Opinión

¡Ave César y cesareo!


Nuevo para la Iglesia, pero tan antiguo como los macedonios, es la libre sexualidad. La historia nos indica cómo los imperios romanos y culturas tan antiquísimas como la griega, fueron sociedades en donde la práctica sexual no distinguía personas ni sus sexos. Sin embargo, fue cuando surge el cristianismo y su doble moral que se tipifica dicha actividad, y de ahí nacen los prejuicios contra las personas que practicaron el sexo libre, muchas veces con resultados fatales.
La naturaleza de la homosexualidad
El haber convertido los temas sexuales en tabú ha contribuido a que en la actualidad se haya desviado la naturaleza del sexo libre, hasta tal punto que ahora experimentemos una deformación del mundo homosexual. Se habla de la igualdad sexual entre los heterosexuales y homosexuales, cuando dentro de este último se estereotipifican categorías: el gay pasivo tiende a ser afeminado y el activo es que solamente interviene en una sola forma con otro hombre, como es el caso de una cantidad de “dizque machos” que no se incluyen como personas de esta tendencia, aunque hayan tenido sexo alguna vez con otro de su mismo sexo.
Todas estas distinciones sexuales existen gracias a nuestra Iglesia y su moralismo balurde, porque al fin y al cabo la Biblia siempre ha prohibido lo que la Iglesia ha querido prohibir, como los elementos brindados por El código Da Vinci (que son hechos también históricos) y el Evangelio de Judas. Es decir, al final es la transcripción de los libros santos reproducidos a conveniencia de cada denominación religiosa. La condenación de los no heterosexuales ha puesto en escena una cantidad de tendencias que están fuera de su originalidad porque de alguna manera se ha querido llamar la atención y erradicar de una vez por todas el ego que surge en las personas intolerantes, machistas y eclesiásticas con sus actividades sexuales “apropiadas”.
Lo que no es el homosexual
Toda persona debe sentirse orgullosa de su condición lésbico-homosexual, porque nadie tiene por qué prejuiciarse y creer que es un pecador, impío o indeseable. Cualquier persona gay puede estar totalmente orgullosa de su opción sexual porque no necesariamente esto implica que entraremos en algo ya definido. Nada está definido, porque todos somos distintos.
Ser gay no es estar en un chinamo cada vez que hay una fiesta patronal en las plazas de los pueblos, travestidos y dando sexo a los pirucas como cualquier prostituta impostora del género femenino; no implica tampoco estar en un mercado y agarrarse de los pelos con una mujer por un hombre que ni él sabe qué quiere con su sexo; no es aquel que alimenta su ego porque ha tenido sexo con el más “chilano” de la universidad, con los chavalos más guapos y populares; no es aquel que gana un certamen donde lo que gana no es el gay más guapo e inteligente, sino el que mejor se disfraza de algo que no va a ser nunca, que invade su espacio; lo que sí es, es que se acepta como hombre o mujer que le gusta los de su mismo sexo.
Para que la sociedad en su conjunto comprenda que todos somos iguales ante la ley, debemos empezar por aceptarnos como hombres y mujeres, no como personas que por falta de personalidad nos ponemos la falda de la mamá o el calzoncillo del hermano, mostrar que somos personas que sentimos amor, cariño, o que nos sentimos faltos de éstos, que sufrimos las inclemencias de otros, y muchos de ellos debajo de sus sotanas y corbatas esconden su verdadera opción sexual, siendo los vanguardistas de la doble moral que mata el alma de muchos y causa el desenfreno de otros.