Opinión

De buenas razones y verdades


A partir del día de hoy, la columna “De sin sentidos y falacias” compartirá espacio con otra titulada “De buenas razones y verdades”. El propósito de la nueva columna es mostrar --cuando sea posible-- el lado positivo del discurso político nicaragüense. La intención detrás de ese propósito es el mismo que anima a “De sin sentidos y falacias”: contribuir al desarrollo de una actitud crítica frente a las palabras que utilizamos para describir, explicar y justificar nuestras actuaciones públicas, sobre todo, aquellas que tienen un impacto importante en la organización y distribución del poder en Nicaragua.
Ni “De sin sentidos y falacias” ni “De buenas razones y verdades” pretenden ser espacios de análisis objetivo, si por “objetivo” se entiende anular los valores con los que uno vive y escribe. Esa “objetividad” no existe y tampoco me interesa.
Lo que he intentado hacer en “De sin sentidos y falacias”; y lo que intentaré hacer en “De buenas razones y verdades”, es escribir con responsabilidad. Eso significa dos cosas: Primero, ser, o por lo menos tratar de ser, consistente en la articulación de la verdad que yo pienso que debe promoverse en Nicaragua; y segundo, revelar y explicar, en la medida de mis posibilidades, el significado de esa verdad para que pueda ser criticada por las personas que me leen.
Yo no espero que mi verdad sea aceptada por los lectores y lectoras de este diario. Además, como lo señalé hace unos meses, no existe una sola verdad para Nicaragua, porque existen muchas Nicaraguas. La Nicaragua de Byron Jerez es una; la de los que viven en La Chureca es otra. La de Eduardo Montealegre no suda ni se arruga; en tanto que la de los campesinos de la zona del Río Coco suda sangre. Humberto Ortega envejece hoy en “el palco” al que se redujo su visión y su verdad para Nicaragua. Los lisiados de la guerra que él alimentó apenas viven.
La Nicaragua de Obando y Bravo es el pedestal que sostiene su vanidad. La Nicaragua de los afectados del Nemagón, por otro lado, es una lápida en la que se lee: “Vivimos y morimos abandonados en un país que no para de rezar”.
Si reconocemos la fragmentación social y existencial en la que vivimos los nicaragüenses, tendríamos que aceptar que necesitamos construir un contrato social que nos incluya a todos y a todas. No hablo de un contrato social sustentado en la mentirosa consigna del amor y la reconciliación que se ha puesto de moda en Nicaragua. Hablo de un contrato social que reconozca con justicia los derechos y las obligaciones de los diferentes sectores de nuestra sociedad.
Ese contrato social debe incluir a los ricos, pero debe privilegiar la suerte de las masas empobrecidas. O no hablemos de democracia. O no volvamos a mencionar el nombre de Jesús.
El contrato social que Nicaragua necesita debe incluir hasta a los corruptos, porque los corruptos también tienen derechos. Pero debe incluirlos dentro del marco que establece la ley. Un contrato social justo, entonces, tendría que reconocer los derechos de alguien como Arnoldo Alemán; pero también tendría que asegurar que alguien como Arnoldo Alemán goce de sus derechos en la cárcel.
“De buenas razones y verdades” aportará, desde la perspectiva particular de su autor, un granito de arena para la construcción de un consenso social justo en Nicaragua. Reconocerá y celebrará, repito, lo positivo que aparezca en el discurso político nicaragüense, a partir de la convicción de que la construcción de un consenso social en Nicaragua requiere de la articulación de lo que Octavio Paz llama un “contrato verbal”: una visión y una ética socialmente compartida que se expresan con la palabra.
La revitalización de la palabra en nuestro país es indispensable para iniciar el diálogo que deberá llevarnos a definir lo que nos separa y lo que nos puede unir para alcanzar un destino nacional compartido. Esa revitalización implica impulsar un proceso paralelo de destrucción y de creación de sentidos y significados. Implica desnudar las falacias que utilizamos para hablar; pero también implica celebrar las expresiones discursivas que nos ayudan a construir una verdad para todos y para todas.
Las buenas razones de una compleja verdad
¿Contribuye el discurso nicaragüense a la construcción de un contrato social y de un contrato verbal que nos ayuden a construir un destino compartido? No tanto como quisiéramos. Pero la verdad y la razón sobreviven en nuestro país. La mentira no termina de tragarnos, porque hay mujeres y hombres que dicen la verdad, o que por lo menos intentan ser veraces y articular con seriedad lo que piensan y lo que quieren para Nicaragua.
