Opinión

Esos rótulos que asoman en todos lados


Desde la parada de bus donde pasa la ruta 119, a media cuadra de la esquina de la Racachaca, barrio Altagracia, se ve uno de los gigantescos rótulos publicitarios que, aunque por sus características aparenta ser una invitación para una fiesta infantil (piñata), es un cartel, valla de carretera que llama a simpatizar por el candidato ex presidente revolucionario y ex guerrillero.
Es apabullante la ofensiva propagandística, lo cual ha causado conmoción y desconcierto en algunos sectores de la opinión pública.
Ningún producto comercial ha tenido tanta presencia en la ciudad capital, su rostro está por todos lados. El costo de tal despliegue es cuantioso, calculado en varias decenas de miles de dólares mensuales, por causa de los materiales usados en su construcción, por la ubicación, el tamaño y la multiplicación de los rótulos en los diversos tamaños.
Es imposible transitar por las principales calles y vías sin toparse con los mensajes rosados y celestes de la alianza “Nicaragua unida”: un comandante sandinista y un jefe de la Contra se unen en carteles contiguos o en un mismo cartel. Tanta cantidad hace palidecer a los refrescos gaseosos, a los licores, a las transnacionales de la comunicación, etc.
Cabe preguntarse si la génesis de este aparato publicitario es de naturaleza mercadotécnica o de naturaleza populista masificante. En los países totalitarios, cualquiera que sea su signo ideológico, no existe más producto ofertable que el sistema mismo, no hay más mensajes que los emitidos por la cúpula dictatorial. No se publicita nada que no provenga de la voz oficial: prevalece la consigna, ésta puede ser la del día, de la semana, del mes, del año, o de cualquier causa coyuntural. Esto Nicaragua lo vivió en carne propia y hasta la saciedad en los años ochenta.
En aquellos años, solicité empleo en una empresa adscrita, como la mayoría de las empresas, a la administración estatal. Quien me atendió era un chileno que cifraba los 50 años, me habló en forma cortante: “Mirá, en la revolución no necesitamos mercadotecnistas, casualmente yo estudié eso, pero estoy trabajando en otra área. Cómo crees vos que vamos a necesitar lo que aprendimos en la universidad si la gente aquí hace colas (filas) para comprar lo poquísimo que podemos ofrecer. Entiende, ese es nuestro sistema”.
Pensé que al ser colega y al llegar a esa conclusión, en el rostro del cooperante internacionalista, iba a dibujarse un deje de tristeza, pero sucedió todo lo contrario, pareció divertirse porque todos debíamos hacer largas filas para obtener nuestros productos racionados por el sistema. Pareció complacerse con el hecho de decirme que nuestra profesión no servía a los fines revolucionarios, tuve la percepción que me decía bye, que te vaya bien en Miami.
No me fui para Miami, me quedé sobreviviendo en el desbarajuste social y económico del sistema revolucionario sandinista.
Antes de eso yo había estado trabajando en una entidad financiera, por supuesto estatal, como todo en el país; un banco donde sus principales funcionarios no eran banqueros, eran milicianos, reservistas, cortadores de caña, recolectores de algodón, etc. Los superiores nos conminaban a que fuéramos a cortar café. En ese diciembre iba a nacer mi hija, estábamos en noviembre, yo les argumentaba en cada una de sus acometidas, que no podía ir, poniendo como motivo el nacimiento de mi hija. “No, ése no es un motivo válido, compañero, para dejar de poner su cuota de sacrificio para la revolución”, me contestaban.
Aunque trabajé profesionalmente, jamás me ascendieron de puesto, y después de la tercera negativa para ir a los cortes de café me despidieron, por “negarse reiteradamente a solidarizarse con los principios revolucionarios”, lo cual me convertía en poco menos que un contrarrevolucionario o un paria. Entonces, no bastaba rendir eficientemente en el puesto de trabajo, no bastaba con ser un correcto empleado, había que pagar una cuota a los funcionarios verde olivo, había que sufrir en las montañas, tal como habían sufrido ellos, como soldados reservistas o cortadores del grano rojo. Siete años de estudios universitarios tirados a la borda.
En esa época no había supermercados, centros comerciales, productos de aseo... en realidad no había nada, sólo abundaba el mercado negro. Todo esto viene a mi mente cuando desde los distintos ángulos de la cuadra arriba mencionada, avisto ese enorme rótulo.
En los años ochenta existieron otros similares a ese, eran iguales de inmensos, tenían la consigna del año, “año del corte de café”, “año del corte de algodón”, “no pasarán”; la consigna de la semana, “semana de la defensa de la revolución”, “semana antiimperialista”. Otras vallas de carretera mostraban los rostros de los dirigentes, los de la “vanguardia”, los de la Dirección Nacional, que le recordaban a la población quiénes eran los que ordenaban y quiénes tenían a fuerza que obedecer. En su despliegue publicitario ellos no sufrían la competencia de ninguna firma comercial, de ningún producto de consumo.
El colmo, un comandante que le gusta nombrarse histórico, reeditando lo dicho por Fidel unos diez años antes, se atrevió a prohibir el consumo e importación de goma de mascar, aduciendo que era dañino para la salud y servía para malgastar nuestras escasas divisas, además dijo que el baño con paste era suficiente, que el jabón era innecesario.
Hoy, la cosa es diferente, los rótulos y vallas de carretera del ex guerrillero y ex presidente Ortega, compiten, aunque con demasiada ventaja, con las ofertas del mercado de consumo en el que todos participamos de una u otra forma.
De lo que no estoy claro todavía es si este despliegue publicitario tiene sus raíces en la reivindicación de la mercadotecnia –por parte de esos mismos dirigentes de antaño -- como un medio válido para obtener un fin, en este caso la compra de su oferta electoral.
O si todo el aparato desplegado nace de un afán totalizador, excluyente, opresivo, similar a aquellos rótulos que en los ochenta, publicitaban la infalibilidad, la bondad y eternidad del sistema único y excluyente, populista y totalitario, que se dio el lujo de destruir el sistema de libre mercado. El mismo que hoy estamos gozando todos los nicaragüenses, niños, jóvenes, adultos.

Ojalá no vayamos a correr el riego de perderlo nuevamente.