Opinión

No está perdido el pasado, hay siempre esperanzas en julio y septiembre

“Tome usted los nombres de los muertos hoy y apúntelos en el Libro de los Inmortales” Dijo Sandino; Salomón de la Selva (1936).

No está perdido el pasado, ni hay por qué contar sus historias como si fueran de tiempos perdidos, han sido vividos, son tan sólo tiempos idos, irrepetibles. Asumirlas es un acto consciente y necesario para construir el futuro, desconocerlas es cerrar los ojos a los orígenes, a los hechos que han marcado nuestra existencia. Joyce escribió en Ulises: “Todo futuro se zambulle en el pasado”. El hombre adulto, igual que los pueblos, no puede olvidar su niñez ni adolescencia, allí se esconden sus irremediables antecedentes. Hay que mirar de frente para seguir construyendo, aquí no hay ruinas, lo que falta es despojar al porvenir del pesimismo que se ha arrastrado como lastre, hay glorias suficientes, gente, juventud, fortalezas, luces en el túnel, árboles frondosos, a pesar de los discursos y las lamentaciones, hay siempre esperanza renovada en julio y septiembre.
Hay 1821 y 1838, existe 1856 y 1893, hay 1909, 1927, 1934 y 1979, existe un 1990 y más. Hay algo de locura en todo, de amor y desafío, de impulso y frustración, como escribe Sergio Pitol: “La pasión es el punto de donde parte la revolución”, los cauces se desbordan, el caudal buscará su rumbo y las aguas volverán a un nuevo nivel. Sobran banderas, el horizonte es tan extenso, sólo falta fijar un punto o muchos, moverse para llegar a ellos remando en esa dirección.
Soy parte de una generación que vivió gestas inolvidables, que valen por sí mismas, que no puedo cambiarlas y si alguien me preguntara sobre la posibilidad ficticia de regresar y decidir algo distinto, sin la menor duda diría que volvería a optar por ellas. No ha sido mi tiempo ni perdido, ni inútil. Siento orgullo por la historia de la que he sido testigo y partícipe, desde la lucha contra la dictadura somocista, el triunfo de la revolución sandinista, el intento de formación de un nuevo estado nacional, la creación de una nueva Policía, sus intentos de reforma y modernización, los procesos de cambio de la década del noventa y los esfuerzos contemporáneos contra los renovados riesgos, desmanes y desaciertos, contra los altares que ofrendan sacrificios de vidas y porvenir, en nombre de gastados sustantivos: patria, pueblo, pobres, paz, democracia, ley e institución. Hay mitos que se desmitifican y se vuelven a mitificar.
Hay 11 y 19 de julio, hay 12, 14 y 15 de septiembre, hay 4 de mayo, hay abriles y diciembres; hay Rubén Darío, Salomón de la Selva, Carlos Martínez Rivas, Joaquín Pasos, Cortés, Leonel Rugama, Justo Santos y Mena. Hay Diriangén y Nicaragua, hay Valdivieso, a pesar de los Contrera. Está Rafaela Herrera, Cleto Ordóñez, Enmanuel Mongalo, José Dolores Estrada, Andrés Castro, Zeledón y Sandino. Hay Alexis Argüello y Denis Martínez. Somos chorotegas y nagrandanos, miskitos, mestizos y mulatos. Vive Monimbó, Sutiaba y Bilwi. Se baila el Guegüense, el Garañón, la Mora Limpia y el Palo de Mayo; suenan atabales, guitarras, marimbas, matracas y pitos. Tantas leyendas que han aprendido a volar y hay que seguir alentando.
También existió Somoza y una multitud de grillos y luciérnagas que anunciaron en una larga y estrellada noche, la llegada del amanecer de un día, que quizás sigue esperando el deslumbrar de la aurora, llegará distinta, como cada día es diferente a otro. Que el olvido no nos arrastre a la muerte prematura de la indiferencia, “sólo sabemos lo que recordamos”, eso somos, como escribió en Paradiso (1966), el escritor barroco José Lezama Lima.
Nicaragua está llena de esfuerzos e intentos, de éxitos y fracasos, de proyectos inconclusos, y también tiene laureles frescos y marchitos, antiguos y recientes. Siento orgullo por el esfuerzo hecho, en el que he participado en mi tiempo, el camino que me ha tocado recorrer con miles de otros y otras, me siento parte de ello, si alguien estuvo ausente que reconozca su culpa, si alguien fue indiferente o impidió hacer que se lamente si quiere, o que simplemente lo olvide y vuelva la vista hacia delante. Si alguien llega a encumbradas posiciones que no le correspondían, fue o es incompetente, traicionó la confianza, frustró las esperanzas -suele suceder-, como escribió Nikólai Gógol: “La gloria no puede causar deleite a quien la ha usurpado y no merecido; sólo estremece de emoción al que es digno de ella”, que no se jacte, aunque a veces la ceguera hace perder la lucidez y los fantasmas se hacen ángeles y los ángeles terribles monstruos, tal vez el tiempo le da espacio para enmendarse y quitarse la máscara, tal vez la historia lo condene u olvide de prisa como su peor desaire. Los que tienen la más alta investidura podrán llevarla con gloria y deleite, o en andrajosos y luidos harapos.
Es necesario reconstruir el orgullo, la dignidad, el sentido de pertenencia, tirar a la basura el pesimismo enfermizo, la crítica a todo por la crítica misma, pero poner el dedo donde hay que ponerlo, hay que superar la exclusión, el revanchismo y la intolerancia, enjuagarse las lágrimas o lamentaciones y reír y hacer, construir monumentos y llevarles flores, pero más que eso, hay que luchar a favor de construir la nación, la nacionalidad, la ciudadanía.
Sin añoranzas, pero con orgullo, sin pesimismo, pero con franqueza, somos lo que hemos sido y seremos lo que hagamos, sin miedos ni indiferencias.
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