Opinión

Visita al Táchira


La cordillera de Los Andes es una formación montañosa que recorre Sudamérica. Nace en Venezuela, continúa por Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú, Chile y Argentina. Va paralela al Océano Pacífico y está presente en la historia política de las naciones señaladas. Asimismo, es dueña de cierta cultura singular que suma, amalgama e identifica a los llamados países andinos.
Tres estados geopolíticos conforman la región andina venezolana. Ellos son: Trujillo, Mérida y Táchira. Este último, que limita con Los Andes colombianos, es cuna de los siguientes siete presidentes de la nación con desempeños en el siglo pasado: generales Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita y Marcos Pérez Jiménez, más los civiles Carlos Andrés Pérez y Ramón J. Velázquez, que completó el segundo mandato de Carlos Andrés cuando éste fue destituido.
Aunque tenía varias visitas a la ciudad de Mérida, capital del Estado andino del mismo título, no había realizado el deseo de pisar la tierra tachirense. Pero una relación afectiva con una “gochita”, término cariñoso aplicado a las andinas venezolanas, y cierta curiosidad por saber sobre un hospital en que han curado el cáncer usando medicina gnóstica junto a la tradicional, me llevaron a cumplir mis aspiraciones.
Así la noche del sábado 12 de agosto abordé en Caracas un inmenso y confortable autobús de dos pisos con asientos cama, enfrentando la aventura. Doce horas después llegué a San Cristóbal, capital del Táchira, donde Marina aguardaba. El primer relato fue sobre mi descanso de nueve horas sin ver la película o solicitar servicios. Ella feliz me escuchó y trazó prontos planes.
Su casa, localizada en la recién desarrollada urbanización de Las Colinas de Los Pirineos, fue mi hogar durante una semana. Sin embargo, el primer desayuno y comida, repleta de ricos platos regionales, fueron en su casa familiar, donde junto a ellos decidió estar para darme mayor privacidad. Mi amiga apartó sus deberes empresariales para hacer mérito al sustantivo de su San Cristóbal natal: “La Ciudad de la Cordialidad”, y bien que lo hizo.
Primero paseamos por su ciudad de subidas empinadas y bajadas de montaña rusa. Después visitamos Peribeca, un pueblecito colonial con su plaza Bolívar. También asistimos a la Serenata Musical de la Patrona Virgen de la Consolación en Táriba, otra ciudad que ahora unida a San Cristóbal suman ambas 800,000 habitantes. Observamos peregrinajes de muchos kilómetros a pie en pagos de promesas. Juegos artificiales cerraron la celebración religiosa.
Suculentos almuerzos nos dimos en el Mile Miglie (Mil Millas) y La Vaquera, el primero para jóvenes y el otro primo de Los Ranchos. Los cafés, en el Centro Comercial El Tamá; el cine, en el Teatro Pirineos; los traguitos en el Barrio Obrero, la zona rosa de la ciudad capital. Curioso, esta urbanización fue construida por Pérez Jiménez para los obreros, pero a los años y con el desarrollo cambió a pulmón empresarial, comercial, bancario y de rumba.
Viajamos a Capacho, pueblo natal de Cipriano Castro. Fotografié su mausoleo y disfrutamos del museo. Pasamos por La Mulera, un villorrio de nomás 40 casas. Allí nació el dictador Gómez. Por igual vimos de lejos Michelena, caserío del nacimiento de Pérez Jiménez. Pero se nos escaparon Queniquea, tierra de López Contreras y Rubio, patria chica de Carlos Andrés, a pesar de haber viajado a su vecina San Antonio del Táchira, población limítrofe con Colombia, en gira hacia la ciudad neogranadina de Cúcuta. Allí tomamos en el restaurante La Mazorca la mejor comida de los paseos.
Cúcuta es una ciudad enérgica, es como un gran centro comercial e impresiona. Otro dato: pasamos la frontera, ida y vuelta, sin molestias ni mostrar cédulas. Es sólo asunto de andinidad, a pesar de los serios problemas migratorios, contrabando y delincuencia. Cercana de Cúcuta está Villa del Rosario, palacete habitacional de Santander, el padre fundador de Colombia. Está perfecto, es original.
El frío disfrutado durante siete días, la vista con neblina desde el balcón de mi morada, la cascada El Chorro del Indio, la visita al poblado de Caneyes y parrillada en casa de campo de Marina, el río Torbes que con sus aguas rojizas atraviesa San Cristóbal, urbe natal de Medina Angarita; el viaje a la ciudad de Ramón J. Velázquez, Colón, para consultar los gnósticos sobre problemas menores de salud y conocer el famoso hospital, más la entrega sincera de mi compañera, permanecerán para siempre y son también responsables de mi visita feliz al Táchira, que pienso fue interesante y por ende decidí contárselas.

fraguba2002@yahoo.com.mx
Caracas, agosto 2006.