Opinión

El asesino de la globalización


La primera ola de globalización económica del mundo, liderada por el Imperio Británico en el siglo XIX, llegó a su fin literalmente con una detonación en una tarde de domingo de 1914, cuando Gavrilo Princip asesinó (con dos balas misteriosamente bien apuntadas) al archiduque de Austria Francisco Fernando y a su esposa. Los años que siguieron fueron testigos de una carnicería paneuropea, de inestabilidad en toda la década de 1920 y del surgimiento del fascismo y el comunismo, culminando en la muerte de innumerables millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial.
¿La era de la globalización de hoy está llegando a su fin? Si es así, tal vez no necesariamente termine con una repetición de las masacres del siglo pasado, sino con una reducción de la economía que conlleve estancamiento económico y predestine a miles de millones de personas a una pobreza extrema.
Varios candidatos fueron propuestos para el papel del asesino de la globalización. Pero un aspirante poco perceptible, aunque probable, se ha venido infiltrando en la economía mundial: la creciente tendencia a limitar la libre circulación de la gente, a “atrincherar” al mundo rico. Hoy en día constantemente vemos la amenaza de esta tendencia, pero la percibimos como si aparentemente no fuera amenazadora, a punto tal que quizá nos terminemos acostumbrando a ella en lugar de detenerla.
Globalización significa libre movimiento de capital, mercancías, tecnología, ideas y, sí, gente. Cualquier globalización limitada a las tres o cuatro primeras libertades pero que omita la última es parcial e insostenible. Cuando la gente ya no pueda desplazarse poco podrá hacerse para impedir que los gobiernos limiten el libre movimiento de mercancías u otros factores de producción. Después de todo, si los países superpoblados con un alto nivel de desempleo no pueden exportar gente, ¿por qué no aspirar a implementar barreras arancelarias más altas para proteger los empleos que tienen?
Ahora bien, ¿qué pasa con los desempleados que se quedan encerrados en sus sociedades? La guerra contra el terrorismo nos demostró los peligros que pueden surgir de las frustraciones sociales que muchas veces se originan.
De todas maneras, el “atrincheramiento” del mundo rico avanza de prisa. Estados Unidos planea construir un verdadero “muro mexicano” para impedir que la gente pobre cruce a Texas o a California. De la misma manera, cientos, si no miles, de africanos mueren cada año por intentar llegar a las costas de la fortaleza europea.
Los esfuerzos por restringir el movimiento de la gente entre países dejan al descubierto la parte más vulnerable de la globalización: la creciente brecha entre los ingresos medios de los países. En lugar de que los países pobres crezcan más rápido que los ricos (cosa que se esperaría de la Economía 101), básicamente sucede lo contrario.
Entre 1980 y 2002, el crecimiento del ingreso promedio anual per cápita en el mundo rico (definido como los “antiguos” miembros de la OCDE) fue de casi el 2%, comparado con apenas 0.1% en los 42 países menos desarrollados. De hecho, el ingreso promedio en América latina hoy está apenas por encima de su nivel de 1980.
Esta inmensa brecha favorece la migración. La gente hoy sabe mucho más sobre las condiciones en diferentes países que en el pasado, y si cruzar una frontera implica que su ingreso puede multiplicarse varias veces, intentará hacerlo.
Ésta es la razón por la cual las fronteras más contenciosas de hoy separan economías donde las brechas de ingresos entre la gente en ambos lados son las mayores. Hay cuatro lugares globales así de candentes: las fronteras entre Estados Unidos y México, España y Marruecos, Grecia (e Italia) y el sur de los Balcanes e Indonesia y Singapur (o Malasia). Las brechas de ingresos van de más de siete a uno en el último caso a 4.5 a uno en el caso de España y Marruecos, 4.3 a uno entre Estados Unidos y México y cuatro a uno entre Grecia y Albania.
Las diferencias de ingresos no siempre fueron tan grandes. En 1980 el ingreso promedio en Estados Unidos era un poco más que tres veces el de México, la brecha entre Singapur e Indonesia era de 5.3 a uno y la diferencia entre España y Marruecos, de 3.5 a uno. Incluso la brecha entre Grecia y Albania, de tres a uno, era menor que hoy. De modo que las brechas de ingresos entre todos estos países contiguos aumentaron significativamente durante los últimos 25 años.
En consecuencia, no debe sorprender que sea en estos lugares donde se produce la mayor parte de la inmigración ilegal y el tráfico de seres humanos, piratas en los estrechos de Malaca, lanchas rápidas entre Albania e Italia y cargamentos de seres humanos desesperados provenientes de África y América latina.
Si la globalización de hoy sigue acentuando las brechas de ingresos, las olas migratorias crecerán. Entonces, el mundo rico responderá, como si se tratara de un reflejo rotuliano, erigiendo barreras aún más altas para frenar la marea humana.
Si la globalización, que tanto enriqueció a los países más adinerados del mundo, ha de continuar, los gobiernos deben encontrar la manera de aumentar los ingresos de forma más equitativa. De lo contrario, el “atrincheramiento” actual del mundo rico aumentará el riesgo de una reacción violenta contra la libre circulación de mercancías y capital, así como de una inestabilidad política acentuada por el terrorismo. La redistribución global de los ingresos por parte de los países ricos no debería ser vista como una cuestión de caridad, sino de egoísmo iluminado.
Branko Milanovic es economista del Carnegie Endowment for International Peace. Copyright: Project Syndicate, 2006. www.project-syndicate.org