Opinión

Tomar en serio


Conozco una mujer buena que, sin saber por qué, siempre dispone algo de comida para las personas alcohólicas de mi barrio. Ella la alista siempre y se la pone en las manos con un consejo al viento, a sabiendas de que volverán tarde o temprano de la misma manera a recibir un pan fortuito que baja de sus manos. Nadie sabe por qué lo hace, pero no se olvida de ellos, como si no pudiera dejar de hacerlo. Suele apartar un pedazo de lo que se cocina en la casa, y dice: “Esto es para mis bolitos”, como ella los llama.Sobre lo que ha ocurrido en León, hay una tragedia mucho más larga. Pero he leído muy poco sobre el alcoholismo en Nicaragua. Apenas hay datos y estudios que nos acerquen a la verdadera dimensión del grado de alcoholismo bien visto y permitido que hay en Nicaragua, esta adicción que termina ahogando a las personas, sus familiares y cualquier estructura de la vida. Tampoco he visto nada que ayude a comprender el porqué de esta discriminación de unas drogas sociales y otras antisociales.
Una noche, hace algunos años, un grupo de amigos tuvimos una reunión en León. La Flor de Caña (uno de los negocios más rentables en Nicaragua) estrenaba a la venta al público un garrafón de muchos litros. A alguno del grupo le pareció simpático llevar la enorme botella. Todavía no habíamos visto ninguna, y cuando la puso allí, nos pareció una cosa descomunal y asombrosa. Éramos cinco. Uno dijo que hasta que no la acabásemos no saldríamos de allí. A mí aquello me dio vértigo porque no estoy acostumbrado a tanto. A mi lado, había un amigo que era poeta y se había venido de Managua con su hijo, un niño de unos once o doce años, que me sorprendió porque pasó todo el rato callado y riéndose a ratos de alguna ocurrencia de alguien de la reunión. Pero la mayor parte del tiempo la pasó absorto y triste, buscando cómo entretenerse con una fila de hormigas que pasaba. Al principio no entendí por qué el padre se había venido con su hijo. Luego lo supe. Conforme avanzaba la noche, él mismo me confesó que su mamá le pedía que acompañase a su padre para que le ayudara a llegar sano y salvo a casa. Ella sabía que terminaba emborrachándose y perdiendo el control. Su rostro apenas se inmutaba cuando su padre recitaba poemas sobre la Catedral de León, luchando por no caerse sobre la mesa. Al final los miré irse a los dos, él tambaleándose. Él, enorme, con una carga que apenas sostenía, guiado sin embargo por la manita del niño que corría el riesgo de sucumbir bajo su padre ebrio.
Siempre me ha sorprendido y hasta molestado la enorme discriminación que hay contra el uso del tabaco o la misma marihuana, asociándola a ambientes marginales en Nicaragua. Y, sin embargo, el alcoholismo pertenece a esas cosas que han tenido la buena gracia de ser culturalmente permitidas y hasta bien vistas. No hay una mesa sin botellas de ron, y hay demasiado ron en Nicaragua. Es una droga más y eso se nos olvida con frecuencia. Y en una buena puerta de Nicaragua, estamos enfermos, adictos a una droga a la que nunca nos han educado, de la que no nos cuentan lo peor. Aún hoy seguimos dando tumbos por la calle. Y sufrimos o ejecutamos la violencia que hay después, y la destrucción.
Después de la reunión en León, logramos llegar, a alguna hora de la madrugada logramos llegar, y volvimos cada uno a nuestra vida. Esa misma noche otros muchos volvían a sus propias casas de la misma manera. En cualquiera de estas noches, un desalmado le pone metanol a unas botellas y provoca un herida aún más grande, y añade más muerte o acerca la poca que trae cada trago.
La mujer buena de la que les hablo sigue ahí, dando algo de comer a los que se acercan a la puerta con una buena dosis de olvido. Nadie sabe por qué lo hace. Pudiera imaginar que en ellos ve parte de una derrota propia. Una parte de ese vencimiento que ellos llevan es nuestra, y a sus espaldas, en el camino que se desdobla, también están nuestras propias heridas.
También revisaba en estos días un poema que se publicó en la revista carátula de Allen Ginsberg, uno de esos poetas norteamericanos de la generación beat que se fueron a probar de todo, y a morir siempre jóvenes, o no tanto, pero al menos nos dejaron los aullidos de esa generación que eligió perderse. Y así él lo contaba:

Vi las mejores mentes de mi generación
destruidas
por la locura, desfalleciendo desnudas e
histéricas
arrastrándose al amanecer por los barrios
negros buscando
un colérico pinchazo.

poetas con cabeza de ángel ardiéndose por la antigua
y celestial conexión al estrellado dínamo de la maquinaria de la noche,

quienes se irguieron de pobreza y harapos y ojos hundidos
y ebrios fumando en la sobrenatural obscuridad de pisos
húmedos flotando a través de techos de ciudades contemplando jazz,

Si supiéramos la cantidad de hombres y mujeres que hemos perdido en esta desgracia, nos daría pavor. Es hora de tomar en serio este problema. Es un asunto grave de salud pública. De lo que ha pasado en León, hay mucho más, más allá aún que el alcoholismo meramente, hay una vieja derrota que heredamos, tan vieja que no nos la hemos sacado de encima. Las drogas y el alcohol sólo le ponen matices a los daños de la memoria nuestra, pero no nos la quita. Lo que sí nos quitan es el resto de la vida. Y el alcohol es tan jodido, tan traidor, que al final nos quita siempre, pero siempre, siempre, justo lo que más queríamos. Después no hay nada.

franciscosancho@hotmail.com