Opinión

Populismo y burguesía nacional


La clase dominante latinoamericana no se ha distinguido precisamente por su dinamismo empresarial y menos aún por su nacionalismo. En realidad, el desarrollo económico y social alcanzado en esta región ha sido siempre fruto del impulso reformador de minorías y en más de una ocasión, el resultado de revueltas populares sin apenas participación de la elite. El caso de la Revolución Mexicana es probablemente el más emblemático, pero no el único.
Si por estas oligarquías fuera, América Latina seguiría siendo una vasta hacienda señorial con más iglesias que bibliotecas, más expendios de alcohol que maestros y con sus respectivos enclaves coloniales, dedicados a saquear frutas, petróleo, oro, plata, estaño, cobre, madera o cualquier otro producto de interés para las metrópolis. La modernidad fue siempre el propósito de los movimientos populistas de la primera mitad del siglo pasado y de los gobiernos “desarrollistas” posteriores, indefectiblemente con la oposición de los latifundistas, los propietarios de las minas, los grandes comerciantes y las empresas extranjeras.
Pero ninguna reforma del capitalismo criollo ha alcanzado niveles razonables de autonomía y mucho menos formas democráticas reales en lo económico y lo político. Una democracia aceptable que permita participar a las mayorías en la riqueza y el poder sigue siendo una asignatura pendiente de los regímenes sociales latinoamericanos, y el ejercicio real de la soberanía nacional ha sido siempre tan sólo un anhelo que en actuales condiciones de “globalización” aparece casi como un sueño.
Los grandes reformadores en el continente han sido casi figuras exóticas en el universo viscoso de la mediocridad general. Irigoyen y Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Arturo Allessandri en Chile, Plutarco Elías Calle y Lázaro Cárdenas en México, López Pumarejo en Colombia, Paz Estensoro en Bolivia, Arévalo y Árbenz en Guatemala y más recientemente Velasco Alvarado en Perú aparecen como personajes excepcionales que rompen la pesada atmósfera casi colonial que predomina. La modernización del capitalismo nativo siempre se ha hecho a pesar de la misma clase propietaria. Una paradoja ésta si se considera que ninguno de estos reformadores pretendía abolir el régimen de propiedad privada o la “cultura occidental y cristiana”. Ante la incuria y esterilidad del conjunto de la clase dominante, los reformadores han tenido que aliarse con el campesinado pobre, el naciente proletariado y la pequeña burguesía en ascenso para enfrentar la oposición cerrada de la inmensa mayoría de la clase dirigente y sus aliados extranjeros.
Las dictaduras militares y civiles, la represión sangrienta, la destrucción cultural y material de los pueblos aborígenes y las negritudes, los golpes militares, los exilios de la oposición, la invasión de los “marines” y, en general, la pesadilla en que casi permanentemente han vivido estos pueblos no son una ficción de la literatura fantástica del realismo mágico, sino expresión de la violencia impuesta por una clase dominante ajena al cambio y reacia a renunciar a cualquier privilegio. Como en tantas ocasiones, la realidad supera con creces la exuberante imaginación de los artistas.
Por otra parte, la desconfianza de la elite tiene sus fundamentos. Con las profundas desigualdades existentes el pueblo puede terminar exigiendo el cumplimiento de las promesas desbordando los límites del sistema y poniendo en peligro no sólo ciertos privilegios, sino el orden mismo. Por fortuna para la clase dominante, siempre queda el ejército (o los “marines”) como último recurso. Si el dictador tropical y esperpéntico caracteriza la contrarrevolución que se opone al populismo clásico, la dictadura militar moderna expresa bien la reacción de unos y otros para impedir que estos proyectos fuesen demasiado lejos poniendo en peligro el sistema de privilegios, irracionalidades y dependencia que siempre ha caracterizado a estas sociedades.
