiró estratégicamente y hoy sabemos de él en forma ocasional.
Su participación ciudadana es interesante. Puede ayudar más que perturbar (como hace a veces Daniel). Tiene buenas ideas. Me parece que entre él y su hermano existe abismal diferencia en el modo de enfocar la vida. Coincido en algunas cosas con el estratega de la insurrección popular, de esa Epopeya, como titula su libro.
Qué bueno sería para el país que Daniel siguiera su ejemplo.
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