Opinión

Revolución en las prioridades


Ante el fracaso, al final del presente siglo, de muchas de las utopías sociales concebidas en el siglo pasado, la humanidad se aproxima a un nuevo milenio bajo el signo de la incertidumbre.
Afortunadamente, tales fracasos no entrañan el fin de las utopías. La humanidad no puede renunciar a la utopía, así como el hombre no puede renunciar nunca a su capacidad de soñar. Y las utopías, nos dice Octavio Paz, “son los sueños de la razón”.
¿Y para qué sirven entonces las utopías? Para orientar nuestro rumbo, para dar un Norte a nuestros pasos, aunque nunca lleguemos a ese Norte ni logremos realizar plenamente las utopías. Pero, al menos, su existencia nos permite avanzar. Dice don Hélder Cámara: “Cuando uno solo sueña, es un sueño, una fantasía; una ilusión; pero cuando soñamos juntos, es ya una esperanza, una hermosa utopía”. La utopía es, pues, un sueño compartido.
Una utopía viable sería promover una “revolución en las prioridades”. No se trata de proponer una revolución social, que podría generar suspicacias, sino algo mucho más simple: que demos a los problemas y necesidades de nuestro pueblo la prioridad que merecen.
Es obvio que, en estos momentos, los problemas más apremiantes que enfrenta Nicaragua son la pobreza y el desempleo. Ellos deberían figurar en el primer lugar de la agenda nacional y merecer la atención prioritaria de los candidatos presidenciales, de los partidos políticos y de la sociedad civil organizada. Hacerlo así es un imperativo ético y político para todos. Esto sería dar curso a la “revolución en las prioridades”.
Para combatir la pobreza y el desempleo no bastan las recetas neoliberales. Si no partimos de la solidaridad, que es “el nuevo nombre de la fraternidad”, no lograremos superar ese flagelo. Si no hacemos del desarrollo social el núcleo mismo del desenvolvimiento económico, el predominio de los esquemas crudamente neoliberales seguirá generando una sociedad dual de pocos ricos, cada vez más ricos, rodeados de un océano de pobreza. Un esquema de tal naturaleza minaría las raíces mismas de la democracia. No debemos contentarnos con obtener buenas calificaciones de parte de los organismos internacionales de financiamiento, exhibiendo éxitos en el plano macroeconómico, como son el control de la inflación y la reducción del déficit fiscal. Para el ciudadano común y corriente, lo que cuenta, en última instancia, es la microeconomía, la economía de lo cotidiano, la satisfacción de sus necesidades básicas, su bienestar.
Para combatir a fondo la pobreza y el desempleo se requiere un verdadero Plan de Nación, inspirado en la solidaridad humana. Los nicaragüenses hasta ahora no hemos superado la visión cortoplacista en todo lo que atañe a nuestro destino. Vivimos en el presente, mirando más hacia el pasado que al futuro. Pareciera que hay quienes quisieran edificar el presente calcándolo del pasado, o que imaginan el futuro como una reactualización del pasado, cual si fuésemos “arqueólogos del pretérito”. La reflexión prospectiva no suele formar parte de nuestras preocupaciones y está totalmente ausente en nuestro quehacer. Nos consumimos en lo inmediato y nuestro horizonte político no suele ir más allá de los procesos electorales más próximos.
Nuestra praxis política, en vez de progresar hacia formas más modernas, que nos permitan crear una cultura del diálogo y el consenso, susceptible de servir de fundamento a un Proyecto de Nación, compartido por todos los nicaragüenses, y de generar políticas de Estado que trasciendan la duración de los gobiernos y den continuidad a los esfuerzos colectivos, pareciera empeñarse en la conservación de las modalidades políticas más obsoletas: el caudillismo y los pactos prebendarios. Estimamos que es hora de crear una nueva cultura política, de profunda raíz ética. Hay conceptos elementales, en torno a la estrecha relación entre la ética y la política, que nunca está de más recordar como aquél que proclama que el fin último de la política no es el poder por el poder mismo, sino el bien común. La revalorización ética de la política llevaría a la ciudadanía a recuperar la credibilidad en la política y en los políticos. Esto es especialmente importante para los jóvenes, quienes suelen estar tentados a marginarse de toda actividad política ante el rechazo que les produce la conducta antiética. La función del político es servir y no servirse. Elegir el camino de la política es elegir el camino del servicio público.
Una revolución en las prioridades seguramente sacaría a nuestros jóvenes de su apatía e indiferencia ante lo político.
Managua, agosto de 2006.