Opinión

Peroratas políticas, no más que demagogia pura


Es abominable que el poder y los pilares que lo sostienen estén en mayoría en manos de amorales. Si los tradicionales discursos de los políticos en época de campaña electoral fueran veraces, los puestos de trabajo serían excedidísimos, pero procediendo de humana voluntad y no pretendiendo tutelar todo, como estoy advirtiendo, que sin temor a equivocarme lo harán los futuros gobernantes. Prácticamente hacer e intercambiar política en Nicaragua se ha convertido en el negocio de moda del nuevo siglo, conlleva un estilo de vida práctico y rentable. En el planeta del dinero, el privilegio del mismo, lo han sabido acumular los bancos y aquellos personajes mancomunados al poder político, fiscalizan inhumanamente ese perfeccionado negocio. Sin ir muy lejos, hasta la fecha somos muchos los que no encontramos explicación lógica y no convencen los esclarecimientos de los supuestamente involucrados en los Cenis; y lo claro es que no serán los siderales los vitalmente favorecidos del movimiento del dinero, a nosotros continuarán dándonos migas, nuestros ahorros se relegan cada año por esos retorcidos mecanismos. Si todo fuese distinto, no correría riesgo ni el trabajo ni el efectivo progreso.
Revisando la memoria histórica, la política no es más que el arte de “gobernar bien” las naciones. Los nicaragüenses tenemos vasta experiencia en saber que el ciudadano que hace política raramente va por vocación; va de dedo o a como mejor se ubica y no sólo él, sino todo aquel o aquellos que dependen de él. Tendría que escribir un texto para acopiar las mentiras de los discursos políticos y no sólo en tiempo de campaña electoral y sólo de aquellas que conocemos. Ya como es de suponerse, las arbitrariedades subterráneas siempre serán quebrantamientos anónimos para todos los que estamos en la acera contraria, con acierto opino que éstos son incontables.
El triunfo de los políticos parte de una palabra, frase o de un hecho expresivo en el cual la realidad se argumenta con las generalizaciones y no tanto con las respuestas específicas de todas las soluciones. De no ser así la demagogia en absoluto hubiera sido muy rentable para ellos. Paralelamente este evento comunicativo simboliza el inicio del compromiso con la verdad que debe representar la credibilidad del político; prácticamente estamos ante el modelo de continuar con un perfil afín o uno contradictorio.
El artificio invariable para demostrar la inaptitud administrativa y descomposición institucional se trata de la subestimación. Para mentirnos a estas alturas les hace falta enorme imaginación. Sin embargo, los políticos aún no se convencen de que la persuasión de su discurso en la apariencia se está terminando, sencillamente porque la misma realidad no puede ser embustera con las palabras. No es viable mentir ante el vacío de las obras, la misma ineficiencia echa abajo sus discursos.
El protocolo de los políticos y la redundancia en sus discursos numerosas veces han auxiliado a ocultar el hecho torpe de que en nuestra democracia muchos gobernantes hacen votos sobre una constitución que muchas veces ni ellos mismos conocen.
En resumen, ya no pueden subestimarnos mucho cuando nosotros estamos aprendiendo a percibir el laberinto de su medio. Día con día como sociedad somos más críticos, y como resultado les inhibimos artimañas de subestimación en las peroratas políticas. Algo preocupante es que existe una generación apolítica que refleja una preocupante tendencia hacia la pasividad o la indiferencia que podría generar abstinencia a la hora del voto; pero si no tienen opción política, ¿qué decir?
“Candidatos gubernamentales… la falsedad en el quehacer político no es cualquier mentira, es perjurio, nada más y nada menos que jurar en falso sobre la constitución política”.

La autora es escritora y master en Salud Pública.