Opinión

¿Quién se atreve a entrar?


Fue de noche. Estaba de visita en el hospital y los escuché hablar entre ellos. Uno preguntó: “¿quién se atreve a entrar?” Eran dos médicos frente a un quirófano donde les esperaba una joven embarazada en situación de riesgo. Supuse que la pregunta que se hacían no sólo tenía relación con la dificultad de la operación, sino con otras implicaciones relacionadas con el aborto.
Por una razón o por otra, he ido conociendo durante los últimos años a varias mujeres que han abortado en diferentes situaciones, por diferentes causas. Cada una de ellas era un mundo y una historia. No encontré dos casos iguales, ni siquiera semejantes. Pero en todas, al llegar al final, cuando uno terminaba de escuchar todo el proceso, después de aceptar las idas y venidas de las propias ideas y los juicios, de las suposiciones y los prejuicios, al escuchar totalmente la historia, uno quedaba sin respuestas, con una mezcla de sentimientos y una nebulosa en las ideas.
Hablando de forma muy general, y de entrada, uno rechaza el aborto como primera opción en ciertos casos. En otros países donde hay más permisividad legal al mismo se está dando entrada a algo muy cercano a lo que sería tener hijos a la carta, o al menos a la primera opción del rechazo si el hijo no viene como se deseaba. Discutir si eso está dentro de los derechos humanos o particularmente entre los derechos de la mujer es muy difícil que nos lleve a una conclusión.
Igualmente difícil resultaría llegar a un consenso sobre la precisión de las circunstancias en las que en Nicaragua o en muchos países de América Latina el aborto terapéutico debe estar contemplado. Si la realidad supera siempre a la ficción, cómo no vamos a esperar que la realidad supere a la ley. Es imposible que una ley sobre el aborto entre de noche en una casa donde una niña está siendo violada, una niña forzada a ser una madre ficticia, además a poner en riesgo su vida. Es imposible que la ley entre en todas las aristas que presenta ese problema, en la mente del agresor o en el sufrimiento o la capacidad de restauración de la inocencia. Es imposible que la ley entre allí donde no se puede regular ni legislar en lo que ocurre después. En cualquier caso, lo que está en discusión son los casos en los que es legítimo el aborto terapéutico y no el uso del aborto como un método más de planificación. Creo que hay una tendencia maliciosamente intencionada en que se nos confunda.
Pero también es difícil que la ley llegue a entrar en los miedos, la ansiedad o el pánico, así como en las ideas de una mujer joven que un día decide abortar. Redactar causas y consecuencias con el fin de prever, incluso unos mínimos, nos llevaría a no dejar de rescribir semejante ley durante toda la vida. En el último aborto público practicado a una niña en Colombia volvió a estar sobre el candelero la virulencia con la que este debate se lleva a cabo en término de lo bueno y lo malo. Imagino que mucha gente debe sentirse muy mal al escuchar unas y otras declaraciones.
En cualquier caso, creo que es un error y lo digo con el riesgo de cualquier opinión personal, que de este tema se haga un debate público y ruidoso que se reduzca al sí o el no. Todo lo que conlleva al aborto tiene mucho que ver con el silencio, y todo eso es lo que no está en el debate, sino tan sólo el final de esta historia, lo cual me parece cuanto menos injusto. El aborto pertenece a un ámbito que debería ser más discreto, y no deberíamos permitir que una mayoría asamblearia de estos diputados que conocemos decidieran legislar algo sobre lo que el silencio y la escucha enseña mucho más de lo que los debates a voz en grito. En Estados Unidos, por ejemplo, se mira cómo muchas de las personas que salen con sus pancartas a protestar contra el aborto y condenan a las personas que lo practican sin importar sus condiciones o causas, en ocasiones, son las mismas que se paran en frente de la puerta de algunos juzgados y de algunas cárceles para defender la pena de muerte. En ambos casos aseguran que defienden la vida. Pero yo creo que ciertas doctrinas religiosas pueden llegar a postular algunas sentencias que se contradicen a sí mismas, lo cual no es malo, pero pienso que sí lo es llevar esa contradicción al ámbito de la ley como si no fuera contradictorio. En este asunto, la comunidad médica debería tener un papel principal en medio del debate, y no sólo grupos religiosos o políticos, precisamente porque se está hablando de la salud y de la vida.
Antes de enredarme más aún quisiera compartirles la inquietud de respetar una reflexión sobre el aborto en un ámbito más discreto, así como todo lo que tiene que ver con el aborto, lo cual va mucho más allá de una mujer o, incluso, una niña esperando en el quirófano de un hospital una noche. Ojalá que la ley no intente tocar más allá de lo debido y ojalá que esto no se mezcle con la campaña electoral o con una manipulación vulgar del dolor, de la soledad de las mujeres que lo han sufrido a costa de unos votos, o del fingimiento de unas cuantas conciencias que defienden la vida cuando les interesa y le vuelven la espalda a muchísimas otras causas que produce aún más víctimas inocentes. Sigo pensando que el aborto no es un asunto para gritar sino para quedarse en silencio y escuchar. Nunca se sabe. ¿Quién se atreve a entrar y decir lo que está bien y lo que está mal? ¿Quién se atreve a gritar algo tan rotundo? Cuando gritamos tanto se nos olvida el daño que hacemos a quienes quedan en silencio aguantando el trallazo de nuestro juicio. Es injusto el daño que hacemos sin saberlo. Prefiero sospechar de los que tienen ideas muy claras en este asunto, de quienes gritan tan fácilmente lejos de lo que queda en silencio detrás y después del aborto. ¿Quién se atreve a entrar a decidir en medio de tanto silencio en el que no sabemos lo que ocurre?
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