Opinión

Decir siempre un sí al país


Ph.D. / IDEUCA
El Informe Delors a la Unesco con el nombre de “La educación encierra un tesoro” (1996) aseguró que de los cuatro pilares que sustentan la educación a lo largo de toda la vida, el más difícil y clave en el siglo XXI era el “Aprender a vivir juntos”. Los otros pilares “Aprender a conocer, a hacer y a ser” van construyendo rutas diversas con ritmos distintos, pero al “Aprender a vivir juntos” se le oponen explícitamente obstáculos tan fuertes que afectan a toda la humanidad, a cada país, y en él, llegando al barrio, al vecindario e incluso a la propia familia.
En Nicaragua dichos obstáculos se evidencian de múltiples formas, comenzando por un hecho de profundo significado social y cultural. Todos nos apresuramos a hablar mal del país, de descalificarlo, de expresar una visión extremadamente negativa de éste, de sus instituciones, de la vida ciudadana y de la gente.
Sin duda, predomina en Nicaragua una visión negativa que encierra cierto pesimismo del que brotan expresiones despectivas, divisiones, descalificaciones, violencias de diverso tipo y en todos los niveles.
Una mirada de conjunto al país encuentra, efectivamente, un alto crecimiento en lo externo, centros comerciales, negocios, bancos, rotondas, lugares de diversión, monumentos, vías, carreteras, vehículos, etc., y reducido en lo moral, ético, convivencia ciudadana, solidaridad, como lo demuestra la hiriente pobreza, la violencia abierta y oculta, la exclusión social y las diferentes manifestaciones de corrupción.
En resumen, se observa un desarrollo moderno y de consumo progresivo, y un deterioro sostenido en los valores personales y ciudadanos. Se está imponiendo el predominio de la lógica y sentido de las cosas sobre la lógica y sentido de lo humano.
Analizando el mensaje diario de algunos medios de comunicación y hablando con la gente, pareciera que el ser humano en Nicaragua no tiene un futuro ético. ¿Por qué hablamos tan mal de nuestro país? Me causa pena que así sea.
No obstante, como educador, sigo creyendo y constatando que en Nicaragua hay más aspectos dignos de admiración que de desprecio y, por ende, más aspectos para el optimismo sosegado que para el desaliento generalizado. Esto no impide que la brecha entre lo material y lo ético sea fuente de una preocupación profunda y sostenida, sabiendo que un país lo construyen hombres y mujeres en plenitud humana, educada, profesional y científica. No hay futuro sin hombres y mujeres humanizados y bien preparados. El futuro del país lo definen los seres humanos, y a éstos los define la educación.
En términos pedagógicos, está comprobado que la opinión positiva o negativa del profesor respecto del estudiante influye positiva o negativamente en su rendimiento y desarrollo educativo.
Trasladando esa experiencia pedagógica a la vida ciudadana, podemos afirmar que la opinión negativa que prevalece en muchos ciudadanos respecto al país repercute negativamente en la convivencia ciudadana y en el funcionamiento global de la nación. Estamos construyendo, como ciudadanos, una personalidad social defectuosa, la cual poco a poco permea a nuestra niñez y juventud, afecta al proceso educativo, llamado a crear y sustentar los valores humanos, morales, éticos y sociales.
Lo anterior encierra una extraordinaria importancia para la educación. Dentro de cada niño y de cada joven hay un ser humano, un ciudadano que tiene que crecer con la educación en su conjunto. Decir de distintas formas, y en forma generalizada un no al país, atenta contra el verdadero sentido de país, de ciudadanía, y frena el desarrollo de la identidad nacional. Esta actitud es socialmente deseducadora, porque es el país en su conjunto el educador más importante de la ciudadanía.
Como educador, creo firmemente que los hombres y mujeres con valores éticos y cívicos nos auto controlamos, somos dueños de nosotros y de nuestro destino, por el contrario, cuando faltan esos valores, son otros los que nos controlan y determinan nuestro futuro como país permitiendo una peligrosa dependencia.
En las circunstancias actuales, incluyendo las vendetas electorales, circunstancias que resaltan una mirada negativa de país, no podemos descalificarnos como ciudadanos y, por tanto, como educadores, pues todos lo somos del país. Por eso se impone el imperativo ciudadano de decir siempre un sí al país, como lo hicieron los próceres y héroes, a quienes les debemos nuestras Fiestas Patrias, que llenan en gran parte el mes de septiembre.