Opinión

¿Juana la Loca o violentada?

“Tanto oye una hablar de la irracionalidad del amor, pero yo no me imaginaba que podía obligarlo a uno a actuar contra uno mismo”… (El pergamino de la seducción, Gioconda Belli)

“A los días en que Felipe se vuelca en ternuras conmigo se suceden otros en que siento que se desprecia por quererme. Tras una noche de pasión y risas puede que se levante de la cama por la mañana negándose incluso a dirigirme la palabra. Altanero y distante me humilla frente a los demás actuando como si yo le estorbara”.
Con esta frase Gioconda Belli, en su novela “El pergamino de la seducción”, plantea la reflexión que hace Juana de Castilla (personaje principal) para tratar de encontrar una respuesta a la actitud violenta que adopta su esposo Felipe en su contra. Pero además trata de descifrar el porqué de su actitud pasiva, como víctima de esa violencia.
Juana tenía temor de perder el amor de Felipe, y amparándose en ese sentimiento él se permitió una serie de atropellos en contra de la reina. Desde infidelidades hasta el maltrato físico y psicológico.
En la novela se recrean escenas del matrimonio entre los reyes que demuestran la desventura de esa relación.
La lectura de esta obra me llevó a reflexionar sobre este tipo de situaciones que han sucedido a lo largo de la historia y continúan vigentes en las relaciones de pareja. Pero sobre todo me detuve a pensar en la posición que ocupaban los personajes miembros de la monarquía española, envueltos en ese ambiente de violencia. Hablamos de la Edad Media. Pero es lastimoso saber que en la actualidad, las mujeres, de igual forma, o quizás peor que en esa época, continúan siendo víctimas de violencia en su propio hogar.
Me pregunto cuántos Felipes y Juanas modernos conocemos en nuestro entorno. Mujeres que sufren violencia intrafamiliar sin importar si son jóvenes, casadas, solteras, profesionales, amas de casa o madres de familia. Hombres que usan su fuerza física para agredirlas en arrebatos de cólera, ya sea por cosas insignificantes o por problemas mayores.
En sus estadísticas, la Policía Nacional reporta que el año pasado 66 mujeres perdieron la vida a causa de violencia intrafamiliar, cifra similar a las registradas en España, aún cuando Nicaragua tiene mucho menos población que aquel país.
De cada dos mujeres, al menos una había sido agredida por su compañero alguna vez en su vida, según un estudio realizado en 1996, presentado recientemente por la Fiscal adjunta María Lourdes Bolaños durante un seminario internacional sobre violencia de género en nuestro país. Es decir, si se salva una, la otra no. ¿Con quién estará la suerte?
Creo que la suerte de las mujeres no cambiará mientras exista el temor, no sólo por denunciar esos actos violentos, sino por dejar de ser amadas, de no encontrar a alguien que realmente las valore y les dé el lugar de reina en su hogar y en su corazón. Pero, además de vencer el temor, las mujeres deben enfrentar los obstáculos de la justicia, que no es su mejor aliada en esos momentos.
En nuestro país, la violencia intrafamiliar no está tipificada como delito autónomo. Cuando llegan a una delegación policial, las mujeres se encuentran que para interponer la denuncia contra su agresor deben de llevar al menos dos testigos (algo muy difícil, si el hecho se dio en la intimidad de una habitación). El dictamen del médico forense no será de mucho peso si no quedan señales visibles de por vida, si el hematoma desaparece a los ocho días de la agresión será muy fácil para el agresor interponer un recurso de amparo, que seguramente dormirá el sueño de los justos en el Tribunal de Apelaciones.
Mientras tanto, la inversión de tiempo y dinero que hace la mujer agredida en este caso no podrá ser resarcida por el agresor, si es que éste resultara culpable del delito, porque ese caso corresponde a la vía civil, y ahí es otra historia. Otro proceso, y otro montón de dinero que gastar.
¿Y el agresor? Bien gracias en su trabajo. ¿La víctima? Despedida de su cargo como arquitecta de una prestigiosa firma constructora por ausentarse quince días esperando que se borren los morados, que después se pusieron verdes y finalmente amarillos. ¿Y las lesiones psicológicas, quién las cura?
Eso no es nada. Lo peor ocurre cuando el agresor regresa, con piel de oveja, diciendo que estaba bajo los efectos del alcohol. Rehacen su vida. Las marcas de la violencia no se ven a simple vista. En el corazón de ella quedan cicatrices de aquella noche que desea olvidar, pero no puede, cuando lo ve acostado en su cama durmiendo plácidamente y, para colmo de males, roncando.
Periodista
Docente UNAN-Managua