Opinión

Educar el proceso electoral


IDEUCA
El proceso electoral se apodera, en gran medida, de la atención y pasión ciudadanas, pero no siempre se convierte en educación ciudadana. Existen muchos elementos en contra, pese a ser el proceso electoral una lección extraordinaria de educación ciudadana.
La oferta electoral crea, según algunos analistas políticos, lo que ellos denominan una plataforma de mercado, es decir, se mercadean candidatos y con ellos todos los elementos y factores que los colocan en las grandes vitrinas de los medios. En éstos se amontonan imágenes, promociones, promesas, propuestas, ofensas, descalificaciones lindando con mentiras, etc. envueltas y disfrazadas por la magia de la publicidad y el implacable poder de los intereses. La competencia en el mercado electoral es apremiante porque la conquista del poder tiene un gran costo que vale la pena pagar calculando su rentabilidad y su tasa de retorno política y económica.
La población consume, unos con vehemencia llegando al odio, otros con acentuado escepticismo, unos con esperanza y otros con desaliento avalado por la experiencia, la información que mueve el mercadeo electoral.
De hecho, temprano o tarde, la gente se rinde ante la avalancha y la fascinación política, aceptando que algo nuevo puede surgir en beneficio de sus derechos fundamentales y de sus expectativas inútilmente alimentadas. Nunca la desesperanza es completa, siempre el espíritu alienta la esperanza, el agua siempre encuentra una salida. En este campo de operaciones políticas la sociedad se divide, la comunidad se altera y la persona se siente zarandeada.
Aparece la inestabilidad apoderándose de las instituciones y la inseguridad en los programas de desarrollo. La sociedad y sus instituciones viven una fatiga temporal que les resta fuerza, aliento e ilusión.
Éste es curiosamente el complejo trazado en el que se ha impuesto la democracia representativa, éste es el curso del río democrático en nuestro país. Sus aguas han sido tradicionalmente agitadas por los desbalances entre la propuesta y la respuesta política a las necesidades, derechos y responsabilidades de la población; en esta coyuntura electoral de intensos aguaceros políticos el río democrático sale de madre ocasionando inundaciones que dejan importantes huellas humanas y sociales.
Frente a esta visión que dibujan los analistas políticos, el educador se pregunta: ¿abona todo esto a la educación ciudadana? Pese a todo, ¿genera nuestro proceso electoral educación ciudadana? Nadie duda que un proceso electoral dentro de los cauces verdaderamente democráticos constituye un importante hecho educativo en tanto cada ciudadano se siente miembro de una comunidad que debe escoger y depositar su confianza y representatividad en determinadas personas como responsables de la gestión pública y administradores del poder en beneficio de la colectividad de la que emana.
Este hecho esencialmente educativo implica desarrollar la reflexión y el análisis detenido tanto sobre la precaria situación de la mayoría de nuestra población como del contenido preciso y viabilidad real de las propuestas políticas, así como de la calidad humana, moral y de estadistas de los candidatos. El hecho de elegir a quienes gobernarán exige afinar los criterios para tomar decisiones personales de enorme trascendencia para el país y en él para los grupos de población más vulnerables y más estratégicos para el desarrollo equitativo y el bienestar compartido.
El hecho de elegir alienta el compromiso ético respecto de la responsabilidad de cada ciudadano para decidir por un proyecto económico compatible con la superación de la pobreza y de las disparidades que martirizan a grandes mayorías de la población.
Para esto es necesario desterrar el juego compulsivo de las descalificaciones, mentiras y ofensas e incluso odios encaminados a denigrar a los adversarios políticos manejando estratégicamente los antivalores que obscurecen la lucidez y el equilibrio que necesita el ciudadano para cumplir con la responsabilidad de un derecho y una obligación de enorme trascendencia ciudadana.
La presencia viva de algunos antivalores en la lucha de los partidos por el poder deja una lección implícita muy peligrosa en muchos ciudadanos, sobre todo estudiantes: “que es necesario hacer uso de los antivalores para alcanzar el éxito”, lección que puede convertirse en una cultura social.
No obstante, un proceso electoral sólo será educativo cuando el conjunto de factores asociados a la decisión de cada elector esté acompañado de un clima propicio, sano, veraz, alentador y ciudadano. Es, pues, necesario educar el proceso electoral.
Si gobernar es educar, según un viejo principio democrático, elegir a los gobernantes es educar a la ciudadanía.
Esto esperamos que acontezca en Nicaragua 2006.