Opinión

Hacia una cultura de reconciliación


Sobre el concepto

Reconciliación es una palabra que transcribe “la acción de restituir relaciones quebrantadas”, significa restituir la unidad perdida de la humanidad, por causa de nuestro egoísmo, nuestra ambición de poder y el afán de dominio sobre la naturaleza, asimismo por causa del concepto de racionalidad única que se vive. Todas estas actitudes y pasiones han conducido a la humanidad a una ruptura consigo misma, y a constituir dicotomías irreconciliables que han persistido a través de las épocas, involucrándose en la guerra total, la discriminación y la catástrofe ecológica.
La reconciliación también nos habla de concilio, de volver a reunirse, tiene una poderosa razón de existencia en nuestro mundo de hoy, que ha generado la división de todo; de la psiquis, del mundo natural y de los seres, en una horrible esquizofrenia.
Reconciliación es un encuentro en la palabra y supone dos partes que guardan una relación de dominio o conflicto con respecto a algo (riqueza, territorio, poder o verdad).
Reconciliación es un derecho y deber humano, no sólo porque tenemos derecho al perdón, sino también porque es una exigencia en el contexto actual de crisis valórica y moral.
La reconciliación comprende el perdón y la justicia, lo mismo que el reconocimiento de nuestras propias faltas. Es una aspiración de la humanidad para garantizar estabilidad y paz duradera. En nuestro contexto nicaragüense, es también una condición para el desarrollo.
Reconciliación ante rupturas políticas
Desde Sudáfrica a Chile, desde Argentina a Mozambique, sociedades que padecieron de profundas escisiones y antagonismos, producto de prolongados conflictos violentos, étnicos, ideológicos, culturales y religiosos, tuvieron la sabiduría y sensatez de buscar la reconciliación, cada una de ella, claro está, de acuerdo con sus particulares condiciones históricas y culturales.
En Sudáfrica se enarbolaron dos tesis para alcanzar la reconciliación y la paz, después de 50 años de Apartheid: el olvido total esgrimido por Frederik Willen de Klerk y la justicia y el perdón sostenida por Nelson Mandela, al final se dio una mezcla de ambas. En Argentina se creó la Comisión de la Verdad, y la justicia y condena se impuso a los responsables y ejecutores de violaciones atroces a los derechos humanos.
En otros países, por razones culturales y el sentido de justicia, bastó la confesión y el arrepentimiento público de los responsables de crímenes y represiones para que el pueblo, desde su particular sentido de justicia, los perdonara.
Centroamérica, en su reciente historia, vivió décadas de conflictos violentos que cobraron más de 300 mil vidas y millones de víctimas indirectas. En El Salvador y Guatemala se elaboraron los llamados Libros Blancos que testimoniaban las flagrantes violaciones de los derechos humanos cometidos por los regímenes militares y sus ejércitos, y en alguna medida también por las guerrillas y fuerzas irregulares. Estos Libros Blancos, según Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas, llevarían a esas sociedades a vivir una necesaria catarsis de la verdad para avanzar hacia procesos de paz y reconciliación más duraderos.
La reconciliación en Nicaragua
En nuestro país, aún cuando sólo la guerra civil cobró más de 50 mil vidas y más de 1 millón de víctimas entre damnificados, mutilados, desplazados, huérfanos, etc., ninguno de los procesos mencionados anteriormente se plantearon y desarrollaron, ¿por qué? Pudiera ser por diversos factores: El carácter del conflicto, agresión externa devenida en guerra civil, el perfil interno y externo de la revolución que proyectaba generosidad y vocación de perdón, o acaso simplemente por un cierto sentido de justicia, compasión y reconciliación que anida en el sustrato cultural de nuestro pueblo.
Sin embargo, la clase política y la mayoría de medios de comunicación, que tomaron partido desde el inicio del conflicto, han mantenido vivos sentimientos de animadversión, intolerancia, ánimos de descalificación y exclusión, que no han abonado a una reconciliación plena en nuestra sociedad. Esto, aún cuando en la guerra y la posguerra, procesos extraordinarios y ejemplares de construcción de paz y reconciliación, entre familiares y actores directos del enfrentamiento armado se desarrollaron en el norte del país y en Nueva Guinea, entre otras regiones del territorio nacional.
Los intereses de nuestra clase política gravitan fuertemente para que nuestra sociedad se debata siempre entre la memoria y el olvido. Hay veces que exacerba los sentimientos más oscuros trayendo a la memoria los estereotipos del otro, que se atizaban en el conflicto bélico para justificar su eliminación, con la perspectiva maniquea de entonces. A veces asoma la madurez y responsabilidad histórica que estimula los valores cívicos, la tolerancia, la reconciliación y la construcción de una paz duradera.
Hemos perdido tres grandes oportunidades para unirnos los nicaragüenses en torno a grandes proyectos transformadores: el triunfo revolucionario del 79; las elecciones del 90 y la devastación causada por el Mitch, donde las fuerzas de la naturaleza demandaron la unidad para la reconstrucción.
Existen grandes desafíos que cualquier próximo gobierno tiene que abordar, pero por su dimensión y complejidad es impensable que los mismos sean enfrentados y superados por gobiernos excluyentes. Sólo un gobierno que funde su accionar en la conformación de grandes consensos, en la concertación de intereses, el diálogo, que promueva la concordia y reconciliación y que se constituya o estructure como un gobierno de unidad nacional --obviamente con los respectivos énfasis dependiendo de su carácter-- podrá, uniendo voluntades y esfuerzos, enfrentar la pobreza crítica y la pobreza económica, resolver el problema energético del país, el desempleo, el problema de la salud, el desastre ecológico, la educación o megaproyectos como un posible canal interoceánico, etc.
Actualmente, en el contexto electoral, el FSLN ha ubicado a la reconciliación nacional como un elemento central de su proyecto. Ya sea por sagacidad o madurez política, el hecho es que se nos presenta nuevamente la alternativa de una Nicaragua reconciliada, pareciera que dicha posición ha sorprendido a las formaciones partidarias y sus intelectuales, pues sus manifestaciones van desde la negación de la reconciliación hasta el no creer en las intenciones del Frente Sandinista sobre ella, es decir, como si éste fuera un problema de fe, de creer o no creer, cuando de lo que se trata, siendo una necesidad histórica de nuestra nación, es de aportar para que la reconciliación cristalice, llevarla hasta las últimas consecuencias y sea en verdad un instrumento para enrumbarnos hacia los objetivos estratégicos que conlleven al desarrollo del país.