Opinión

La descalificación como programa, y el insulto como argumento


La descalificación no puede ser nuestro programa ni el insulto nuestro argumento, pero lamentablemente suele ser la tónica de la actual agenda electoral -–aunque menos pronunciada que en campañas anteriores.
La historia política de Nicaragua ha sido muy polarizada, como polarizada es la sociedad, la economía y por ende la cultura de nuestro entorno. Ello es debido en gran parte a la falta de un proyecto nacional, pues todavía no existe un verdadero consenso sobre el quehacer de nuestra sociedad. El tan sonado capitalismo nacional nació colonizado y por tanto incapaz de establecerse en Nicaragua.
Esta realidad histórica marca las posiciones políticas, más inclinadas a los debates personales que a una discusión de fondo sobre el desarrollo o sobre el bienestar social. Quizá por ello es que en tiempos de campaña electoral estas debilidades y fortalezas aparezcan más marcadas que habitualmente. Debilidades y fortalezas de los candidatos, de los partidos y de los programas, lo que en parte refleja la idiosincrasia social, expresándose igualmente en muchos militantes o simpatizantes.
Es así que los discursos y las actitudes están plagados de descalificaciones e insultos. Incluso la crítica de los intelectuales se inclina más a mostrar la misma opinión --con un mejor estilo-- acerca de las simpatías o antipatías de los candidatos, sin ahondar suficiente en su viabilidad o pertinencia. Y si alguna vez se señala el contenido de un discurso o programa es para descalificarlo o alabarlo dependiendo el lugar que ocupamos en la casilla de nuestra preferencia.
Si alguien propone alfabetizar, inmediatamente se dice que no hay suficiente neutralidad política en ese proyecto, lo que es cierto, pero de paso se rechaza la tarea que ciertamente es necesaria. Si alguien quiere mostrar lo que pasó durante la Cruzada de Alfabetización de los años 80, como es el caso del Tren Cultural ofrecido por el Instituto Histórico, inmediatamente se descalifica porque refleja una historia donde el protagonista no fue precisamente el partido de nuestra simpatía. Y lo mismo pasa con cualquier otro proyecto.
Esta actitud es más frecuente con respecto a los logros del sandinismo que frente a los de otros partidos políticos. Al interior del sandinismo, por ejemplo, se han aceptado las efemérides de la historia libero-conservadora o el apoyo decidido a cualquier gestión de crédito o de condonación emprendida por los gobiernos neoliberales anteriores. En el caso de otras posiciones políticas pasa todo lo contrario, por ejemplo, se acepta como una actitud demócrata haber quemado los archivos de la alfabetización de los años 80.
Claro está que no se trata de aceptar acríticamente cualquier planteamiento, tampoco se trata de callar ante lo que se considere un disparate. Yo me refiero a aquellas críticas, comentarios o posiciones cuyo mensaje se centra en la cara bonita o fea del candidato, independientemente de la propuesta.
Veamos si podemos ilustrarlo con un ejercicio diferente. La propuesta del candidato del MRS sobre los megasalarios de los funcionarios no tiene nada que ver con el pasado o salario de su candidato en el BID. La propuesta de la ALN-PC sobre el cambio de bujías para economizar electricidad no tiene nada que ver con el problema de los Cenis. La propuesta del candidato del PLC sobre la construcción de la carretera a Jinotega no tiene nada que ver con que dicho candidato no la haya hecho en 16 años. La propuesta del candidato de Alternativa por el Cambio para utilizar los recursos naturales en presas hidroeléctricas no tiene nada que ver con el hecho de que dichos candidatos no sean especialistas en energía alternativa o complementaria. La propuesta del candidato del Frente Sandinista de entregar un bono campesino para capitalizar la producción alimentaria no tiene nada que ver con el hecho de que los líderes de dicho partido no sean campesinos.
Decir o argumentar lo contrario es negar o rechazar no solamente al candidato, sino también negar y rechazar la propuesta, hundiéndonos en un pesimismo absoluto, pues nada se podrá hacer por el simple hecho de que quienes lo proponen no gozan de nuestra simpatía. Creo que no habría que confundir la descalificación al candidato o al partido con la descalificación de la propuesta de dicho candidato o partido.
Quizás un buen ejercicio podría ser que una opinión pluralista apareciera proponiendo un paquete propositivo que incluya aquellas propuestas que gocen de mayor verosimilitud, independientemente de quien la proponga, aunque queden muchas que no sean aceptadas por el motivo que sea. Claro que una posición como esa necesitaría que todos y todas nos aceptemos mutuamente, en parte porque todos y todas pertenecemos o deberíamos pertenecer a un proyecto nacional, en parte porque en medio de nuestras diferencias --que tantas veces celebramos-- algo en común tiene que haber en nuestras vidas, necesidades, deseos o posiciones políticas. Si por algo o con alguien nos peleamos o distanciamos, deberíamos hacer el ejercicio de reconciliarnos, aunque esta pobre palabra o actitud esté siendo satanizada por el simple hecho de que esté siendo propuesta por una alianza con la cual no simpatizamos.
En todo caso la descalificación, por muy objetiva que aparezca, tiene como límite la exclusión del otro candidato o partido. Yo puedo no ser muy devoto de ningún partido, pero si me meto a la disputa de la hegemonía por la vía electoral tengo que reconocerlos a todos, de lo contrario todo lo que decimos de la democracia es pura farsa.
El insulto es mucho más contraproducente que la descalificación dentro de la cultura cívica que decimos abrigar. En este sentido, podemos perfectamente disentir, incluso de todo, sin pretender que eso nos conceda el derecho de insultar con epítetos o apodos que lo único que hacen es mostrar la pobreza de nuestros argumentos o la intolerancia de nuestras actitudes.
En estas apreciaciones nadie está exento de debilidades, tampoco el que escribe estas notas, pero como he dicho en otros artículos, lo que debemos tomar en cuenta son las posiciones, independientemente del grado de consecuencia que tengamos sobre las mismas. Claro está que lo que más legitima una posición es el ejemplo, pero aunque no aparezca el ejemplo en todas partes o en todas las personas, siempre será preferible mantener el compromiso de no descalificar o insultar al adversario político, que acompañar los exabruptos con un discurso que alimente nuestras debilidades. Siempre será mejor equivocarnos confiando en la gente, que dejar de confiar en ella.