Opinión

La pobreza: el gran baldón de América Latina


Hoy día, en cifras redondas, el 40% de la población de América Latina y el Caribe vive por debajo de la línea de pobreza (200 millones de seres humanos) y de ellos aproximadamente 125 millones viven en extrema pobreza, o sea con ingresos inferiores a uno o dos dólares por día. El 10% de los hogares más ricos percibe el 40% del PIB total.
La idea de pobreza está indefectiblemente asociada a la de carencia de algo. ¿Carencia, de qué? ¿Pobreza, de qué? se pregunta Federico Mayor, ex Director General de la Unesco, y se contesta: “No sólo de los recursos indispensables, de alimentos, de vivienda, de vestidos, de conocimientos. Es también una pobreza de futuro, una pobreza de expectativas. Es, asimismo, una pobreza de participación en lo que constituye el único sistema en el que el diálogo y toda esta reflexión pueden llevarse a cabo, que es el de las libertades públicas y la democracia”.
Si bien la economía, según la Cepal, ha experimentado un repunte en los últimos años, el último informe del PNUD sobre la pobreza en América Latina señala que este modesto crecimiento económico apenas redujo, según el BID y la Cepal, en 13 millones el número absoluto de pobres. Producto, en buena parte, de la aplicación de los planes de ajuste estructural y de las políticas de inspiración neoliberal, la situación de las clases medias, medias bajas y bajas ha empeorado significativamente en la región. Carlos Fuentes afirma que “algo se está agotando en Latinoamérica: los pretextos para justificar la pobreza. Ni raza, ni clima, ni latitud, ni etnia, sirven para dar razón de la existencia de doscientos millones de pobres”… “Los pretextos para justificar la pobreza se están agotando porque se han agotado las ideologías que, desde la derecha o la izquierda, nos prometían paraíso instantáneo”. Como conclusión, Carlos Fuentes nos dice que “la desigualdad es el gran baldón de la historia latinoamericana”.
Por otro lado, el promedio educativo de la población de América Latina no llega ni siquiera a la educación primaria completa. El 25% de los niños y niñas de América Latina abandonan la escuela primaria antes de aprobar el quinto grado. No nos extrañe, entonces, que América Latina sólo produzca el 6% de la riqueza mundial, participe con un 4% en el comercio internacional y su aporte a la producción científica mundial sea mínimo. Con una población con tan bajo nivel educativo es muy difícil que se logre salir del subdesarrollo. Según el Informe sobre Estado de la Región (2003), se calcula que la incidencia de la pobreza se reduce en cuatro puntos porcentuales por cada año de estudio hasta los 12 años, lo cual confirma, una vez más, el papel fundamental de la educación en la lucha contra la pobreza, la formación de capital humano y la creación de empleos de calidad. Análisis de la Unesco señalan que por cada año de escolaridad que se aumenta en una sociedad se genera un incremento del PIB de 3.7%.
Como suele afirmarse, Nicaragua no es un país pobre, sino empobrecido. Somos potencialmente ricos por nuestros recursos naturales, pero hemos carecido de un liderazgo colectivo consciente que nos saque de la pobreza y emprenda el camino del verdadero desarrollo, basado fundamentalmente en nuestras fuerzas productivas y en el nivel educativo de nuestra población. Apostar prioritariamente por la inversión extranjera y la maquila como factores principales para la solución del problema de la pobreza y el desempleo pareciera significar una falta de confianza en nuestras propias capacidades nacionales. En realidad, sin menospreciar la inversión extranjera, que es un elemento necesario, debemos priorizar el desarrollo endógeno, humano y sostenible como el paradigma de un auténtico desarrollo nacional.
Una de las conclusiones del diagnóstico del sistema educativo hecho por el Plan Nacional de Educación 2002-2005 es que: “Los niveles de pobreza influyen fuerte y negativamente en el acceso a los diferentes niveles del sistema educativo actual. A mayor pobreza se tienen menos oportunidades de acceder a los programas educativos. De hecho, la permanencia de los estudiantes en el sistema educativo actual es un embudo que está en función de la pobreza, la cual influye directamente en la repitencia y abandono escolar. De esta manera, el sistema y el tipo de educación actual reproducen la estructura de pobreza, y tienden a mantener las desigualdades económicas y sociales”.
En cambio, un estudio de la Unicef revela que “la probabilidad de ser pobre disminuye con el incremento del nivel educativo y aumenta cuando las mujeres jefas de hogar tienen menor instrucción. Para quebrar la larga historia de inequidad en América Latina, las sociedades necesitan mejorar el acceso de los pobres a la educación”.
La educación es el vehículo que las familias pobres estiman como el más apropiado para romper el círculo vicioso de la pobreza y su transmisión de generación en generación, según el Informe sobre el Desarrollo Humano de Nicaragua 2002, “Las condiciones de la esperanza”, que analizó las aspiraciones y expectativas de la población nicaragüense. La educación resultó ser la “gran forjadora de esperanzas”, para la población sumida en la pobreza.
Managua, septiembre de 2006.