Opinión

El Chile de mis amores


Al abrir las páginas de Opinión en los diarios del 11 de septiembre premeditadamente hice una apuesta conmigo misma: todo viene sobre las Torres Gemelas y nada del golpe militar en Chile ocurrido hace 33 años. Recordé una escena familiar vivida muy similar a las películas alusivas a la Segunda Guerra Mundial: alrededor de un radio, todos juntos formando un anillo de silencio con las miradas sin fin y labios mordisqueados, escuchando los últimos acontecimientos, sólo que en este caso escuchábamos las últimas palabras de Salvador Allende, el “compañero presidente”, como era llamado cariñosamente por el pueblo chileno y todos aquellos que le apoyaban desde afuera. El golpe militar al gobierno de la Unidad Popular (UP) por parte de las Fuerzas Armadas (FFAA) al mando de Augusto Pinochet enlutó a una gran mayoría de gente, especialmente a los movimientos revolucionarios de América Latina.
Pese a convivir con una dictadura del mismo corte de Pinochet a esa edad, nunca imaginé la barbarie que sucedió a este hecho y se prolongó como un invierno sin fin: casa por casa, persona por persona, libro por libro… todo fue procesado por la maquinaria fascista chilena.
Se han escrito innumerables libros, artículos, ensayos, entre otros, procurando formular respuestas a este hecho: lo que se debió hacer y no hacer; como siempre, no faltan los pollitos intelectuales. Realmente no somos quiénes para juzgar el proceder de Salvador Allende en ese determinado escenario, más bien nadaba entre dos aguas: un sector de la UP lo señalaba como derechista y otro, como ultra-izquierdista. Tenía que hacer lo que hizo. Además, se debe estar claro de que el modelo ingénito chileno “con empanadas y vino tinto para llegar al socialismo”, como le gustaba decir a Allende, resultó desde antes de su nacimiento irreconciliable con los intereses del Norte.
Era leer la crónica de una muerte anunciada. No en vano previo al traspaso de poder de Eduardo Frei a Allende un grupo de paramilitares derechistas apoyados por algunos militares y la CIA intentaron abortar dicho proceso.
A diferencia del resto de los otros países latinoamericanos que se desangraban --optando por la vía armada-- para la toma del poder (Argentina, Uruguay, Colombia, Guatemala y… ¡nosotros mismos¡), el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) que representaba a la izquierda lo asumió por la vía “democrática” (36.5% del electorado); poseían, pues, los chilenos un gobierno “envidiable y ejemplar” para América Latina, con toda la legalidad y legitimidad de la que carecían y continúan careciendo la mayoría de nuestros países.
En Chile se respiraba aire libre, florecieron las producciones intelectuales y artísticas, los beneficios sociales se elevaron, los revolucionarios y “progresistas” (una forma educada de llamar a los socialdemócratas) se juntaron para vivir este proceso, la multiculturalidad latinoamericana participó del mejor laboratorio político del siglo XX, entre otras tantas cosas. Sobre todo, se respetaron las normas institucionales, muy de la cultura política chilena (por ello no era permitido eliminar las Fuerzas Armadas), pero esta cultura política, derivada de todo un proceso de “domesticación” (e inventada por una Convergencia Política), no sirvió de mucho para la consecución del proyecto político de la UP.
Las medidas de corte económico tomadas por la UP (profundización de la Reforma Agraria; nacionalización de las minerías del cobre y carbón, de los bancos, etc.) eran adversas a gran parte del poder empresarial y del capital extranjero, produciendo consecuentemente una campaña de desestabilización impulsada a lo interno por la derecha (huelgas, paros empresariales, acaparamiento-desabastecimiento alimenticio) y a lo externo, el bloqueo financiero por los Estados Unidos. Todos estos hechos conformaron la antesala del golpe militar del 11 de septiembre de 1973.
Es decir, el imaginario construido de la famosa, respetada y conocida cultura política chilena se derrumbó con el golpe de Estado como las Torres Gemelas de hace cinco años en New York. Saborearon la medicina amarga suministrada desde el poder. Se rompió la “constitucionalidad”. Significó la exclusión de todos los sectores de la lucha política y aniquilación de los movimientos revolucionarios: amordazar las bocas y atar las manos y pies del pueblo chileno para garantizar el neoliberalismo. Sin embargo, la verdadera cultura chilena tiene sus auténticas raíces en las protestas, tomas, huelgas, que quedaron en el sigilo tragadas por la tierra.
En América Latina hasta ese momento no se había registrado un fenómeno migratorio de tal magnitud como el éxodo masivo del pueblo chileno producto del golpe militar. Ellos huían de ser perseguidos, asesinados, desaparecidos, encarcelados, torturados, mutilados… todo aquello que marcó a ese pueblo durante 17 años. La única puerta de salida: el exilio.
