Opinión

Huehuentzin


A esa gente chévere que llega los sábados a conocer a su Güegüense.

A pesar de que a su estudio se han abocado historiadores, sociólogos, filólogos, poetas, directores de teatro, de danza, académicos de la lengua y numerosas personalidades de Nicaragua y el extranjero interesadas en el estudio de nuestra cultura, aún se desconoce con precisión cuándo y dónde comenzó a representarse nuestra polémica obra teatral y danzaria El Güegüense, ni quién o quiénes fueron sus autores. Pedro Henríquez Ureña lo ubica entre 1492 y 1600; Carlos Mántica da como pista que la obra recoge el escenario que persistió en la zona desde 1635, y Jorge Eduardo Arellano la sitúa después de la consolidación del período colonialista sobre las poblaciones indígenas mesoamericanas en la llamada Manquesa, hoy Altiplano de los Pueblos, y Diriamba, su cuna.
En lo que parece haber acuerdo es que el personaje central --de quien la obra adopta su nombre-- es de origen mestizo, lo que marca una impronta en su conducta y personalidad. Enfatizo en este rasgo, pues para entender el contenido de esta “comedia bailete” se debe conocer quiénes eran y en qué condiciones vivían los mestizos, grupo social integrado por mulatos, negros y zambos libres. Nuestros antecesores --conocidos también como ladinos-- formaron las capas medias rurales y urbanas del país, llevando por lo general una vida marginal al ser discriminados por las autoridades españolas, ya que la mentalidad jurídica colonial no concebía su existencia, y por los indígenas, quienes no los apreciaban como parte de su casta. En síntesis, los mestizos sobrevivían en la pobreza y la orfandad social.
Además del rechazo racial, padecían bloqueo agrario. Las Leyes de Indias les prohibían ser dueños de tierras. En lo político les era difícil acceder a cargos administrativos. Pero, a pesar de estos obstáculos, lograron movilidad social ascendente. Ser buhonero fue una de sus ocupaciones. Hablando una lengua más mezcla de español que del nahuate, viajaba por las provincias de Centroamérica y México con sus recuas de mulas para comerciar con lo que estuviese a su alcance. Los que no ejercían el comercio transeúnte trabajaban de operarios agrícolas en las haciendas u optaban por la vagancia en vez de la explotación, y cuando eran dueños de algo ejercían el artesanado dentro de las ciudades.
La sociología es pródiga en mostrar situaciones, escapes, ardides y mojigangas utilizadas por los pueblos para burlarse, reírse, zaherir y menospreciar a sus depredadores. Y los nicas, por haber enfrentado y sobrevivido tantas desventuras y desastres, somos expertos en burlarnos hasta de nosotros mismos. De otra forma no hubiésemos persistido como pueblo indio, como pueblo mestizo, como pueblo multiétnico y pluricultural. Quizá los historiadores burgueses e intelectuales de alcurnia hubiesen querido un Güegüense pendejo, obediente, apolismado y agachado, al que gustosos exhibirían como ejemplo de lo que para ellos es el respeto, su moral y buenas costumbres. Pero el viejo no les dio los buenos días con las manos puestas, sino que con ellas les hizo otros gestos y saludos.
Al mestizo había que estigmatizarlo y descalificarlo para poder justificar la presencia del colonizador, como alguna vez sentenció Jaime Wheelock en sus viejas Raíces indígenas de la lucha anticolonialista en Nicaragua: “La clase colonial no puede reconocer ninguna cualidad al verdadero soporte de la sociedad, al creador material de toda su riqueza, pues hacerlo sería desautorizar su propia presencia supuestamente rectora y reformadora del aborigen y descubrirse también como la verdadera clase parasitaria ociosa y explotadora.”
