Opinión

La festividad de los mitos


Los nicaragüenses vivimos durante todo el año rindiéndoles culto a los mitos. En pueblos y ciudades se derrochan recursos y tiempo de forma continua, y a veces simultánea, en sus respectivas “fiestas patronales”, celebrando el “milagro” de la “aparición” de santos que nunca se habían perdido. Los 14 y 15 de septiembre de cada año se celebra, con desfiles de lujo y de rítmicas comparsas, la conquista de una libertad nunca bien disfrutada y una independencia nunca plenamente observada y, por ello, una aspiración pendiente. Así se distrae a la pobreza y se acrecientan los mitos.
Estamos en septiembre, “Mes de la Patria”. La fantasía rítmica de los desfiles deslumbra más a los escolares que la verdad sobre la historia, pues los de primaria apenas saben de Andrés Castro y su piedra, y que José Dolores Estrada nació en Nandaime. A lo más, en secundaria les enseñan a idealizar batallas y héroes de un pueblo levantado en armas, protagonizando su propia lucha de liberación, y no les profundizan en que la independencia fue un suceso llegado al istmo como consecuencia de otras luchas y de la decadencia de un imperio español que se había agotado, agotando a nuestros pueblos con su explotación.
No les dicen casi nada acerca de que la inconformidad de los criollos nació de su deseo de disponer de los beneficios del saqueo de hombres y tierras de forma independiente. Para que el mito no muera, poco les recuerdan que los criollos centroamericanos se entusiasmaron más con el Plan de Iguala de México que con su propia acción por la independencia plena, y convocaron en Guatemala a los notables para decidir sobre una independencia en cuya acta de proclamación se ocultó la palabra libertad, y su redactor, José Cecilio del Valle, no se identificaba con la independencia inmediata.
Mucho menos les hablan de que, ya independientes, los criollos desplegaron sus insanas ambiciones, y empezaron a despedazarse entre sí, por el poder político de una atrasada provincia colonial y no de una república en un Estado que sólo existía en la mente de los caudillos y no en la realidad del país. No les dicen que no fue por sus ideas “republicanas”, sino por su latrocinio que lanzaban al pueblo a matarse, lo cual los hizo caer en la gran anarquía.
Les ocultan que esos “héroes” de la oligarquía nunca lo fueron, ya que fueron unos ambiciosos, arbitrarios, mandones rústicos que, sabiéndose herederos del poder español, continuaron con su misma vesania explotando a los indígenas en casas y haciendas, y utilizándolos como carne de cañón en sus guerras, por eso no fue casual que se encontraran en guerra cuando los “democráticos” contrataron los servicios de William Walker; tampoco fue accidental la aceptación del filibustero, sino porque el imperio gringo se encontraba en plena expansión (ya había robado entonces a México los Estados de Arizona, Colorado y Nuevo México), y Walker, racista y esclavista, utilizó esta traición para proclamarse “presidente”, asesinar a todo el que se le opuso y tratar de anexar Nicaragua a su país.
Apenas les insinúan que fue por el peligro en que cayeron a causa de su ambición, y no por su patriotismo, que “democráticos” y “legitimistas” se unieron contra Walker, quien estaba acabando con la independencia que de manera formal y sin pelearla con las armas habían conseguido el 15 de septiembre de 1821. Con esta alianza, más la colaboración no desinteresada del ejército costarricense y de otros militares centroamericanos, se deshicieron de los filibusteros, después de algunas batallas como la del 14 de septiembre de 1856, en San Jacinto, y la de Rivas. Asustados, pero aprovechando el sacrificio del pueblo, los oligarcas se repartieron el poder sin dejar de seguir ensañándose contra el pueblo, sacándole más sangre.
Cuando les hablan de la etapa histórica posterior a la “Guerra Nacional” se refieren a los treinta años siguientes como un período de paz “democrática”, lo que es falso, pues según la Constitución de 1858, vigente durante ese tiempo, quien no disponía de cien pesos no votaba, quien quería ser candidato a la presidencia debía poseer no menos de cuatro mil pesos y dos mil quien aspiraba a senador (en 1871 votaron 654 de los 250 mil habitantes); además, el Estado compartía tareas estatales con la reaccionaria Iglesia Católica --educación, matrimonio, control de los cementerios--, y con La Matrícula obligaban a los campesinos a permanecer en sus haciendas.
Pero les hablan con normalidad y sin sonrojarse de que el régimen de los “legitimistas” o conservadores (1863-1893) fue una democracia ideal, cuando, en verdad, chocaba con todo progreso democrático; fue por eso que los liberales pugnaban por alcanzar el poder en medio de las contradicciones de la estructura de un Estado confesional; se levantaron en armas, y en 1893 derrotaron al último gobierno conservador del Siglo XIX. José Santos Zelaya, un mediano productor cafetalero de Managua, se convirtió en la imagen viviente del demonio para las fuerzas conservadoras, porque separó al Estado de la Iglesia, secularizó los cementerios, estableció la preeminencia del matrimonio civil y el laicismo en la educación pública, entre otras reformas.
No les enseñan a ver esta revolución del 93, como un movimiento que cumplió tareas elementales para aquella hora del mundo, pero muy importante para nuestro atrasado país, y que por eso se ganó el odio también del imperialismo, ya en pleno desarrollo. Apoyando a las fuerzas conservadoras, y mientras libraba la guerra contra España para quedarse con Cuba, Puerto Rico, Las Filipinas y Guam, el gobierno gringo conspiraba en Nicaragua contra Zelaya, y en 1909 el Secretario de Estado, Philander Knox, le obligó a renunciar a través de una Nota diplomática, muy imperial. Para entonces, ya había armado a los conservadores para derrocar a Zelaya, y posteriormente, intervino al país militarmente para imponer la “paz”, que era imponer gobiernos.
Les ocultan que desde 1847 se abrió el proceso de la intervención gringa y que aún no concluye; antes de la revoluciòn del 79 era tabú hablar de que a principios del siglo XX las tropas gringas se quedaron hollando la patria durante veintiún años; que los conservadores se turnaban en el gobierno apoyados en las bayonetas del ejército invasor, contra lo cual surgió un Benjamín Zeledón, expresión política de la intelectualidad patriótica; que los liberales traicionaron al país, sustituyendo a los conservadores en su entrega de Nicaragua a los gringos, y que contra eso surgió un Augusto C. Sandino, expresión del obrero-campesino nicaragüense, el héroe popular latinoamericano más destacado y conocido de la primera mitad del Siglo XX.
Ahora les ocultan que en esta lucha electoral se abandonan las tareas de la consolidación definitiva de la libertad y la independencia. Tampoco les hacen notar que durante las “fiestas patrias”, los huecos discursos oficiales sobre el filibusterismo, la libertad y la independencia los dicen quienes toleran la injerencia del embajador Trivelli en nuestra política interna. En fin, hasta les da miedo que los escolares se enteren de que Trivelli es la continuidad por otros medios de la primera misión diplomática de Squier: sujetar a Nicaragua bajo la influencia de los Estados Unidos.