Opinión

El SEXO de la PATRIA


Unas veces vienen solas; otras les acompaña incluso el mismo autor del abuso. Sólo es necesario apostarse a la entrada de los hospitales algunas noches de Managua y les aseguro que les verán venir. No hacen ruido, casi no se sienten. Pero ni el silencio más grande ni la voz más ahogada pueden tragarse el ruido del dolor que traen en los ojos. En ese silencio empezamos a perder y empezamos a mentirnos. A este lado del sexo no sé qué se puede explicar, qué se le puede explicar a los niños, pero hay que hablar con ellos desde muy pequeños antes de que crezcan con la misma idea con la que hemos crecido muchos.
Un amigo que vive con VIH me decía hace poco que el problema del Sida no es la enfermedad en sí, porque con acceso al tratamiento es como otra afección de tipo crónico con la que se puede convivir en condiciones normales, y ya no tiene por qué ser una enfermedad mortal. Pero entonces por qué no es lo mismo decir “tengo diabetes”, “padezco de presión alta” u otra enfermedad para la que se precise medicación constante. Por qué no se puede decir con la misma naturalidad “tengo el VIH” o hablar de la prevención en las escuelas. La respuesta, según mi amigo, está en el sexo. El problema es que para hablar de VIH hay que hablar de sexo. Eso en Nicaragua sigue siendo tabú. No sólo en Nicaragua, es cierto, pero es tabú hablar de sexo responsablemente entre adultos o entre adultos y niños. Es curioso. No es tabú hablar del sexo entre chiles y bromas o vulgaridades. Lo que es tabú es hablarlo en serio; hacerlo y callarlo.
El sexo ha sido la piedra de toque de muchas personas. Desde la infancia, para bien o para mal, desde el colegio, etc. Es una novedad que por fin el ministro de Educación saque a la luz, justo antes de las Fiesta Patrias, una manual de educación sexual desde hace tiempo requerido. El anterior cayó en el olvido por motivos religiosos. El problema es que si, a como está la situación en Nicaragua, encaramos el problema del sexo (qué horrible que le tengamos que llamar problema) desde un punto de vista excesivamente purista o excesivamente científico o religioso, dicho problema continuará estando de la misma forma.
Yo estudié en un colegio de sacerdotes de una congregación muy conocida. La educación sexual no fue ni mejor ni peor que en la de otros colegios religiosos o públicos. Pero hubo un educador del que después supimos que era un abusador al que nadie detenía. Su capacidad de influencia y poder de decisión en el colegio era muy fuerte, y aunque se rumoreaba nadie se interesó por averiguar seriamente lo que ocurría. La respuesta fue mirar para otro lado. Las cosas demasiado oscuras asustan, y el silencio termina por hacernos cómplices a todos. El daño para siempre que esto causa, y que ha sido mucho más habitual de lo nos hemos atrevido a reconocer, tiene formas de superarse. Pero tener el valor de volver atrás tirando del hilo para seguir hacia delante no es fácil de obtener.
Me gustaría saber cómo se puede educar sobre esta otra cara del sexo, si no se habla amplia y abiertamente sobre el sexo. O sobre esa otra cara de los abusos intrafamiliares que asolan, y de verdad, las casas de muchos nicaragüenses. El abuso sexual a menores es un hábito mucho más cotidiano de lo que los datos conocidos indican. La mayor parte de ellos, y esto lo reconocen las autoridades y las personas que trabajan con las víctimas de este drama, se queda en el silencio, pero no en el olvido de las personas que los sufrieron. El abuso sexual amparado de silencio se convierte en una bomba de tiempo para el menor. A medida que crece, ese abuso vuelve con muchas aristas conflictivas.
La otra cara del sexo es la posibilidad de las enfermedades de transmisión sexual, y entre ellas el Sida, del que tampoco se habla en su verdadera dimensión en Nicaragua. El Sida es hoy un espejo en el que nos podemos ver todos en Nicaragua. El espejo que refleja la carencia de intereses por parte de las autoridades políticas en atender algo que les obligaría a negociar mejores precios de tratamientos y enfrentarse a políticas comerciales injustas. El gobierno nicaragüense sólo pudo garantizar durante mucho tiempo el tratamiento a unas 14 personas después de un fallo de la Corte de Derechos Humanos, y luego sólo después de que el Fondo Global estuviese detrás. La doble moral pseudo-religiosa con que aún se mira al Sida, considerándolo una consecuencia de prácticas sexuales no naturales, es parte de nuestra visión distorsionada del sexo y de la discriminación. No hablar del incremento en casos de VIH positivos que se está dando entre amas de casa que sufren maridos con múltiples relaciones fuera de sus casas y sin protección es otra manera de engañarnos. Y todo ello no hace más que ocultar las deficiencias existentes para garantizar la continuidad del tratamiento para pacientes de enfermedades crónicas, y de la falsedad de datos, la conveniencia de anunciar bajas prevalencias cuando apenas hay registros fiables. Para prevenir el Sida hay que hablarles a los niños del sexo, pero eso parece aún peor que el Sida.
Uno de los golpes más claros del machismo en Nicaragua está en la sexualidad. Hace unos años en una comunidad campesina una doctora nos contaba que la mayoría de las mujeres, madres de muchos hijos, decían que nunca supieron lo que era un orgasmo.
La sexualidad cuando se hace intimidad humana, como una pieza más de nuestra dignidad como seres humanos, esa parte de carne que se vuelve sentido, caricia, placer y paz y cuando, además, se le incluye en compromisos de afecto hacia la otra persona nos vuelve únicos. El sexo en sus múltiples formas no ha sido nunca malo, no es malo. Lo hemos hecho malo con estos antiguos conceptos de educación que han hecho con nosotros en gran parte lo que han querido desde que éramos niños.
La mejor forma de prevenir, mientras se educa en el respeto propio y ajeno, es hablar con naturalidad de las posibles perturbaciones del sexo. Creo que la Nicaragua patria necesita que se hable de sexo, algo que debería ser una maravilla y que en cambio, nos ha traído tanto sufrimiento. A los niños hay que hablarles de sexo con toda la naturalidad, hay que hablarles de cómo empieza la vida, igual que hablarles del amor. El reto que tenemos por delante empieza en la primera pregunta que nos hacen sobre cómo vienen los niños al mundo. Ahí puede empezar la mentira, el miedo y en algunas casos, por desgracia, el dolor.
Alguien que crece mirando el sexo como algo humanamente limpio y natural está inmune contra muchas perturbaciones y contra el irrespeto hacia otro ser humano, sea hombre o mujer. Coincido, pues, con ese anuncio de una organización en la radio que concluye que la educación sexual para los pequeños puede salvar la vida. No es una exageración, y ojalá me crean cuando les afirmo que sé por qué lo digo.

franciscosancho@hotmail.com