Opinión

¿La guerra contra el terrorismo de quién?


“Todos somos norteamericanos”, escribió Le Monde el 12 de septiembre de 2001. Y lo mismo sintió la mayoría de la gente en el mundo musulmán, que estaba tan apabullada como cualquier otro ante la carnicería de los atentados terroristas en Washington y Nueva York. De hecho, cuando Estados Unidos respondió a los ataques casi nadie lamentó la caída de los talibanes, condenados universalmente por su fanatismo.
Esta unanimidad de opinión ya no existe. En los cinco años que transcurrieron desde los ataques surgieron dos públicos para la llamada “guerra contra el terrorismo”. Por cierto, a medida que progresaba la “guerra”, el público más cercano a la acción empezó a ver el combate emergente de una manera diametralmente opuesta a la de Estados Unidos y Occidente.
Para la Administración estadounidense, cada acto en el drama de la guerra contra el terrorismo era considerado discreto e independiente: Afganistán, Irak, Palestina y Hezbollah en el Líbano. La Administración Bush, al haber proclamado la guerra contra el terrorismo, invadió y ocupó países, y aun así no logró percibir que a los ojos de la gente de la región, estos hechos estaban asociados. A través de Al Jazeera y otros canales satelitales árabes las diversas batallas de la “guerra contra el terrorismo” llegaron a ser vistas como una única cadena de acontecimientos en una gran confabulación contra el Islam.
Peor aún, Estados Unidos enarboló la pancarta de la democracia mientras perpetraba sus guerras. Pero las esperanzas de democracia, ya fuera secular o islamista, para la gente afectada quedaron sepultadas en los escombros y la masacre de Bagdad, Beirut y Kandahar.
Muchos musulmanes entienden --así como todos en Occidente, y en los mismos términos-- las causas subyacentes de la alienación que anima al radicalismo islámico y la violencia. Saben que las dictaduras rígidas de la región paralizaron a sus poblaciones. Solamente aquellos consumidos por el fuego de su furia parecen capaces de liberarse de los grilletes de estas sociedades autoritarias.
Pero el precio de la fuga es una especie de deformación. Amargados, fanáticos, vengativos: los que se rebelan contra el status quo entran en el mundo más amplio en busca de venganza, no sólo contra los regímenes que los deformaron, sino contra Occidente, que sustentó a los autoritarios de la región en nombre de la “estabilidad”.
Muchos musulmanes también entienden que el problema de Palestina, que no se ha resuelto en tres generaciones, va más allá del sufrimiento del pueblo palestino. Saben que los dictadores de la región se valieron de Palestina para justificar su mal gobierno y evitar la liberalización política y económica.
De modo que cuando Estados Unidos instó a la democracia, los corazones de muchos en la región fueron invadidos por la esperanza de que, por fin, llegaría la reforma. Pero Estados Unidos, como tantas veces antes, los defraudó. Cuando la gente, finalmente, empezó a aspirar a sociedades más liberales y decentes, Estados Unidos siguió apoyando a los regímenes que los reprimían. Estados Unidos no pudo ajustarse a su propio guión de promoción de la democracia.
Después del derrocamiento de los talibanes en Afganistán, Estados Unidos giró la vista hacia la dictadura secular de Saddam Hussein en Irak. En lugar de favorecer la reforma del régimen saudita/wahhabi --el sistema que engendró a 15 de los 19 secuestradores de aviones en los atentados del 11 de septiembre--, el musulmán promedio veía que Estados Unidos entablaba una guerra contra un régimen que no tenía nada que ver con ese crimen.
Muchos musulmanes admiten esta desviación, ya que consideran la invasión de Irak como parte de la muerte de la dictadura y la llegada de la democracia. Pero las pisadas manchadas de sangre de la ocupación norteamericana llevaron a Estados Unidos a abandonar la búsqueda de la democracia. Cuanto más se hundía Estados Unidos en la pesadilla iraquí, más empezó a girar la vista hacia los dictadores sobrevivientes de la región, particularmente en Arabia Saudita, Siria, Egipto y Pakistán.
En rigor de verdad, lo último que querían ver los dictadores de la región era un Irak democrático. Casi desde el momento en que cayó Saddam, los jihadistas del régimen saudita/wahhabi se infiltraron en Irak casi sin impedimentos. Peor aún, los musulmanes que apoyaban el proyecto de democratización de Irak en general sospechan que la resistencia sunita que provocó la guerra civil iraquí estuvo financiada con dinero saudita proveniente del petróleo (el terrorismo también impidió que el petróleo iraquí se convirtiera en un rival importante para Arabia Saudita).
De manera que el esfuerzo por democratizar a Irak --de hecho, todo el proyecto norteamericano de democratizar la región-- cayó en profundas sospechas, incluso de parte de los musulmanes más moderados. Estados Unidos, creen, sólo quiere una democracia que se ajuste a sus intereses. Si los palestinos votan libremente por Hamas, se rechaza activamente su elección. La “Revolución de los Cedros” del Líbano --que galvanizó a Occidente de la misma manera que la Revolución Naranja de Ucrania-- ha sido socavada de manera sistemática.
Mientras la democracia en la mayor parte de la región sigue estando muy lejos --de hecho, quizás una perspectiva más distante ahora que hace cinco años--, la secretaria de Estado norteamericano, Condoleezza Rice, repite su mantra de que los civiles muertos de Beirut, Sidón, Tiro y Gaza representan las “contracciones de parto” de un nuevo Oriente Medio. Pero hasta que Occidente deje de ver a los bebés muertos como puntales políticos, no podremos entender cómo percibe el mundo musulmán todo lo que pasó desde el 11 de septiembre de 2001. Sólo entonces entenderemos por qué la visión unificada de hace cinco años se fracturó tan violentamente.

Mai Yamani es autora de Cradle of Islam (La cuna del Islam).
Copyright: Project Syndicate, 2006. www.project-syndicate.org