Opinión

La cuestión cultural


La sociedad civil está más urgida que la clase política de solucionar los problemas de Nicaragua. Uno de los problemas cruciales para la identidad, el desarrollo y la felicidad de nuestro país es el de la cultura. Frente al problema de la cultura, los candidatos a presidentes y vicepresidentes lo único que han mostrado es que son unos grandes dundos y tímidos que intentan bailar –como arañas fumigadas- el costeño Palo de Mayo o música folclórica del Pacífico, pretendiendo, con la algarabía de sus cuerpos danzantes, libres, festivos, rítmicos, arrítmicos y/o vergonzantes, llevar votos a su molino. Sólo el FSLN, haciendo gala de su poder económico, de su preocupación por utilizar y controlar la cultura, ha brindado un gran espacio a los músicos y grupos de danzas de su cofradía para que embellezcan sus actos. Pero en ninguno de los candidatos, ni en sus aparatos de propaganda y campañas publicitarias, hemos hallado un programa claro, mensurable, responsable (es decir mostrando su viabilidad económica) que le comunique a la población votante sus ideas sobre la cuestión cultural.
La sociedad civil, con sus botas de siete leguas, hechas de necesidades apremiantes, en el aspecto cultural está a ocho segundos luz de la clase política electorera. Los productores, administradores y promotores de la cultura, a manera individual y colectiva, han tenido al menos tres notables iniciativas:

1. El pertinente artículo del Dr. Carlos Tunnermann Bernheim, titulado ¿Y la agenda cultural?, publicado en la página de Opinión de El Nuevo Diario, el 2 de agosto de 2006.
2. El Seminario Taller sobre Indicadores Culturales, realizado por la Unesco, el Instituto Nicaragüense de Cultura y la Universidad Politécnica de Nicaragua, efectuado los días 3 y 4 de agosto de 2006.
3. El Foro sobre políticas culturales auspiciado por el Foro Nicaragüense de Cultura y realizado el sábado 19 de agosto de 2006.
Todas estas iniciativas vienen del sector progresista y socialdemócrata de la sociedad civil. Exceptuando a la Unesco, que es un organismo de las Naciones Unidas, y al Instituto de Cultura Nicaragüense, que es un órgano del gobierno nica-yanqui con el primer marine antólogo como director, todo lo demás es concurrencia y aporte de la sociedad civil. Planteo lo anterior para que usted, lector, sopese el expediente funesto de la derecha política nicaragüense sobre la cultura, tan macabro como el del sandinismo en el poder.
Haciendo a vuelo de pájaro un leve recuento vamos a encontrar que durante el gobierno de la señora Violeta Barrios de Chamorro la cultura no era una cuestión prioritaria (en palabras del ingeniero Antonio Lacayo al maestro Pablo Antonio Cuadra) y como tal la trataron, reduciendo a su mínima expresión el presupuesto que administró decentemente doña Gladys Ramírez de Espinoza. Durante la Administración del doctor Arnoldo Alemán Lacayo, su director de Cultura, el licenciado Clemente Guido puso el peso de su gestión, realizada también con escuálidos recursos, en proteger el patrimonio cultural. E hizo bien Guido, la gente que estaba en el poder, los byrones, estébanes, spénceres, cifuenteces, ramíreces, ménases, et al, estaba dispuesta a tragarse cualquier patrimonio y dejarnos como vino Colón a América.
En la Administración del ingeniero Enrique Bolaños han pasado dos nulidades, una sonriente (el doctor Napoleón Chow) y otra sería (la licenciada Magdalena Úbeda), hasta llegar a la época de oro para el licenciado Julio Valle Castillo, no para la cultura. Nuestro querido y admirado amigo, con un raquítico presupuesto ha hecho de tripas corazón. Quizás por eso, y para lograr mecenazgos, vota y apuesta a favor de los banqueros en el saqueo del patrimonio pictórico y de la economía nacional (vía Cenis), con la quiebra fraudulenta de los bancos. Y quizás por eso anda de mal humor y se convierte en el gran marine censor, votando y apostando al lado de la burocracia en contra de un artista irreverente y digno, como el Gordo Salmerón II. Julito, vos tenés que votar al lado de los “artistas”, si no seguiremos diciendo que no hay peor cuña que la del mismo palo.
La cultura nicaragüense, pobrecita ella, tiene 45 años de somocismo (plata para el amigo, palo para el enemigo), 10 años de frentismo (todo a favor del frente, nada en contra de él) y 16 años de miseria (por amor al arte). Prácticamente tenemos un siglo de desastre, que puede ser agravado con el retorno de las brujas que ya sobrevuelan el poder montadas en sus modernas aspiradoras Mercedes Benz.
Así y todo esperamos que candidatos y candidotes tengan un poco de vergüenza, pongan oído al clamoreo del sector de la cultura y sean capaces de acoger en sus programas de gobierno por lo menos estas ocho cosas básicas.

1. La cultura, su producción, distribución, consumo y administración debe ser esencial para el desarrollo, como parte de una política de estado y no una política de gobierno.
2. El gobierno de los nicaragüenses para 2007-2011 debe promover una Ley General de la Cultura, con su respectiva reglamentación para desarrollar el arte, la ciencia, la tecnología y las comunicaciones; proteger el patrimonio cultural de nuestra nación y pueblos y ligar la visión estratégica sobre la cultura al desarrollo turístico y ecológico de nuestra nación.
3. Crear un Consejo Nacional de la Cultura, cuya membresía se obtenga por méritos y aportes a la cultura, con un carácter anual y rotativo, para abrirse a la participación y en enriquecimiento de la acción y gestión culturales. Actualmente hay un Consejo de Cultura, formado por validos y desvalidos de este churrigobierno, que se maneja en absoluto secreto. ¿Por qué?
4. Asignar un 4% del Presupuesto General de la República al Instituto Nicaragüense de Cultura.
5. Implementar una política de incentivos fiscales a las inversiones, apoyos y mecenazgos para el arte y la ciencia.
6. Otorgar premios, reconocimientos y pensiones a los creadores nicaragüense que les otorgue un lugar de honor en la sociedad y les permita vivir de manera digna y plena.
7. Crear un sistema de seguridad social para artistas, científicos y promotores de la cultura, que les permita seguir aportando a la sociedad y les garantice una vida digna.
8. Garantizar para y desde nuestra cultura, la libertad como fruto y bien supremo del quehacer humano. Nada de totalitarismos aniquilantes ni de neoliberalismo miserables. Y como dijo el fanático: “¡Que gane el más mejor!”