Opinión

Pragmatismo resignado y mesianismo escatológico


O sea, el complejo del dominado y el complejo del dominante. El primero condiciona la conducta y el pensamiento de los políticos tradicionales nicaragüenses; el segundo se los condiciona a los políticos estadounidenses. Nunca ha sido distinta la relación entre Nicaragua y los Estados Unidos, durante ciento cincuenta y siete años.
Andrés Pérez Baltodano, autor del libro “Entre el Estado Conquistador al Estado Nación: Providencialismo, pensamiento político y estructuras de poder en el desarrollo histórico de Nicaragua” (2003), ofrece una cabal visión de nuestro pasado, del papel desempeñado por los políticos libero-conservadores y la función de la Iglesia Católica ante la injerencia de los Estados Unidos. En este libro se encuentra ese concepto clave para, en dos palabras, definir ese tradicional entreguismo ante los gringos: el “pragmatismo resignado”. No es, como alguien supuso, aplicable al pueblo nicaragüense, sino a los políticos profesionales, aunque, por su influencia enajenante, lo comparta algún sector popular.
Jorge Eduardo Arellano, en su libro “La pax americana en Nicaragua (1910-1932)” –2004—, utiliza un concepto complementario al de Pérez Baltodano, porque define la actitud de los gobernantes de Estados Unidos hacia países pequeños como el nuestro: “El mesianismo escatológico o la escatología mesiánica”. Los dos conceptos ayudan a tener una mejor comprensión del mismo fenómeno.
El “pragmatismo resignado” es la conducta condicionada del político libero-conservador ante la injerencia gringa, y con su sentido práctico se adapta a esta situación, la justifica, la propicia y actúa en consecuencia. Esta práctica le consolida mentalmente su complejo de dominado que espera de la injerencia extranjera “ese futuro de engrandecimiento y de riquezas” para Nicaragua, según lo expresó el “presidente” Adolfo Díaz ante Philander C. Knox (enero 14, 1912), citado por Arellano.
El concepto de Arellano define la mentalidad imperial de los políticos gringos de principios religiosos y racistas, que se sienten superiores y predestinados por Dios para la dominación mundial. Tras esta “misión” robaron primero más de la mitad de México, después neocolonizaron países pequeños (Puerto Rico, Filipinas, Guam), y en seguida impusieron su injerencia en otros (Cuba, Nicaragua, República Dominicana, Panamá, etcétera). Su política de conquista es inspirada en un providencialismo practicado desde la cúpula del poder imperial.
Pérez Baltodano describe la actitud de los gobernantes gringos según la naturaleza imperialista del sistema económico-social de su país, que les impulsa su acción conquistadora con el uso del capital financiero como instrumento de dominación y la agresión militar como recurso extremo tras el mismo fin. Arellano enfatiza en este fenómeno una desviación moral y religiosa con que se justifican los actores de la voracidad imperial de los Estados Unidos; es decir, enfatiza en la consecuencia ideológica: el “mesianismo escatológico o escatología mesiánica”, y no tanto en las causas económicas y sociales del sistema.
Pérez Baltodano ve la voracidad del imperialismo y la actitud servil de los conductores de la política criolla como dos aspectos de un mismo fenómeno histórico, mientras Arellano muestra tendencia a exculpar a los responsables de la política interna, y a verlos como víctimas del racismo gringo, para lo cual se apoya en historiadores como Pedro Joaquín Chamorro Zelaya –conservador— y de Sofonías Salvatierra –liberal.
Arellano señala la discriminación de que eran objeto los electores en la Constitución de 1858 –la de los treinta años conservadores-, según la cual el derecho a votar y a ser elegido dependía de poseer determinada cantidad de dinero; a la “matrícula” en las haciendas para garantizar la mano de obra, no le ve su matiz semifeudal. Más bien, Arellano sorprende al calificar al conjunto de gobernantes de esta época (herederos de sangre e ideología de los colonialistas españoles) como un “patriciado progresista”.
Una de las razones de Arellano para hacer tal calificación es que los gobernantes respetaron la alternabilidad en la presidencia y la libertad de prensa. Obvia el hecho de que la alternabilidad no era democrática, sino el reparto del poder entre una misma clase, por medio del mecanismo constitucional de excluir a quienes no tenían dinero; y que una “libertad de prensa” en un país con una población casi analfabeta y discriminada políticamente es una libertad mítica.
Pérez Baltodano hace ver cómo entre los gobiernos imperiales gringos y los políticos resignados nicaragüenses obstaculizaron la construcción de un verdadero Estado nacional, y dieron continuidad al Estado conquistador, de herencia colonial. Arellano centra su estudio en los tratados que durante veintidós años Estados Unidos firmó con los gobernantes nicaragüenses, a través de los cuales determinó los planes económicos, los asuntos políticos y electorales, y orientó su ejecución a los políticos, según le convenía al invasor.
El papel de la Iglesia Católica nicaragüense en el estudio de Pérez Baltodano resalta en su justa magnitud como cómplice y justificadora del “pragmatismo resignado” y del providencialismo de los políticos libero-conservadores, porque “Dios es la fuerza y la inteligencia suprema que gobierna el destino de los individuos, de las naciones y del mundo”. Por lo tanto, la presencia permanente de los Estados Unidos en los asuntos internos de Nicaragua es un destino trazado por Dios, ante cuya voluntad nadie puede hacer nada, sino resignarse y colaborar.
Arellano le dedica poca atención a la Iglesia Católica como aliada de las oligarquías criollas, pero hace referencia al concordato como uno de los elementos del carácter confesional del Estado conservador de los “treinta años”, pues la Constitución de 1858 “mandaba al gobierno proteger el culto de la Religión Católica, Apostólica y Romana, declarándola oficial de la República.” El caso del obispo Simeón Pereira y Castellón, quien protestó contra la intervención gringa, es un caso excepcional y una de sus pocas referencias al papel de los jerarcas católicos.
Arellano casi omite a Sandino, quien, precisamente, levanta la bandera de la dignidad nacional frente a los practicantes del “pragmatismo resignado”, y los portadores del “mesianismo escatológico”. De Sandino, sólo reproduce las dos menos trascendentes frases dirigidas a Moncada respecto al pacto del Espino Negro: “Que la resolución que usted tome sea la más acertada; y “…en el caso de que no se tratara de un arreglo (…) yo opinaría que la base fundamental, indispensable, debe ser la presidencia del doctor Sacasa.”
A Moncada y su justificación por los del Espino Negro le dedica dos capítulos: “La misión pacificadora de Stimson” y “La perspectiva constitucionalista de los hechos” (páginas 187-194). Algo curioso: la razón patriótica de Sandino para enfrentar la intervención de los Estados Unidos (no mencionada en el libro) es la misma razón de Moncada para rendirse: Sandino dijo a pesar de que, y Moncada dijo porque “su Ejército, (es) uno de los más poderosos de la tierra…” Un simple adverbio de modo y cuatro simples conjunciones determinaron las dos posiciones ante el imperialismo que aún persisten en nuestro país: “el pragmatismo resignado” y su contrario, el patriotismo. Igual: derecha e izquierda.