Opinión

La campaña de la derecha


La campaña sucia de la derecha política es tan endeble que lo único que tiene que hacer el sandinismo es informar, informar y volver a informar sobre las consecuencias sociales y económicas de las políticas neoliberales de los últimos 16 años. Pero debe hacerse de verdad, porque hasta ahora Daniel Ortega es casi el único que anda solo por el país pregonando la verdadera situación del país; falta la presencia pública en los medios electrónicos y en las plazas públicas de diputados, alcaldes, de dirigentes partidarios, de intelectuales y forjadores de opinión pública, de líderes sociales, de comunicadores, de activistas sindicales, de militantes de los movimientos sociales. En fin, de todos los que dicen pertenecer al sandinismo amplio y que hoy tienen la posibilidad de convertirse en la fuerza política dominante de Nicaragua mediante el triunfo electoral de Daniel Ortega.
Es cierto que no se trata de cambiar la estrategia. ¿Qué podría cambiar? No se puede competir en spots televisivos pagados con el dinero de los hombres de capital que están detrás de Montealegre. Tampoco podría moderarse el discurso a tal grado que resulte insustancial, incoloro e insípido, perdiéndose el anclaje construido en las clases sociales excluidas. En realidad lo que debe hacerse es informar a la sociedad, pero eso sí exige un esfuerzo adicional, diferente. Y para ello la campaña tiene que convertirse en un movimiento de explicación y/o formación que desate un caudal tal de energía social que esté en actitud de ganarle a los poderes político, financiero y mediático que están hoy en santa alianza con el candidato de los norteamericanos.
La derecha nicaragüense, en el sentido social más fidedigno de la palabra, es decir, las altas jerarquías del poder y del dinero, está utilizando todas las vías posibles para enviar su mensaje. Cuentan con cienes de spots publicitarios del gobierno, con otros cienes de spots de los partidos de la derecha, tienen a los sectores financiados por la Embajada norteamericana patrocinando folletos en contra del sandinismo. Cuentan con centros de llamadas telefónicas. Tienen además el aparato del gobierno.
Hay que explicar: que son los norteamericanos los que financian abiertamente a todas las organizaciones de la derecha política. Que los gobiernos neoliberales son los que han utilizado la represión para resolver conflictos sociales (médicos, estudiantes, educadores, etcétera). Que con un nuevo gobierno neoliberal (sea Montealegre, Rizo o Jarquín) miles de nicaragüenses corren el peligro de perder su empleo y otros cientos de miles corren el peligro de salir al exilio económico. Que con un nuevo gobierno neoliberal los casos de corrupción no serán castigados (los Cenis, por ejemplo), no hay un solo caso de corrupción a escala nacional que haya sido sancionado durante los gobiernos neoliberales.
Hay que explicarlo contundentemente por todos los medios, porque hasta el momento no ha llegado esa información a todos los rincones del país. No hay argumento sólido contra la opción de cambio. Pero las mentiras no se van a caer por sí solas ni la gente se dará cuenta de la verdad espontáneamente. Hace falta comunicar más. Hace falta que todos se muevan para capacitar a los militantes de base del sandinismo. Por eso reitero e invito: por todas las vías, a informar, a informar e informar lo que ha pasado en los últimos 16 años y que para cambiar las cosas tenemos que aprovechar las elecciones de noviembre de 2006.
La derecha y la extrema derecha están muy desesperadas, hasta el momento no les funciona el voto del miedo y ya no saben ni qué hacer. Han venido metiendo miedo a la gente: que se va a endeudar al país con la propuesta de crecimiento, empleo y bienestar. Nada de eso, no se va a actuar de manera irresponsable, no se va a provocar ninguna crisis, nadie debe preocuparse, se va a actuar con responsabilidad y sensatez.
El encono social, la guerra sucia que ha utilizado la derecha para ganar adeptos, se basa en una estrategia que, asesorados por la derecha española y los publicistas estadounidenses, se despliega desde la propia Presidencia de la República, utilizando el aparato estatal para tratar de posicionar a un candidato presidencial gris.
El objetivo es posicionar a sus candidatos para perpetuarse en el poder y así mantener canonjías, negocios y lograr impunidad. La estrategia desplegada ha sido la guerra sucia basada en la difamación y la calumnia, con las que sólo acusan, pero no prueban.
El presidente Bolaños utiliza recursos del Gobierno en favor del candidato oficial. Una buena cantidad de dinero para sustentar una campaña contra el “populismo”, el uso clientelar del padrón de pobres de los programas gubernamentales. Se ha montado una campaña de calumnias para despertar fobias en contra de un supuesto candidato mesiánico o autoritario. El Cosep apoya estas campañas.
Nicaragua ha iniciado el nuevo milenio y 25 años de democracia representativa como una nación partida, porque su sociedad está dividida. Ortega no inventó ni fomenta esa polaridad, sino que dio cuenta de ella y la convirtió en advertencia para todos, en especial para quienes han mandado en el país en el ejercicio del poder político y el reparto de la riqueza y el ingreso.
Alertar e insistir en una herida como ésta es siempre impertinente, más aún cuando los grupos de la sociedad satisfecha, para recordar al memorable Galbraith, se las empezaban a arreglar para iniciar una nueva celebración de la estabilidad financiera y un ilusorio despertar al consumo de las capas medias. Y fue entonces que el irredento e inoportuno candidato del sandinismo metió su cuchara y sostuvo: no hay por qué celebrar; lo que hay que hacer es asumir la realidad cuarteada que define a Nicaragua y emprender una marcha larga, sin prisa, pero sin pausa, que vaya dejando atrás tanta pobreza y se atreva a encarar el núcleo duro del cáncer social de la Nicaragua moderna que es su impresentable desigualdad.
Nada más ha dicho Ortega, pero nada menos, y fue eso lo que lo convirtió en personaje indeseable, peligroso e inadmisible para los corredores del poder económico, infestados por el privilegio y copados por una corrupción que el gobierno Bolaños no pudo o no quiso enfrentar como debía. Más bien, muchos de sus hombres y mujeres se regodearon en ella de modo inaudito, indescriptible y desde luego repudiable.
En noviembre, los electores deberán decidir entre un candidato que propone dar un giro en la forma y el fondo de gobernar, y unos candidatos neoliberales que ofrecen continuidad en lo esencial y sin cambios reales.