Opinión

Una quemadura es perder parte de la vida


Una quema-dura es perder, para cualquiera que sufre semejante experiencia, como una parte de su vida, de su cuerpo, pues las lesiones destruyen todo cuanto encuentran a su paso; en el caso de quemaduras extremas, es decir, de segundo y tercer grado, más aun cuando cubre un 40% de su cuerpo, la muerte es de carácter inexorable, pues si bien es cierto que el paciente está en sus cabales, sin embargo, la destrucción de las venas y vasos capilares rompe con el traslado del líquido vital que corre por nuestro cuerpo y los órganos medulares, al no recibirlo en su dimensión esperada y cuantificada el paciente fallece.
Los niños son los que más sufren de estas torturas brutales por la negligencia sempiterna de nosotros los padres de familia, a veces el hecho de tener una cultura preventiva no es lo suficiente, es imperativo que en las escuelas y en los medios de comunicación exista un permanente llamado al cuido exclusivo con los niños, porque ellos son pirómanos en potencia; a todos los niños les fascina “jugar” con fuego, y quien lo hace tiene resultados funestos a veces.
Yo he sufrido de quemaduras, algunas leves, otras un poco más serias, por ejemplo, cuando niño, antes de cumplir los cuatro años cuenta mamá que saliendo al patio vecino recibí un baño de agua caliente que rebotó en mi cara, pasando muchos días para que la inflamación y las pequeñas peladuras sanaran y con el tiempo pues parece ser que la misma piel se renovó.
Otras tres quemaduras, empezando por la última, sucedió recientemente cuando encendí la “cola” de un Toro Encuetado, al no tomar distancia uno de mis dedos exactamente arriba de la uña del anular sufrió de una quemadura de segundo grado, en otra ocasión al encenderle un cigarrillo a un cliente en el establecimiento en donde laboraba, la cajetilla se adhirió a la palma de mi mano y sin darme cuenta los otros cerillos tomaron fuego, lo que ocasionó un trauma en el centro mismo de la mano.
La más dramática y un poco difícil de creer ocurrió cuando cifraba los quince años, fue un siete de diciembre, mi madre objetó que saliera, pero no obedecí. El caso es que uno de esos famosos arbolitos, al momento en que fue encendido perdió su posición vertical y salió disparado hacia el lugar donde estaba, éste quemó el pantalón en la parte de la bragueta y todo lo que encontró a su paso. Resultado: tres semanas en cama.
Aproquen más que una institución, es un apostolado de la señora Vivian Pellas, ella trabaja sin cesar, experimentó terribles lesiones y su vida hoy está dedicada a los niños que sufren de ese martirio. Su sueño es seguir rindiendo frutos, Dios le devolvió la vida y desde hace más de diez años es completamente gratis el tratamiento para quienes sufren de ese flagelo. Apoyémosle cuidando a los niños y solidarizándonos con sus esfuerzos que ya son parte del agradecimiento de nuestro pueblo.

Docente UNI