Opinión

El desafortunado discurso de un director de Cultura


Fui invitado personalmente por don Julio Valle Castillo, Director General del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC), para el acto de “Reinauguración del Museo Nacional de Nicaragua (destruido desde 1972)”, según dice literalmente la antológica tarjeta de invitación que recibí en mi casa.
Desde el recibo de esta tarjeta debí imaginarme que el discurso del Director General de Cultura iba a alcanzar el grado de desafortunado e iba a significar una ofensa para la memoria de tantas personas que arduamente y con entera dedicación amorosa han posibilitado desde 1897 hasta la fecha que don Julio Valle Castillo tuviera la oportunidad de “reinaugurar” el Museo Nacional de Nicaragua, que por ventura del Decreto No. 49-97 lleva por nombre: “Dioclesiano Chávez”, aunque en la tarjetita fue omitido irrespetuosamente por el poeta director.
Y muy ingenuo me fui vestido de traje formal, como mandaba la invitación, del brazo de mi esposa, Lidia del Carmen, al acto que estuvo presidido por el presidente, ingeniero Enrique Bolaños Geyer, quien correspondió los desmesurados y serviles halagos de su Director General de Cultura, cometiendo el mismo error que su desmemoriado funcionario al decir que “desde 1972” no habíamos tenido Museo Nacional en Nicaragua.
¡Por favor!....Un presidente mal asesorado por su Director General de Cultura no tiene tanta culpa como quien le asesora, pero tampoco se le puede excusar. ¿Así que desde 1972 no teníamos Museo Nacional en Nicaragua? Entonces, ¿qué fue lo que hubo durante años en la Colonia Dambach y que celosamente doña Leonor Martínez viuda de Rocha cuidó y supo salvar de la destrucción del terremoto de 1972 y de la guerra de 1979?
¿Qué hubo en el Palacio Nacional de la Cultura desde 1997, cuando siendo Director General de Cultura el autor de la presente “carta de desagravio” junto con doña Leonor y con Ana María Rocha, Manuel Román, Roberto Martínez, Edgar Espinoza, entre otros dignos amantes del Museo, hicimos la loable labor de trasladar el Museo Nacional hacia el Palacio de la Cultura, siguiendo la obra iniciada por doña Gladys Ramírez viuda de Espinoza, Ministra de Cultura de doña Violeta Barrios viuda de Chamorro?
¿No había Museo Nacional? Entonces, ¿qué había? Un tanto chistoso resultó para mí observar cómo los miembros de la honorable delegación presidencial que asistieron a la “reinauguración” del Museo Nacional (me gustaría saber si le quitó Julio Valle el nombre de “Dioclesiano Chávez” al Museo Nacional) abrían sus bocas asombrados al entrar al maravilloso mundo de la Sala de Paleontología (inaugurada en 1997), luego pasar por la Sala de Cerámica Prehispánica (inaugurada en 1998), y ver con asombro una exposición de cerámica comercial contemporánea, donde en 1999 habíamos fundado la Sala de Estatuarias, ahora borrada de la museografía del museo por el poeta Valle Castillo.
¿Y dónde están las impresionantes estatuas prehispánicas que antes tenían su sala especial en el Museo Nacional? (Perdón, debo suponer que yo soñé que había Museo Nacional, pues según el presidente y Valle Castillo, no había desde 1972). ¿Dónde están?...Volvieron a la calle, como a los artistas se les manda a la calle, igual que sucedió recientemente con un artista de apellido Salmerón, así las estatuas prehispánicas fueron echadas de su honorable sitial a los corredores del Palacio, ¡exponiéndolas a la brisa, al sol, al viento y al daño de alguno que otro visitante curioso!
¿No sabrá Julio Valle que esto podría implicar deterioro o daños irreparables a las estatuas prehispánicas que él mandó a desalojar de su digno sitial, para ponerlas como adornos de corredor por el Palacio Nacional de la Cultura? ¿No le han asesorado sus funcionarios del Patrimonio Cultural en el sentido de que si estas estatuas se dañan, implica para él una responsabilidad penal? Supongo que, como le dijo Julio a Salmerón, en el Palacio manda él, al menos hasta el 10 de enero de 2007.
Y por último, vi con asombro cómo el poeta director mandó a poner a la entrada al Palacio Nacional el antiguo mural que miles de niños habían visto cada año en las visitas escolares a la Hacienda San Jacinto. Al poeta le gustó el mural y se lo llevó al Palacio de la Cultura. ¡Despojó a San Jacinto no sólo de sus armas antiguas, sino también de su mural característico! ¿Quién puede detener tanta arbitrariedad del estimado poeta?
Pero lo que realmente me dolió no fue solamente ver que el mural de San Jacinto ahora esté en el Palacio Nacional despojando a San Jacinto de su mural, sino que para ponerlo torpemente en el lobby del Palacio, Julio Valle mandó a quitar sin ningún escrúpulo las fotos de Carlos Martínez Rivas, de Leonor Martínez viuda de Rocha, de Pablo Antonio Cuadra, de Pilar Aguirre, que antes daban la bienvenida a los visitantes desde lo alto de las paredes del lobby. ¿A qué bodega las mandó a esconder?
Con todo, doy gracias a Dios que ellos dos ya se van.
*Ex director general del INC.
Managua, 24 de agosto de 2006.
Día de la Reinauguración del Museo Nacional de Nicaragua (¿Dioclesiano Chávez o Julio Valle Castillo?).