Opinión

De sin sentidos y falacias: El Germán y las Milagros


La licenciada en Relaciones Internacionales Milagros Urbina me acusa de desmemoriado en su artículo del 26 de agosto pasado en EL NUEVO DIARIO. Después de la publicación de ese artículo he recibido varios correos de personas que me conocen y que están dispuestas a demostrarle a la licenciada Urbina que yo no soy desmemoriado. “Usted es --me decía una buena amiga-- ultra-desmemoriado”.
Efectivamente, el 30 de noviembre de 2005 le escribí un mensaje a la licenciada Urbina pensando que le escribía a Milagros Palma, una brillante leonesa que trabaja en Francia como antropóloga, escritora y editora de revistas. En algunas de mis publicaciones yo he hecho uso de los libros de Palma sobre mitología nicaragüense.
Le escribí a Milagros Urbina después de leer su crítica al discurso político de Herty Lewites en END (30/11/05). En su escrito Urbina también criticaba el discurso de Arnoldo Alemán y el de Enrique Bolaños. Le escribí --pensando que ella era Milagros Palma-- para reconocer el valor de su trabajo y expresar mi entusiasmo por alguien que, como yo, se interesaba en el análisis del discurso político en Nicaragua.
Al momento de leer el artículo de Milagros Urbina, pensé que la crítica al discurso de Herty Lewites elaborada por la licenciada era acertada; visceral, pero acertada. Hoy pienso lo mismo.
Yo también critiqué el discurso y la visión política de Herty. Lo hice a través de las páginas del semanario Confidencial y en varias discusiones públicas; la última de ellas, en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (Ihnca) de la UCA, pocos días antes del fallecimiento de Lewites y frente a un grupo de dirigentes de la Alianza MRS.
Así que no le debería extrañar a la licenciada Urbina que yo la haya “motivado” a seguir criticando el maltrecho discurso político de nuestros líderes. Siempre que puedo le escribo y aliento a aquellas personas que contribuyen a la discusión política en Nicaragua, independientemente de la ideología que profesen.
Como acostumbraba decir un viejo profesor mío de filosofía, lo importante no es establecer la identidad de la culebra del Jardín del Edén. No es importante saber si ella era o no el mismísimo diablo. Tampoco importa discutir si las culebras hablan. Lo importante, decía mi profesor, ‘es lo que dijo la culebra...’”.
El Germán
La carta que Germán Pomares me dirigió a través de las páginas de END (29/08/06) contiene un diagnóstico clínico de Rosario Murillo. Dice Pomares: “Rosario Murillo no es esquizofrénica”.
Yo felicito a Pomares y a Rosario Murillo. Pero me pregunto por qué me escribe para decirme que Rosario Murillo no tiene problemas mentales.
Si Pomares relee mi artículo del 24/08/06 en END, encontrará que yo no hago un diagnóstico de la salud mental de la señora Murillo, a quien no conozco personalmente.
En el “análisis de discurso” --un campo que profesionalmente me interesa-- existe la figura del “discurso esquizofrénico”. Ese discurso, el discurso de la Murillo, es el objeto de mi artículo, no la mente de la jefa de campaña del FSLN.
Obviamente que la figura del discurso esquizofrénico se deriva de la descripción básica de la esquizofrenia, porque trata de enfatizar su naturaleza contradictoria y su tendencia a desligarse de la realidad. Y por supuesto que es posible que un discurso esquizofrénico pueda, en algunos casos, ser articulado por una persona esquizofrénica. Pero mi escrito no trata de establecer esa relación.
Pomares revela su confusión cuando me critica por usar en mi artículo el trabajo de Myrna Solotorevsky. Dice Pomares que Solotorevsky es “experta en literatura hispánica y no en temas de diagnóstico psicopatológico”. Precisamente, en mi escrito yo recurro a Solotorevsky y a la profesora de literatura española Bernardita Llanos Mardones, porque ambas son estudiosas del discurso esquizofrénico en la literatura hispánica. No las busqué como sicólogas porque mi escrito no es un análisis sicológico; es un análisis discursivo que para criticarse debe reconocerse y considerarse como tal.
Al final de su carta dice Pomares: “Ahora bien, el problema central es que usted ha querido decirle demagoga a Rosario Murillo, está bien, es libre de usar el discurso sociológico como le plazca . . . ”.
Ahora me toca a mí defender a la Murillo. Yo pienso que ella no es demagoga; el demagogo es su marido, Daniel. Lo que ella tiene es un serio problema discursivo y una madre confusión mental que amenaza con tragarnos a tod@s.
Murillo mantiene una prédica esquizofrénica en la que se mezclan la celebración del amor y un discurso violento contra cualquier persona que no piense como ella y el grupo que controla el FSLN. Esa brutal contradicción la reveló el artículo de Sofía Montenegro (END 26/08/06) que cita la descripción que hizo Rosario Murillo del difunto Herty Lewites cuando Lewites se convirtió en el adversario político de su marido. Lewites, escribió Murillo, es “un cobarde. Un obsceno manipulador. Un pantano ambulante . . . un servil instrumento de pútridos intereses…[un] gelatinoso astro de la impostura…[y una] figura mediocre, retorcida y vil…”.
No le pido a Pomares que nos ayude a encontrar “el poder del amor” y el “cristianismo” de Murillo en las palabras antes citadas, porque, para desgracia de la humanidad, él nos anuncia en la parte final de la carta que me dirige que se ha “aburrido de estar formando gente” y que ya no quiere seguir compartiendo sus supuestos vastos conocimientos con los desgraciados habitantes de este planeta. La identificación de las raíces psicológicas de esta “humildísima” personalidad se la dejo a los expertos. Yo con Germán y la Milagro Urbina, hasta aquí llego.