Opinión

“Peregrinaje” a San Jacinto


Y el de Managua escribió así su crónica para nuestros lectores: “Hoy catorce de septiembre, José Antonio Sanjinés, Caresol, Sherlock, Watson, el de Masatepe y yo, decidimos ir muy de mañana a San Jacinto para recrear en nuestra memoria La Guerra Nacional. Igual al día de aquella heroica batalla ocurrida hace ciento cincuenta años, también había una espesa neblina como la que, para desgracia de ellos, permitió a los filibusteros acercarse hasta pocos metros de las defensas nicaragüenses. Pera esta vez, al despejarse, llegamos a pensar que se habían robado la original Hacienda San Jacinto, pues la que apareció ante nuestros ojos, era otra”.
“Una gran asta, decorada en espiral con papel amarillo y blanco, se elevaba beatíficamente hacia el cielo, ostentando en su extremo una bandera color chicha que ondeaba como movida por vientos celestiales. En los corredores laterales de la casa hacienda, se habían empotrado murales que decían Sí a la vida y al amor, con la efigie de un cardenal reprendiendo con su dedo a una famélica niña embarazada. Otro mural ponía: NO al aborto terapéutico y NO al lesbianismo y NO al matrimonio entre homosexuales: Muera Europa. Este mural estaba ilustrado con la reproducción gráfica de revólveres de la época de la Guerra Nacional. No sé por qué razón, en otro mural aparecían Clemente Guido Martínez, con uniforme de demócrata, y Julio Valle-Castillo, con uniforme de legitimista, apuntándose, quizás simulando un duelo, con revólveres como los descritos anteriormente”.
“En el corredor trasero, envejecidos, sucios y cansados, estaban en una gastada mecedora el General José Dolores Estrada, y rodeándolo, sentados en el suelo, los oficiales Ignacio Jarquín, Liberato Cisne, José Ciero, Alejandro Eva, Miguel Vélez, Adán Solís, Francisco Sacasa, Salvador Bolaños, Venancio Saragoza, Juan Fonseca, Bartolo Sandoval, Carlos Alegría, el sargento Francisco Gómez y el cabo Justo Rocha, entre otros que pude reconocer. Se me acercó mi pariente y amigo el cabo Justo Rocha, a quien le pregunté por qué estaban tan abandonados y me respondió que no olvidara que su jefe, el General José Dolores Estrada Vado, después de aquella memorable batalla en la que con tan sólo 120 soldados nicaragüenses derrotó a más de 300 mercenarios estadounidenses bien armados, se opuso a las pretensiones reeleccionistas de su jefe y amigo Tomás Martínez, quien en represalia lo despojó de sus insignias y lo envió al exilio y a la pobreza. Oponerse a las pretensiones reeleccionistas de los hombres cegados por el poder, es un grave pecado que, como en nuestro caso, nunca se acaba de pagar, y mucho menos cuando esa oposición se hace por principios, sentenció antes de marcharse a sentarse nuevamente alrededor de su general, y desde ahí me señaló al héroe de la quema del mesón de Rivas, el maestro Enmanuel Mongalo y Rubio, a quien en el corral habían puesto a dar pasto a los caballos de los filibusteros”.
“A propósito de filibusteros, éstos estaban, muy bien agasajados, en el corredor frontal y principal, en una extensa mesa llena de viandas y exquisitos licores, bajo una gran pancarta que decía: RECONCILIACIÓN. Ahí estaba el caudillo anfitrión, como un Jesús con sus discípulos. Los discípulos que pude identificar eran William Walker, Byron Cole, el mayor Mulligan, el capitán Watkins, el coronel McDonald, el capitán Jarvis, el mayor O’Neal, el teniente Robert Milligan y el mayor Marshall. Todos, ya reconciliados, brindaban por la unidad y el futuro. De fondo, en un altar, había una señora llena de pulseras y sortijas, que no parecía de este mundo, y quien transfigurada, como escarmiento para los violentos, le daba con una regla a Andrés Castro en la mano con que había tirado la piedra que mató al filibustero, mientras le repetía autoritaria y maternal: Eso ya no se hace. Terminado el castigo, Andrés Castro se fue, todo contrito, a ayudarle a Enmanuel Mongalo en su denigrante labor”.
“Juro ante la Historia Patria que ni mis acompañantes ni yo estábamos claros si todo aquello que estábamos viendo era o no una alucinación, o una premonición. Nos metimos al interior de la casona y ahí habían desaparecido los y las guías de antaño. En su lugar un enjambre de trabajadores hacía, afanosamente, preparativos. Le preguntamos a una joven con cara de Rafaela Herrera, y nos respondió que todo aquello era porque el día de mañana, 15 de septiembre, los próceres de la Independencia también se iban a reconciliar con el Caudillo. En la mesa de honor, muy bien señalados, ya estaban reservados los lugares para Gabino Gaínza, Mariano Beltranena, José Matías Delgado, Tomás Ruiz, José Cecilio del Valle y Miguel Larreynaga. Una pancarta color chicha, adornada de chimbombas del mismo color, anunciaba la trascendencia de aquel acto: REINAUGURACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DE CENTROAMÉRICA”.