Opinión

Peligro en las carreteras


Quienes creímos que los guardaespaldas-policías de Nicaragua habían hecho un acto de contrición al pedir disculpas al Ejército por la malmatada que le dieron al teniente coronel Adolfo López Quintero, el pasado 1 de agosto, estábamos equivocados.
Los sujetos uniformados y armados hasta los dientes siguen constituyendo un serio peligro para la ciudadanía honrada que utiliza las calles para desplazarse hacia sus trabajos, sus centros de estudios o el lugar que sea.
Mayor riesgo corremos quienes nos cruzamos en el camino con las caravanas de los políticos de este país, en particular la del presidente Enrique Bolaños, cuyos guardaespaldas, desde que salen de El Raizón, pretenden que la Carretera a Masaya sea de ellos, y van apartando con violencia e insultos a cuanto ciudadano encuentran en la vía.
Los conductores no saben qué hacer cuando tienen la desgracia de toparse con don Enrique y sus muchachos, quienes de forma peliculesca se toman todos los carriles, a la vez que gritan, de manera grosera desde un altoparlante, que se aparte todo el mundo.
La prepotencia que se escucha desde el megáfono intimida, irrita e indigna y nada se puede hacer ante estos matones con licencia para ofender, humillar, golpear y hasta matar, si retrocedemos en el tiempo al caso del joven Jean Paul Genie, y otro señor asesinado en lo que hoy es la rotonda de Metrocentro y cuyo nombre nunca supe.
El viernes 25 de agosto, a las 6:40 a.m., precisamente antes de llegar a la rotonda “Jean Paul Genie”, tuve el infortunio de coincidir en la vía con don Enrique y sus custodios, quienes venían detrás mío a toda velocidad y armando tremenda batahola con sus sirenas, megáfonos y gritos.
Un espectáculo bochornoso sin duda para alguien que se ha autodefinido siempre como un presidente democrático, y que como tal debería respetar al pueblo que lo eligió, exigiendo a sus guardaespaldas mayor cordura y educación que la que habitualmente exhiben.
Sabemos de la escasa cultura de estos hombres, quienes precisamente no son escogidos por poseer un brillante currículum. Para ser escolta y proteger a la personalidad que te asignan, pareciera que debés ser despiadado, vulgar, prepotente, exhibicionista y hasta medio especial para estar dispuesto a dar la vida por otro hombre.
Entre la escolta de don Enrique Bolaños merece especial referencia el puntero, un patán vestido de policía que montado en una motocicleta encabeza la caravana y que va gritando obscenidades a quienes no logran atinar que a unos cincuenta metros detrás de ellos se acerca el primer ciudadano de la nación, quien no desea ver a nadie en su camino.
El patán-policía-escolta tiene una cara agria, cuyos rasgos no logran ocultar el casco y los lentes oscuros bajo los que enmascara su aparente odio hacia todo aquél que no adivina a qué lado quiere él que se mueva.
¡Apartate, cabrón!, grita encolerizado –y envalentonado por los colegas armados que trae detrás- el guardaespaldas de la moto, acercándose peligrosamente a las ventanillas de los conductores, no importándole que los receptores de sus insultos sean mujeres, ancianos o adolescentes.
El sujeto está programado para “morder” e ignoro si don Enrique alguna vez ha notado el soez comportamiento de sus cancerberos y el del motorizado en particular, cuyo salario pagamos todos los nicaragüenses, incluyendo las víctimas inocentes de sus amenazas y ultrajes.
Cuando el motorizado ataca verbalmente a alguien es como si dejara una marca de feromonas en el lugar, porque los otros de la manada –los que vienen en vehículos-, de inmediato montan un pequeño, relampagueante y conminatorio cerco, que busca “neutralizar” al ciudadano-terrorista que osó volver a ver con mala cara al guardián que limpia de “peligros” el camino de su Señor.
Y ¡ay! de quien se atreva a responderle algo al de la motocicleta, porque correrá la misma o peor suerte que la del teniente coronel López Quintero, o en el mejor de los casos lo acusarán de “atentar contra el Presidente” o contra la “Policía y sus agentes”.
En un país civilizado, con policías-custodios civilizados, lo lógico sería que el ciudadano Presidente se desplazara sin toda la parafernalia que acompaña al señor de El Raizón, y con el civismo y respeto que merecemos los nicaragüenses, que aunque somos de tercer mundo, le pagamos un salario de primer mundo y un modo de vida de cinco o más estrellas.
El comisionado jefe de Policía que está a punto de dejar el cargo nunca se interesó por educar a sus agentes –y si no acepta esto, como nunca ha aceptado ninguna de las críticas que le hacen- ahora que se jubile que se siente al mediodía frente al televisor para que vea las pateaduras que los agentes policiales le meten a las personas –aunque ya estén reducidas y esposadas-.
Sé que todavía quedan policías buenos –y hasta heroicos-, que sudan el uniforme para garantizar seguridad a las personas. Lamentablemente lo que sobresale son los actos crueles, vulgares y sin sentido de quienes creyéndose impunes por portar armas y uniformes, y por ser presuntos garantes de la vida de un dirigente político, desprecian la vida y el honor de los demás, de los que, vuelvo a repetírselos, les pagamos su salario. ¿O es que creen que el dinero y las regalías que reciben provienen del bolsillo de quienes cuidan?