Opinión

Presidentes de facto de Nicaragua


En la historia de Nicaragua, la figura de “El embajador americano” --o “El ministro americano”, como les decían antes-- ha sido más influyente en nuestra vida pública que casi todos nuestros presidentes. La sumisión de nuestros gobernantes ha permitido que los diplomáticos gringos administren a su gusto la influencia del poder imperial que representan. Estados Unidos ha ejercido su injerencia con eficacia durante todo el período post colonial. Para los resignados políticos nicaragüenses, “El embajador americano” ha sido el pastor de su evangelio ideológico.
Del delegado especial Ephraim G. Squier a Paul Trivelli, los representantes de los gobiernos gringos han sido receptores de toda obsecuencia de parte de los políticos nicaragüenses acomplejados, complacientes y complacidos. La librea mental que lucen los políticos libero-conservadores en todas sus relaciones con los gobernantes estadounidenses y, por supuesto, con sus embajadores los hace perder no sólo independencia, sino también dignidad.
Las frases del Director del Estado, Norberto Ramírez (1849) ante Squier, son un modelo del discurso servil que podrían suscribirlas hoy los candidatos de la derecha:
“Señor: la satisfacción que experimento al tener el honor de recibir, por primera vez en nuestra historia, a un digno representante de la República de Norte América, sólo iguala a las aspiraciones y grandes esperanzas que este acontecimiento inspira. La gratitud de que vuestras palabras me han llenado, la extraordinaria intercesión de vuestro Gobierno en las circunstancias en que se halla el Estado de Nicaragua, me imponen hoy el grato deber de agradecer a la Divina Providencia las mercedes que sobre nosotros derrama.
“Hace mucho tiempo Nicaragua sentía la necesidad de abrigarse bajo el esclarecido pabellón de Norte América; pero no había llegado aún la hora en que el Árbitro de las Naciones debía levantarnos a tan alto grado de dicha y prosperidad. Antes de despachar una delegación cerca del Ministro de los Estados Unidos en Guatemala, y antes de haber firmado con el doctor Brown (ciudadano de vuestra República) un tratado para la construcción de un canal, ya habíamos hecho algunas gestiones ante el Gobierno americano tendentes a la feliz realización; el resultado, sin embargo, no llenó nuestras esperanzas. Pero ahora sí veo todos los elementos de un futuro feliz ante vosotros; existe buena fe de parte del Gobierno que presido; los más amistosos sentimientos para con la América del Norte satura todo corazón nicaragüense, y tenemos las promesas de apoyo y simpatía del Gobierno americano. Contamos, por consiguiente, con todo lo que puede desearse para disponer de los bienes que el Cielo nos ha concedido.”
Ya podemos enumerar cuánto hemos disfrutado de “los bienes que el Cielo nos ha concedido” con el “apoyo y simpatía” de los gobiernos estadounidenses, durante los 157 años transcurridos. Nótese que cuando Squier hizo su incursión de reconocimiento en el terreno para la apertura del siempre apetecido y nunca realizado canal interoceánico por Nicaragua, pero siempre un instrumento eficaz para presionar y burlar nuestra soberanía, ya se había firmado un acuerdo con un tal “doctor Brown” --gringo por “casualidad”-- para la construcción del canal.
Escasos ocho años después de Squier, William Walker ya estaba en Nicaragua, cuya incursión se insiste en presentar como un hecho derivado sólo de la rivalidad entre las facciones libero-conservadoras, entonces “democráticas” y “legitimistas”. Historiadores nicaragüenses suponen que el libro de Squier (Nicaragua, sus gentes y paisajes) “cayó” --como por accidente-- en manos de Walker “y que desde ese momento nació en él el propósito de apoderarse de Nicaragua”.
Eso es falso. Todo ha sido fruto de una misma voluntad; la visita de Squier fue parte de la acción expansionista de los Estados Unidos; su formidable investigación de nuestra realidad fue un estimulante más. Es lógico que poco tiempo después de Squier tuviéramos en casa a los filibusteros. Incluso, dos años antes de Squier, en 1847, fuerzas gringas se habían apoderado de San Juan del Norte, reemplazando a los ingleses.
¿Qué pasó con los embajadores o ministros gringos después de Squier? Primero, que en 1850, un año después de él, Estados Unidos e Inglaterra suscribieron el tratado Clayton-Bulwer haciéndose la guatusa (diríamos a lo nica) sobre sus intenciones respecto de una ruta interoceánica en América Central, vale decir, Nicaragua. En 1854, los gringos bombardean San Juan del Norte; en 1856, Jhon Wheeler --el ministro “americano”-- reconoce a Walker como “presidente de Nicaragua”.
La injerencia gringa en nuestro país se ha mantenido de forma ininterrumpida en la historia, y de Wheeler a Trivelli no ha mediado ninguna pausa. Los ministros “americanos” de los treinta años conservadores administraron su injerencia en las condiciones pacíficas que ese prolongado letargo social les permitía. Pero el 31 de mayo de 1893, por la crisis posterior a las elecciones de abril, aparece el ministro “americano”, Lewis Parker, conciliando a los facciosos, pero a quien le tocó ver nacer la revolución de José Santos Zelaya; entonces, la función del ministro “americano” se altera junto al nuevo ritmo social que introdujo la revolución en las estructuras de la Nicaragua pre capitalista.
La tarea de derrocar a Zelaya se le complica al ministro “americano” Elliot Northcott, y es auxiliado por el propio titular del Departamento de Estado, Philander Knox, y luego por los marines, cuando la intervención diplomática compartió el terreno con las armas. Los ministros “americanos” del período de la ocupación (1912-1933), como George T. Weitsel, Benjamín Jefferson y Lawren Dennis, fueron auxiliados en sus funciones de gobernantes de factos, por expertos en leyes electorales (Harold W. Dodd). Después (1927), el propio jefe, Henry Stimpson opacó a Lawren Dennis, en El Espino Negro, y luego se trajo a Dana G. Munro. Cuando la intervención cruza el período de la crítica armada de Sandino, aparece un nuevo ministro “americano”, Matthew E. Hanna, a quien le tocó organizar el asesinato de Sandino, y hasta compartir mujer con Anastasio Somoza García.
En el período somocista de la intervención, los embajadores gringos siguieron ejerciendo la presidencia de facto “en paz”, dirigiendo a los dictadores y sus testaferros, y haciendo de la embajada “americana” la casa presidencial para los políticos, en especial conservadores, que iban a pedir que les permitieran renovar el uso de la librea gringa, “derecho” perdido en 1928. A los embajadores “americanos” se les agitó su función diez años después, con las alteraciones políticas por la reelección de Somoza García (1944), las agitaciones populares, la rebelión cívico-militar de abril, el movimiento estudiantil, las guerrillas y finalmente la revolución de 1979. Al final, no pudieron evitar la debacle de su criatura y sus herederos; ya triunfante la revolución, la diplomacia estadounidense pasó de la conspiración al terrorismo y a la guerra de agresión.
Trivelli encontrará entre sus antecesores todos los ejemplos posibles para su actuación, aunque es dudoso que logre la unificación de sus fuerzas de derecha para poder continuar sin mayores dificultades la administración de la injerencia de su país sobre el nuestro. No es necesario decirlo, pero lo digo: no le deseo éxitos a mister Trivelli.