Claro está que en esa estampida salieron moros y cristianos. Me atrevería a asegurar que en todas las latitudes del planeta había más de algún chileno o chilena. Se victimizó por doquier al pueblo chileno y con justa razón. Muchos de ellos continuaron desde afuera la lucha en sus diversas modalidades, otros se fueron acomodando en buenos puestos en diversos organismos y entidades y muchos quedaron atrapados en el gran túnel sin salida en que se convirtió Chile durante los años de la dictadura pinochetista, una de las más crueles y sangrientas en la historia latinoamericana.
Muchos cantaron su amor a la patria desde las cárceles, desde el exilio, desde la clandestinidad, desde el cielo… con un fusil o con su voz. Mientras todos esos maravillosos organismos internacionales creados para la paz y defensa de los derechos humanos quedaron en proclamas, denuncias y todos esos inventos fabricados que alimentan a los sistemas y las ilusiones de las personas. La carnicería culminó en 1989, con el proceso de “transición hacia la democracia” (y les informo que aún hay presos políticos en Chile).
En esta ocasión no se le llamó “Convergencia”, sino “Concertación”. Esta alianza representada por los partidos Socialista, Democracia Cristiana, Por la democracia, los radicales y los socialdemócratas, es quien toma la riendas de Chile desde finales de la década de los ochenta hasta nuestros días… llevando al poder a Patricio Aylwin (1990-1994), luego al demócrata-cristiano Eduardo Frei (1994-2000), después al socialista Ricardo Lagos (2000-2006) y actualmente a Michelle Bachelet, de la misma denominación partidaria de su antecesor; todos zorros de un mismo piñal.
Pero bueno, ¿qué ha pasado en estos 16 años de democracia? En principio, todos esos gobiernos --incluyendo al actual-- han legitimado las políticas neoliberales heredadas de la dictadura pinochetista. Chile tiene un modelo económico neoliberal exitoso y, además, es una de las economías más saludables del mundo (el único modelito que les funcionó en América Latina al BM y FMI): el PNB creció a un promedio de 6% anual en los noventa.
Pese a lo anterior, esta prosperidad económica ha marcado profundas brechas en la distribución del ingreso y, por ende, en la sociedad. De acuerdo con un informe de Naciones Unidas, Chile es uno de los países con peor distribución del ingreso del mundo: el 20% más rico se lleva el 62.2% de los ingresos del país; el 20% más pobre, el 3.3%.; el 10% más rico posee el 47% de los ingresos, frente al 1.2% de los ingresos para el 10% más pobre. El 20% más rico gana 18.7 veces más ingreso que el 20% más pobre, lo que sitúa al país al nivel de Paraguay, Honduras, Zambia y otros países africanos. Diversos sectores políticos, económicos y sociales (entre ellos la Conferencia Episcopal) se han pronunciado por la revisión y corrección del modelo, ante la inequidad y desigualdad existentes.
Un dato interesante es que la empresa privada, tanto nacional como extranjera, posee en sus manos el poder de decisión (privatización de servicios, como el agua potable y la construcción de carreteras; la banca, las minas) que es apoyado totalmente por la Concertación.
Políticamente existe control, represión e invalidación hacia sectores organizados o no que se resisten a ser “domesticados” por el poder mediante instrumentos jurídicos-legales y preventivos como la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI), que no es más que la antigua DINA en cuerpo y alma. El “continuismo ideológico” de la dictadura por parte de esta Alianza (Concertación) se expresa en que Chile es el país con la mayor cantidad de presos en relación con su población (más que Brasil, Colombia o Argentina) y en que los miembros de las Fuerzas Armadas --especialmente altos mandos-- han sido integrados con plenos derechos al trabajo de seguridad interna e inteligencia durante los últimos 15 años. Ya no se hable de los proyectos de Ley de Impunidad que brindan tratamiento preferencial en los interrogatorios a Pinochet, torturadores libres, reclamos a la celeridad de la justicia para aplicar la amnistía… Todo ello promulgado durante el período de Lagos. ¿Querés más masa lorita?, a como decimos en buen nica.
Actualmente varios sectores “exógenos al poder” han descalificado el nombramiento de algunos ministros del gabinete de la presidenta Bachelet, que contradicen su discurso político. Por ejemplo, el nuevo responsable de la cartera de Hacienda es una persona vinculada fuertemente a la ideología neoliberal. Dudosamente podrá solucionar las diferencias en relación con la distribución de ingresos, asunto que prometió resolver Bachelet. Finalmente, echemos un vistazo a los recientes hechos: manifestaciones de los estudiantes, huelga de camioneros, etc. Se está en lo mismo, sólo que con el sello de la democracia.
Con todo aquello que no se dice, la UP resultó ser un modelo político novedoso, inclusive frente al modelo de la Concertación. Una vez más somos testigos de cómo la historia política suele ser elocuente, circular y darwiniana.
El actual escenario político promete la continuidad y fortalecimiento del neoliberalismo y algunas estrategias pinochetistas, la aniquilación de cualquier voz, la negación de cualquier organización que huela a “revolucionario”, consolidar la pérdida de pedazos de Chile a manos de las transnacionales y el capital extranjero, aniquilar los amores que aún se esconden en las silenciosas callampas… ¿Seguiremos con un Chile sin estrella, un Chile solitario?