Opinión

Miradas


Se pueden hallar en cualquier parte. El otro día se juntaron varias en el mercado del Huembes. A veces ocurre con ellas eso. Uno camina y siente que algo tintinea como si el viento agitara las cuentas de un rosario que cuelga de la mano de una virgen. Y no es un sonido, ni siquiera es el viento. Es una niña, a lo mejor es una niña que alza la mirada hacia donde cuelgan las grandes piñatas en forma de oso o de superhéroes sonrientes y algo desmejorados, listos para quebrarse en caramelos. Entonces está ahí, esa clase de mirada donde parece que todo empieza, y uno quisiera quedarse mirando la mirada de la niña que mira.
Otras veces las hallo escondidas entre las frutas. La dueña de la venta no perdía ojo de ellas mientras se abanicaba a las horas furiosas del calor de la tarde. Hay un chavalo en la esquina mirando una papaya; la está mirando como si no hubiera otra fruta en el mundo. No debe haberla. Hay en esa papaya una especie de felicidad de forma, de color. La mujer y él saben que no tiene dinero para comprarla. El chavalo se acerca y mira a la señora. Ha ensayado la mirada varias veces, pero no importa. Con ella le dice a la señora que sólo se trata de una papaya en un puesto llena de ellas. La mujer duda, pero la mirada del chavalo le hace cosquillas, entonces agarra una fruta, la que tenía más a mano. El chavalo tuerce el gesto y suplica sin voz que no es ésa, sino la papaya que está al lado. La mujer consiente y le dice “andate chavalo jodido”, dándole la papaya entre los brazos.
En ocasiones, es una muchacha oyendo una voz en el teléfono que se oculta no más para que no le descubran la mirada, la mirada de la que estoy hablando. Los maestros también lo saben, cuando notan de vez en cuando que algún alumno está descubriendo algo nuevo, tal vez a una parte de sí mismo mientras el maestro les habla de Anatomía, de la historia del país o de Rubén Darío. Esa mirada, a veces, no siempre, suple la parte del salario que le roban al maestro.
Otras, se trata de una mujer querida, siempre niña, en una foto antigua en blanco y negro; le acaban de regalar una muñeca y reta a jugar a los adultos. No cederá en hacerse la foto sin ella, y sonríe como retando a ver quién es el valiente que se la quita. Mientras lo hace, el fotógrafo dispara y detiene esa mirada para siempre, como para hacerla inmune a cualquier tristeza, una vez que abandone a la muñeca. Hay miradas que se necesitan tanto, como las de Thais, al bajar del bus que le trae del colegio los viernes al mediodía, porque el viernes es el día que vuelve su mamá de trabajar de otro lugar lejano. La mirada redonda con que la recibe elimina de un plumazo la distancia. A esa clase de miradas me refiero, donde todo empieza.
Hace poco, recordaba que el autor de El Mundo de Sofía describió en el prólogo lo que le motivó a estudiar la filosofía: era la capacidad de sorprenderse que tienen los niños constantemente, y puso un ejemplo magnífico: en la mesa alrededor de la que desayunan varios miembros de una familia, de pronto, el padre se eleva y comienza a volar cerca del techo. Los adultos, comenzando por la madre, pasarían probablemente del estado de shock al desmayo repentino. Alguien, tal vez el hermano mayor, gritaría espantado. Tan sólo el pequeño, el cumiche de la familia, exclamaría entre asombrado y divertido: “¡oh, papá está volando!”, como si fuera una novedad más en un mundo que no deja de tener sorpresas. Para él no sería nada inesperable que su padre hiciese magia.

A veces salgo y sin querer encuentro esas miradas. Bueno, la verdad que no es sin querer, sino que las busco, sobre todo cuando todo está tan oscuro, cuando uno hace cuentas y ve que las cosas está en contra, cuando muerde el dolor de los tropiezos, es lo malo de andar a oscuras. Cuando viene la fatiga de tristezas y apenas hallás una explicación para levantar la vista. Siempre, les juro que siempre las encuentro. Están ahí, esas miradas en las que parece que comienza todo, que limpian una superficie de dudas. No sé si es lo que miran o si es la mirada lo que hace sentir que todo vuelve a estar bien. A mí me gusta contagiarme, quedarlas mirando y llevármelas conmigo de vuelta. Cada uno tiene su forma de alivio rápido. La mía es encontrarme con ese tipo de miradas que están cerca y donde a uno le parece estar despertándose en el primer día del mundo, las miradas donde todo comienza de nuevo.

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