Un hermoso ejemplo del uso responsable de la palabra es el artículo sobre el aborto que bajo el título “Ese duelo” publicó la latinoamericana Sandra Russo en END del 20/08/06. Sandra articula sus razones y ofrece su verdad para explicar que en la vida hay problemas que no se pueden resolver y que solamente se pueden manejar. El aborto es uno de esos problemas.
Leer a Sandra Russo es confirmar que el aborto es un problema que no admite simplificaciones y que no puede ser discutido a partir de posiciones dogmáticas o ligeras. Es un problema que demanda entender “la vida”, no como una consigna, sino como un complejo contradictorio plagado de tensiones que solamente podemos entender si nos despojamos de cualquier forma de pensamiento que sobre-simplifique la experiencia de una mujer que se ve obligada a abortar, porque ha llegado a la conclusión de que no puede ser madre.
Leamos a Sandra y tratemos de sentir lo que sus palabras expresan: “Déjenme decirles a los que creen que de este tema todavía tampoco se puede hablar, que una mujer, si llega a la instancia del aborto, llega acorralada y descentrada. Y llega sola. El momento que va desde saber que se está embarazada al momento en el que una abre las piernas en un lugar sórdido y rodeada por desconocidos es un trance emocional de los más duros, difícil de describir, un trance por el que pasan tantas mujeres y sobre el que, sin embargo, no hay una sola línea escrita.”
¿Reconoce usted en estas palabras la voz de alguien que “reclama frenéticamente la sangre de inocentes no nacidos”? Con esas palabras interpreta el médico Rafael Cabrera las demandas de las mujeres que defienden la legalidad y la legitimidad del aborto terapéutico en Nicaragua.
Sigue diciendo Sandra: “No es necesario que un grupo de fanáticos nos diga que eso que late ahí está vivo. Ése es el desgarro, ésa es la pesadilla. Eso es lo que muchas mujeres que abortan sienten y no pueden hablar con nadie. Eso que late ahí está vivo y es en potencia lo que cada una de esas mujeres alucina en noches de insomnio. No es necesario el recordatorio de los pro-vida. Vaya nombre. Pro-vida es nuestro cuerpo, que ama más allá de nosotras”.
¿Reconoce usted en las palabras de Sandra a una obstinada promotora de eso que Jessica López Mendoza llama la “cultura de la muerte” en su artículo del 15/08/06 en La Prensa? La “cultura de la muerte” es un código discursivo que aplasta cualquier discusión sobre la complejidad que expresa Sandra en su escrito. Peor aún, es un anti-discurso.
Sigue diciendo Sandra: “Y a medida que esa mujer comprende que no puede ser madre, porque psíquicamente no puede, porque eso pasa, porque así es la cosa, porque nada en ella logra constituirse en un impulso que la haga vencer adversidades, porque esa mujer es débil o porque tiene mucho miedo, no es que elija abortar: comprende que no le queda otro remedio…Hay momentos en los que algunas cosas no podemos. Es así, ultramontanos: hay momentos en los que algunas cosas no podemos.”
“Hay momentos en los que algunas cosas no podemos”. ¿Quién haya vivido no sabe lo que esto significa? ¿Quién puede tirar la primera piedra contra un hombre o una mujer que en algún momento de su existencia tiene que rendirse frente a la complejidad de la vida y decir: “no puedo”? ¿Con qué derecho y dentro de qué lógica puede alguien como Lucía de Boehmer llamarle “despiadada abortista” a una mujer que vive ese momento? (La Prensa, 20/5/06).
Yo encuentro en las palabras de Sandra un profundo amor por la vida. Un amor verdadero, porque lo verdadero es siempre complejo y contradictorio. Y encuentro pobreza de mente y de espíritu en las Señoras y los Señores que arrogantemente rechazan e invalidan las palabras de alguien que, como Sandra, desnuda su humanidad para que nosotros descubramos la nuestra.
Con las palabras de Sandra podemos construir una sociedad fundamentada en el reconocimiento de las angustias, las dudas, los “no puedo”, y el dolor de los demás. Las palabras de sus críticos solamente fomentan la negación de la realidad. Sandra ofrece buenas razones y verdades. Con ellas podemos empezar a romper el silencio de las que hoy no pueden verbalizar su duelo.