Opinión

Próximo gobierno: ¿De la polarización al consenso?


El impresionante mosaico de partidos políticos e ideologías que existía en Nicaragua antes de 1979, con el curso de la Revolución, se redujo en poco tiempo a dos actitudes políticas principales que dieron origen a la polarización del país: sandinismo y antisandinismo. La oposición cívica al gobierno sandinista, que se originó con el concurso de descontentos y desilusionados socialdemócratas, liberales, conservadores, trotskistas, comunistas, socialcristianos, sandinistas inclusive, entre otros, rápidamente fue borrando sus especificidades ideológicas y elaborando a la par una nueva identidad política sobre la base de la oposición al FSLN. A partir de 1979 se llevó a cabo un proceso ascendente de disolución ideológica de las potenciales fuerzas de oposición al Frente. Los liberales dejaron de ser liberales, los conservadores igual, lo mismo que los comunistas y socialcristianos. Todos ellos se reagruparon en viejos y nuevos partidos y en organizaciones que se cobijaron bajo el calificativo de “fuerzas democráticas”. Entre todos elaboraron un caldo contra el sandinismo que les cuajó finalmente en las elecciones de 1990 cuando, bajo el acoso norteamericano, y a la sombra de errores estratégicos, debilidades y contradicciones del Frente, esta oposición consiguió alzarse con el poder y disfrutar a continuación de los primeros pasos de una democracia con pretensión republicana y un enclenque y todavía tembloroso estado de derecho.
Debido a este fenómeno, después de 1990 se acentuó la polarización de las elecciones en Nicaragua. En uno de los extremos siempre se ha encontrado el mismo partido con su mismo candidato. Y a pesar de que en la otra punta ha variado el aspirante y la bandera, se puede decir que bajo la gorra de la UNO y detrás de la camiseta del PLC se cobijaron, durante toda la década del 90, el mismo rostro, la misma masa de votantes triunfantes: la Resistencia antisandinista que, en el momento oportuno, unificada al son del tambor electoral y el apadrinamiento norteamericano se ha alineado, en las entradas de los centros de votación, con diferentes nombres y siglas, pero siempre con el mismo corazón rebosante de antisandinismo.
Pero estas elecciones que se aproximan difieren radicalmente de las anteriores. No es mi propósito escribir aquí sobre las causas que generaron este nuevo panorama político electoral, pero sí resaltar que para estos comicios se ha elevado a más de dos la cantidad de las fuerzas políticas contendientes con posibilidades de ganar la Presidencia de la República; y lo que para mí es aún más importante: también ha aumentado el número de escenarios contemplados más allá de estas elecciones, y cuyos tablados se alzarán seguramente sobre las distintas bancadas que conformarán la nueva Asamblea Nacional.
No quiero minimizar la importancia que tiene en esta lucha electoral la elección presidencial, pero sí quiero subrayar el fuerte sesgo parlamentario que tiene actualmente el Estado nicaragüense y el protagonismo que ha alcanzado la actividad legislativa en la gobernabilidad o en el desgobierno del país. En la actualidad, el hecho que existan dos megabancadas en la Asamblea, no permite la ampliada audición de otras voces ni la creación de espacios de consenso nacional. Más bien, esta situación ha sido motivo de tentación para la suscripción de acuerdos, entre las bancadas hegemónicas, a favor de intereses partidarios fundamentalmente.
Las encuestas electorales revelan la distribución de porcentajes sustanciales de preferencias electorales entre cuatro de las fuerzas parlamentarias participantes en la actual contienda. Esto seguramente finalizará con la actual hegemonía de una o dos fuerzas políticas en la Asamblea y obligará a las bancadas a buscar el consenso parlamentario. Algo que comenzará a andar con dificultad en los inicios del nuevo Gobierno, dada la reticencia al diálogo que seguramente existirá al principio entre algunas de las nuevas bancadas conformadas, debido a la satanización que algunos de los candidatos de estas fuerzas han hecho, en este marco electoral, en contra del “pacto”. Pero a la postre serán de ineludible cumplimiento nuevos acuerdos, pactos, alianzas, consensos, o como se les llame.
De cómo se conformen y duren estos pactos y alianzas entre las bancadas depende el grado de despolarización política del país. Dada la afinidad política de las diversas bancadas se esperaría que las alianzas siguieran el orden siguiente: FSLN-MRS, por un lado, y PLC-Alianza Liberal, por otro. Sin embargo, es de esperar que al inicio del nuevo gobierno, y dadas las contradicciones actuales entre los partidos en contienda, las posibilidades sean las siguientes: FSLN-PLC y MRS-Alianza Liberal. No podría decir cuál de estas probabilidades sería la ideal para el bien de todos los nicaragüenses. Lo adecuado sería, sin embargo, que independientemente de estas alianzas y en virtud del interés nacional exista un consenso general, entre todas las fuerzas políticas representadas en la Asamblea, en torno a que para conseguir un acelerado desarrollo es urgente la despolarización política del país.

Alvarorivas50@hotmail.com