Después de analizar el contenido de El Güegüense concluyo que es una farsa dentro de otra farsa y que miembros de la ciudad letrada estigmatizaron al personaje equivocado, endosándole calificativos propios de los Tastuanes y de su clase gobernante. No se sabe si de forma inconsciente o con una intención deliberada, la sumatoria de adjetivos cuyo producto es El Güegüense ha sido promovida como parte integral de la identidad del nicaragüense, paradigma que a muy pocos le gustaría representar. Acérquese, lea la obra y verá que los calificativos contra El Güegüense son de impresionante contenido clasista. Los chapiollos, ladrones, borrachos, haraganes y un gran etcétera son los mestizos --los explotados--; en cambio los buenos de la obra son los cheles, la elite, la clase gobernante. Pero la caracterización del personaje no se ajusta con lo que ocurre en los parlamentos.
Veamos. Es muy sospechoso que El Güegüense haya sido calificado con tanta severidad, pues es a él a quien captura el Alguacil Mayor para obligarlo a pagar los impuestos, que se sabe a qué manos van, pero no el uso que se les dará. Sin embargo, aquel le arrebata sus “doblones de oro y plata”, situación que recuerda el medio millón de dólares, en el que fue Eloísa, la periodista --y no quienes lo robaron--, la enjuiciada. El viejo denuncia con firmeza la corrupción: “Suspéndase en el campamento de los señores principales --exige--
los sones y robos, andanzas y mudanzas, velancicos y favoritismos” (parlamento 46). Y a su demanda de justicia la altanería del poder le responde: ¡Güegüense igualado!
Se le califica de vagabundo, pero son los señores principales del Cabildo Real quienes viven como funcionarios de gobierno, que en grandes caravanas y derrochando plata van por el mundo pidiendo sin que el pueblo sepa en qué se invierte la ayuda obtenida. Se le tiene por mentiroso, pero muestra su tienda al Cabildo Real: “Cajonería de oro, cajonería de plata, güipil de pecho, güipil de pluma, medias de seda, zapatos de oro... (parlamento 153). Se burla del Gobernador y de la autoridad que representa, y señalando su falo le muestra “esta jeringuita de oro para remediar al Cabildo Real del Señor Gobernador Tastuanes” (parlamento 153). Se le llama mujeriego, pero él no tiene mujer y la que tuvo le puso los cuernos, como lo afirma Don Forsico: “…cuando yo anduve con mi padre por la carrera de México y volvimos, ya estaba mi madre preñada de otro…” (parlamento 147).
Se le tilda de ladrón, pero no lo vemos robar, excepto cuando lo denigra su hijastro Don Ambrosio. Se le llama cochón, pero no es cobarde, pues enfrenta a la autoridad, denuncia la corrupción y hasta se burla del Gobernador. Se le acusa de moclín, pero eran los españoles los de tales prácticas: “Se daba una niña escogida por un pedazo de tocino”. Se le señala de borracho, pero la única vez que brinda es para satirizar (parlamentos 304 al 314, de la versión de JEA). Se le dice inútil, vagabundo y haragán, pero él lo niega con aplomo: “¡Claro que soy hombre de bien! Traigo mis propios machos, pero están raspados desde la cruz hasta el rabo por hacer tantas diligencias...” (parlamento 260).
El uso de máscaras y espejos son claves en esta tramoya. De las primeras se sabe que las utilizan para convertirse en otro. De los segundos se dice que reflejan a quién estás denunciando. Después de 123 años de que el Dr. Daniel G. Brinton imprimiera la polémica obra, el viejo logró salirse de su universo de ficción para instalarse --con casa, corredor y hamaca-- en la vida de los nicaragüenses, ayudándonos con sus experiencias a vivir y morir en esta sociedad marginalizante, donde la democracia es tan ficticia como sus malabarismos de palabras, similares a los aburridos y gastados discursos que en las plazas de los pueblos gritan --con la guatusa en la bolsa-- los candidatos presidenciales herederos de los Gobernadores Tastuanes.

Managua, agosto 28, 2006.