Pasadas las dictaduras contemporáneas y recuperada la democracia formal, los sectores populares vuelven a exigir que el crecimiento sea también desarrollo, que la solidaridad social no sea más una palabra hueca y que la soberanía política garantice la defensa de los intereses básicos de la comunidad nacional. Y hoy como ayer, no falta quien descalifique al nuevo reformismo con el epíteto de “populista”, asociándolo a distribución irresponsable de la riqueza, autarquía impracticable, nacionalismo extemporáneo y destrucción de la democracia política, aunque en todos los casos los “populistas” modernos llegan al poder no mediante triunfos insurreccionales, sino por medio de las mismas reglas de juego del sistema, en claras y limpias victorias electorales. Ya no se argumenta que educar al pueblo sea peligroso y dar el voto al populacho constituya un suicidio político, pero se dice que el gasto social (educación y salud, sobre todo) es inconveniente y compromete el desarrollo económico, el ejercicio de la soberanía nacional aleja al país del mundo, la búsqueda de nuevos mercados para disminuir la dependencia constituye una provocación innecesaria a Occidente y que la victoria electoral de las fuerzas populares no es suficiente: el nuevo gobierno debe actuar según los intereses de la elite o estará “demoliendo los fundamentos de la democracia”.
Cuando el populismo actual no emprende las reformas estructurales en cumplimiento de las promesas que le han llevado al poder se dice entonces que gobierna con sensatez, equilibrio y responsabilidad; cuando por el contrario quien llega al gobierno al frente de un movimiento popular convierte las promesas en realizaciones, entonces se le tilda de demagogo, despilfarrador y nefasto para los verdaderos intereses del país.
Sería enormemente ingenuo pensar que los métodos clásicos del sabotaje terrorista, la desestabilización económica y el golpe militar se hayan descartado. De hecho, ya se están aplicando cuando las cosas “llegan demasiado lejos” y el populismo amenaza el orden burgués y los “intereses nacionales” de los Estados Unidos. Nada debería descartarse, ni siquiera que el Pentágono decida buscarse en América Latina su Israel de bolsillo para emprender alguna guerra de agresión o sencillamente desembarque sus marines a “poner orden”.
Poco ha cambiando en esta perspectiva. Hoy como ayer, el movimiento reformista en Latinoamérica tampoco pretende acabar con el capitalismo. Con independencia del discurso y las formas, los hechos demuestran que tan sólo se trata de modernizar un capitalismo raquítico que gracias al neoliberalismo de los últimos años ha visto desaparecer buena parte de su tejido industrial y su producción agrícola tradicional a manos de los subvencionados y modernos productores de los países centrales. Un capitalismo reducido cada vez más a ser simple proveedor de materias primas sin elaborar, productos energéticos y mano de obra barata destinada a reducir los salarios en las metrópolis y redondear los beneficios del capital. En el mejor de los casos, se sustituye la industria nacional por el sistema de maquiladoras y tan sólo en los países de mayor dimensión sobreviven algunos núcleos de capital propios (Brasil, sobre todo) que resisten la dura competencia del sistema globalizado.
El populismo contemporáneo propone esencialmente lo mismo de antaño, considerando naturalmente los cambios de tiempo y espacio: desarrollar un proyecto nacional, proteger el trabajo del país, defender sus recursos y sus gentes, conseguir alguna forma de redistribución de la riqueza y aliviar la relación de dependencia que condena a estas sociedades a la condición de colonias.
El núcleo duro de la clase dominante también se mantiene firme en sus tradiciones reaccionarias y ahora sueña con la hacienda de antaño, esta vez convertida en una enorme plantación de palma africana, soja, carne u otro producto de los que los mercados centrales están ávidos. Siempre productores de materias sin elaborar, siempre patios traseros de Occidente, y ellos, como la oligarquía de antaño, criollos que piensan en inglés y se avergüenzan de su condición nacional.
En el nuevo populismo las gentes pobres ya no apoyan sin exigir que se cumpla lo prometido; ya no es fácil contentar a los naturales con abalorios de escaso valor. Más aún, cada vez son más numerosos los que desde diferentes perspectivas se preguntan si vale la pena tanto sacrificio simplemente para permitir que el capitalismo se desenvuelva plenamente y si no sería mejor la aventura de construir un mundo diferente.