Opinión

Manto religioso sobre errores políticos


Mientras se piense en la reconciliación como un concepto abstracto, un ideal religioso o un buen deseo, sin conexión con las situaciones concretas de una realidad social cargada de contradicciones como la nuestra, no será posible verla si no como una propaganda demagógica. En este sentido es que han estado hablando de la reconciliación los ideólogos y propagandistas del Frente danielista.
Este desenfoque del concepto de la reconciliación hace menos real la posibilidad de que tenga alguna aplicación práctica, y el mensaje conciliador lo hacen aún menos realista cuando es emitido hacia los receptores equivocados. En efecto, las personas o grupos políticos susceptibles, teóricamente, de convertirse en receptores del mensaje reconciliador, son quienes estuvieron compartiendo con los orteguistas la militancia en el antiguo FSLN --los marginados y expulsados--. El mensaje de la reconciliación no es apropiado para quienes nunca tuvieron ninguna coincidencia con el sandinismo y que más bien practicaron acciones políticas cívicas o militares de carácter contrarrevolucionario. Con éstos, simplemente hacen arreglos políticos electorales.
Verdadero ejemplo particular de reconciliación es el retorno de José González al actual Frente Sandinista y algunos más. Pero con los otros, solamente ha tenido cabida el compromiso político temporal o electoral, una alianza o una conciliación de intereses opuestos para conseguir objetivos concretos. Como los propagandistas del orteguismo no parecen interesados en comprenderlo así, ni en cambiarle la orientación a su mensaje “reconciliador”, y antes bien han estado confundiendo a los receptores, hablándole el mismo lenguaje a los disidentes y a los ex adversarios, parece necesario recurrir a los ejemplos concretos y sencillos, sin los retorcidos teorizantes de sus propagandistas.
Es necesario bajarse a la tierra y cotejarlo con los hechos profanos, aunque ante el idealismo religioso de los reconciliadores parezca intrascendente. Pero nunca serán intrascendentes, en tanto sigan siendo hechos objetivos comprobables. Antes, debe hacerse notar que la propaganda reconciliadora del orteguismo tiende a considerar el punto de partida de toda diferencia entre la izquierda sandinista en la cuestión electoral y en torno al candidato presidencial; pero con los ejemplos que seguirán se podrá ver que están dejando atrás cuestiones fundamentales que la cúpula del orteguismo nunca quiso arreglar de otra manera que no fuera la represiva.
La exposición de estos hechos podría parecer esquemática, pero nunca nadie podrá decir que se trata de falsedades; tampoco harán creer que se trata de “pecados” que han sido expurgados con una confesión y una comunión en encuentros privados en la catedral, porque son errores políticos, no faltas religiosas, y no han sido reconocidos ante las bases y los sectores populares ni han mostrado interés de corregirlos en el campo político en donde los cometieron. Las indulgencias de ningún cura sirven para sus errores políticos. Aquí están esos errores:
1) Después de la derrota electoral del 90, el colectivo partidario de la redacción del diario Barricada sintió que se hacía aún más necesario continuar con el proyecto acerca del nuevo papel del periódico, algo que se había iniciado mucho antes de la derrota electoral. Sencillamente se trataba de lograr la apertura informativa y la ampliación del espacio de opinión en sus páginas para sectores no sandinistas, pero progresistas, algo indispensable para la modernización del Frente y la recuperación de la confianza entre el pueblo nicaragüense. Al principio, Daniel Ortega y Bayardo Arce fingieron comprender la importancia del proyecto, pero sólo para mientras preparaban la medida represiva que aplicarían después por medio de Tomás Borge. Esta actitud represiva contra la libertad de expresión, la justificaron difamando a los miembros de aquel colectivo. Prefirieron matar el periódico que tolerar la libertad de expresión.
2) Las exclusiones fueron complementos de la conservadurización partidaria y la represión a quienes se opusieran a la privatización del Frente. Ahora, cuando ya está privatizado, hablan de la reconciliación como “parte esencial de este proceso participativo y democrático que tuvo su inicio en el 79” y que ya no existe en el Frente orteguista.
3) Antes, había ocurrido la apropiación de recursos del Estado y la utilización de las leyes de carácter social que se habían aprobado después de la derrota electoral, de parte de algunos líderes de la cúpula y sus allegados directamente o a través de testaferros, lo cual se quiso ocultar al principio y aún se le miente a los sectores más humildes de la base, diciéndoles que lo de la “piñata” es propaganda del enemigo.
4) El pacto con Alemán tuvo el objetivo de consolidar el poder interno de Daniel y apropiarse del Poder Judicial, la Asamblea Nacional y el Consejo Supremo Electoral, a cambio de la tolerancia, impunidad y protección de Arnoldo Alemán y su corte de corruptos, de lo cual se deduce que el orteguismo no sólo carga con sus propios errores, sino también es cómplice del más corrupto de los gobiernos neoliberales.
5) Para acallar las críticas internas, ampliaron la política de presiones, halagos, marginación y expulsiones, según cada caso, con lo cual también se estaban sentando las bases de la candidatura presidencial única en la persona de Ortega. Esta política tuvo su parte culminante con la expulsión de Herty Lewites.
Los grupos y personas que han puesto oídos al mensaje reconciliador, fueron adversarios del Frente que participaron en actividades de la oposición cívica y la contrarrevolución armada en los años ochentas, lo cual no los absuelve de culpa ni los condena al ostracismo político, pero son atraídos y admitidos, porque no amenazan el poder de la cúpula, pues la mayoría busca cargos y prebendas.
Los disidentes que quisieran volver al redil, tampoco disputarán puestos de la cúpula ni su presencia estimulará la lucha por la democratización partidaria, porque regresarían en condición de perdonados por el delito de haber disentido de la desviación caudillista y la corrupción. Lo peor de todo no sería que regresaran sin posibilidad de aspirar a nada que moleste a la cúpula, sino que, al regresar, aceptaran también la corrupción allí establecida.
Los mensajes insistentes dirigidos por radio a la disidencia se han acentuado desde el retorno de José González, quien al salir del Frente actuó más de forma independiente que dentro del MRS. Este caso individual no tendría ningún interés para ser mencionado, si no fuera porque se ha encargado de poner su reconciliación como parte de la democratización del Frente y de la inexistencia del pacto Ortega-Alemán. Es una ofensiva propagandística que, además de mentir, menosprecia las causas que motivaron y siguen motivando la división irreconciliable entre el sandinismo y el orteguismo.
Por su lado, tras el mismo objetivo de la “unidad” se está moviendo el embajador de los Estados Unidos entre las facciones del liberalismo arnoldista y montealegrista, lo que en nuestro ámbito político ya parece normal. Pero hay una diferencia con los orteguistas, y es que a los liberales los apadrina y presiona en su empeño el embajador Trivelli, quien espera alcanzar el objetivo, dada la histórica dependencia de los líderes de la derecha ante la voluntad gringa.