Opinión

Con el neoliberalismo Nicaragua requiere tres décadas para duplicar su tamaño


En lugar de acelerar el ritmo de crecimiento económico que pretendía con los recortes al gasto público y la reducción del compromiso social del Estado con la población, el neoliberalismo sorprende por su “incapacidad” al respecto, porque desde que se impuso, desde 1990, la economía nicaragüense requiere, de acuerdo con Naciones Unidas, tres décadas para duplicar su tamaño y sesenta años para doblar el ingreso por habitante.
En el actual proceso electoral, en Nicaragua se vive una disputa por la nación entre neoliberales y quienes no lo son y apoyan a Daniel Ortega, quien se inclina por un capitalismo nacionalista. A su vez, si ganara Montealegre, Rizo o Jarquín podríamos tener otro período presidencial más de “estancamiento estabilizador”, como los observados con Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños.
Las llamadas reformas estructurales a la economía nacional, que no son otra cosa que “regresiones” o “contrarreformas”, han producido una “catástrofe social” que se expresa con un incremento de la pobreza, el desempleo, el trabajo informal y la emigración, reconocida incluso por los organismos financieros internacionales, pues sólo en el campo hubo una caída del 80 por ciento en la inversión pública al eliminarse los créditos a la producción, los precios de garantía de los granos y la regulación del mercado agrícola, mucho antes de la entrada en vigor del Cafta.
La transformación económica del campo hacia el sector privado ha tenido consecuencias abruptas y catastróficas para la población rural que tiene pocas posibilidades de competir con Estados Unidos en el marco del Cafta. Esta política agropecuaria ha contribuido a fomentar la inestabilidad social y, por tanto, a impulsar el flujo migratorio de los campesinos nicaragüenses hacia el exterior, principalmente en los últimos dieciséis años, a Costa Rica, El Salvador y Estados Unidos. En la década de los ochenta salieron del país 200 mil, y entre 1990 y 2005 alrededor de 800 mil nicaragüenses.
Asimismo, frente a los retos de la globalización, en Nicaragua se han combinado todas las formas posibles de explotación de la fuerza de trabajo, y aunque se ha generado una economía dual, porque una está ligada al sector exportador (maquilas) y otra sigue vinculada con el mercado interno, en ambas los trabajadores padecen la supresión de sus derechos sociales y laborales básicos.
Los trabajadores nicaragüenses viven el peor de los mundos posibles: en los sectores de punta ligados a la exportación (maquila) se enfrentan a la intensificación de la jornada y la flexibilización de los procesos de producción y de trabajo propios de las innovaciones tecnológicas para el aumento de la productividad, pero en los sectores tradicionales el reto de las innovaciones se elude con la extensión de las jornadas de trabajo y no se deja de lado su intensificación.
De acuerdo con los datos del Banco Central de Nicaragua, el salario real de un obrero en el sector privado ha acumulado un deterioro de 35.9 por ciento respecto al valor que tenía en 1996, lo que significa que más de un tercio del fondo de consumo obrero ha ido a parar al fondo de acumulación del capital porque los trabajadores han regalado más de una década de su trabajo.
Esa violenta caída del salario real se da como una respuesta de la economía nicaragüense a su incapacidad para innovar en las condiciones tecnológicas de producción, pero al mismo tiempo como una forma de compensar los costos de la modernización de algunos sectores, mientras en otros la extensa utilización de mano de obra barata les ha permitido evadir los retos de la modernización tecnológica.
Por otro lado, la economía nacional se convierte, poco a poco, en una gran maquila, pues el único valor agregado en las manufacturas de exportación lo constituyen los magros salarios que se pagan en dicho sector. Entendemos que la política de bajos salarios ha funcionado como un buen gancho para las inversiones extranjeras directas en las zonas francas.
Además, nuevas formas de acceso al empleo buscan flexibilizar las condiciones de trabajo y producción, pero también eludir los costos de la seguridad social que se han adoptado y extendido en todos los sectores económicos, y van desde la subcontratación o relaciones triangulares de trabajo y empresas que alquilan fuerza de trabajo, hasta labores a domicilio, por honorarios, comisión, tiempo y obra determinada, a tiempo parcial o eventual.
Se llega a crear la idea de que el trabajador que se emplea o labora por su cuenta goza de mayor libertad, cuando en realidad asume el costo laboral por los tiempos muertos, carece de estabilidad en el empleo, y queda sujeto a jornadas laborales intensas y extensas sin que haya un acuerdo bilateral.
La flexibilización en las condiciones de trabajo, fuera de la ley, es posible porque existe una sobrepoblación de trabajadores en relación a la creación de puestos de trabajo formal, pues por cada uno ocupado en el sector formal, al menos existen cinco en el informal que están presionando hacia la baja al salario y al resto de las condiciones de contratación para acceder a un empleo.
He insistido en varias ocasiones en la importancia crucial que tiene para el futuro de la política y del propio Estado el reconocer el suelo y el subsuelo de pobreza y aguda desigualdad que caracteriza la vida social nicaragüense del presente. No sobra ahora insistir en ello, aun en la hipótesis, no tan probable como lo desean los otrora exegetas del éxito nicaragüense en su globalización (con la implementación del Cafta), de que las masas irredentas convocadas ahora por Daniel Ortega abandonen, después de las elecciones de noviembre, el escenario político central del país y se desvanezcan en la oscuridad de los barrios, los poblados y los arrabales y unidades habitacionales de los que en su mayoría provienen.
La desigualdad social se volvió hecho urbano y juvenil, metropolitano y asimismo departamental, y de ello tardaremos mucho en olvidarnos, aunque las estadísticas nos vayan a hablar de aquí en adelante del consumo floreciente de electrodomésticos y autos como prueba eficiente de la política neoliberal en los últimos dieciséis años.
Durante los gobiernos neoliberales se han desarrollado diversos y variados programas (según el gobierno de turno) para atender la pobreza, pero en el fondo se aplica un modelo “liberal-residual”, basado en la “focalización individual”, porque sólo se atiende a quien demuestre que padece pobreza extrema, porque en esa situación no puede jugar el juego del mercado, por eso hay que darles de comer para que puedan participar y ofrecer su fuerza de trabajo. Se trata de un modelo con el cual se administra la pobreza, pero no se elimina, ya que se espera a que la gente caiga en la pobreza, se le dan apoyos muy magros para que no se muera de hambre, pero no cambia su situación.
Los distintos gobiernos neoliberales, los medios de difusión y nuestra propia ignorancia, nos han vendido este modelo de atención a la pobreza, focalizado y dirigido, e incluso gente del MRS y de las ONG’s lo defiende, cuando hay otros modelos de bienestar social donde se busca la satisfacción de las necesidades sociales y humanas, como el europeo, que es superior al “liberal-residual” que impone el Banco Mundial y Banco Interamericano de Desarrollo y que en Nicaragua se implantó desde comienzo de la década de los noventa del siglo XX.
El último libro publicado por Oscar-René Vargas se titula: “Elecciones 2006: La Otra Nicaragua Posible”.