Opinión

Los niñ@s de la calle y la campaña presidencial


En los aparatos gubernamentales saben poco o muy poco de los niñ@s de la calle, a pesar de las dimensiones cada vez más desproporcionadas del fenómeno: tan sólo en la capital la población de menores en esas condiciones aumentó en los últimos años. Es una realidad que contradice el discurso de los funcionarios gubernamentales.
Los niñ@s de Nicaragua se dividen en socialmente incluidos y los excluidos. Los incluidos son los que satisfacen sus necesidades básicas hasta la opulencia y, de otra parte, son los niñ@s de la calle quienes en distinto grado carecen de esos elementos básicos, incluyendo al precarismo más profundo. Son muchos miles de niñ@s de la calle con distintas formas y grados de exclusión social.
Niñ@s de la calle es un término que gira entre lo moderno y lo posmoderno. Es una circunstancia en la que violencia, abandono y olvido hermanan. Hasta ahora las posiciones de los funcionarios neoliberales suelen moverse en la idea de que el mercado, si crece con suficiente velocidad, acabará incluyendo a los niñ@s de la calle. Para los especialistas el fenómeno de los niñ@s de la calle es un problema grave que se ha masificado en los últimos dieciséis años.
¿Cuáles son las razones que motivan la expulsión de los menores del seno familiar? La violencia intrafamiliar, sin lugar a dudas, es un elemento presente en la situación de los niñ@s de la calle, pero hay otra serie de condiciones sociales, culturales, educativas y económicas que no podrían dejarse de lado.
Las familias de los niñ@s de la calle, con escasas excepciones, son núcleos que viven en situación límite: con cero recursos económicos, educativos, a veces con trastornos sicológicos y con un nivel de desestructuración familiar elevado. El cien por ciento de los hogares origen de los niñ@s de la calle presentan condiciones de pobreza o pobreza extrema; las familias de estos menores tienen un ingreso de menos de un salario mínimo; también, la mayoría de los jefes del núcleo familiar no tiene la primaria terminada.
También son familias que habitan en viviendas no adecuadas, que aunque algunas cuenten con los servicios básicos indispensables, presentan un alto grado de hacinamiento. Al mismo tiempo, las familias expulsoras de niños presentan un grado de alcoholismo y fármaco-dependencia de los jefes y/o jefas de los hogares. Éstos son factores que se asocian a la violencia intrafamiliar que orilla al menor a su salida.
Los niñ@s de la calle son un fenómeno social que dibuja la ausencia de una situación normal y que abarca un grupo que no pertenece a ningún otro grupo, son una parte de la condición humana que semeja a lo humano, pero que no es idéntico. Son un nuevo espacio del sufrimiento del cual no se han ocupado los filósofos y analistas políticos nacionales. Son una forma de cuestionar el ojo de capitalismo.
Los niñ@s de las calles son sumas, sumas y más sumas para los funcionarios gubernamentales. No hay restas. En su matemática circulan incontables episodios: se desconoce, con frecuencia, el paradero de los padres, saben del hoy y no del mañana, son objetos sexuales. Según los expertos, ingieren menos proteína que cualquier mascota casera de un miembro de la elite dominante, adquieren el SIDA u otras enfermedades de transmisión sexual antes que otros grupos sociales.
Los niñ@s de la calle son un fenómeno social que ha crecido sobre todo en las ciudades, en las principales calles, en donde su presencia contrasta con la abundancia de los centros comerciales. Son una forma de productos reciclables; nunca se acaban, son iguales, nunca faltan, son desechables. Suelen ser menos visibles en pueblos pequeños, quizá porque ahí lo humano sigue siendo idea vigente.
Su número exacto se desconoce. Es muy probable que sean “miles”. Los niñ@s de la calle pertenecen a ese subgrupo social de incensables: sin casa, sin afiliación escolar o partidista, sin púlpito en las iglesias, sin autopsia cuando mueren. Escapa toda estadística. Ver uno es como ver a todos. Molestan tanto a tantos, que por eso no figuran en los censos.
Sostienen los expertos que la cifra requerida para educar y alimentar a todos los niñ@s de la calle del planeta es menor que lo que se gasta en Europa cada año en helados y la quinta parte de lo que se invierte anualmente en golf en los Estados Unidos. No tengo el dato, pero, ¿cuánto vale el día de una niña de la calle en Nicaragua? ¿Cinco córdobas?, ¿ocho?, ¿diez?
El inicio de este fenómeno se concatena con el incremento de la miseria, la pobreza extrema, de los fenómenos migratorios del campo a las ciudades, con la falta de empleo, con la ruptura de los lazos familiares. Su presencia, antes poco común, ahora es cotidianidad. Son, en muchos sentidos, espejo del devenir de la sociedad nicaragüense por las políticas neoliberales de ajuste estructural.
Para la mayoría de los niños de la calle la vida es un castigo. Quizá su interpretación de la vida difiera de la nuestra, pero no dudo que su vivir es un padecer constante plagado de destrozos. A esas mermas deben incorporarse la crueldad, el olvido y la apatía de las mayorías, situaciones que duplican el sufrimiento y cierran cualquier puerta al futuro. Entre mayor la amnesia y el oprobio, mayor la posibilidad de violencia y menos la de readaptación social. Los niñ@s de la calle son otra consecuencia de los programas de ajustes estructurales implementados por los gobiernos neoliberales de la década de los noventa.
La realidad ha rebasado los conceptos existentes acerca de niños y adolescentes cuya casa es la calle. El fenómeno no sólo se ha expandido justo con la globalización neoliberal que priva en el país desde los noventa, sino que se ha agudizado. Las familias de los niños que crecieron en la calle y sin otro futuro que la calle, son una realidad que nos muestra el modelo económico neoliberal.
La política neoliberal ha decidido que los niños de la calle “no existen, no son de interés” del mercado. De tal forma que en el Foro Presidencial patrocinado por CNN y Canal 2 ni siquiera se habló de los menores que viven en las calles. En la política neoliberal, los niños de la calle no son estratégicos para elevar la competitividad, y por ello no hay necesidad de hacer programas públicos ni planes para ellos.