Opinión

Yo sólo sé que no sé nada


Después de convenir que, dada su importancia, el tema de la visita a Luis Favilli lo iban a bordar hasta en la próxima semana, ensimismado el de Managua en profundas reflexiones felizmente no escuchaba a Sherlock instruyendo a Watson sobre lo inoportuno que era tener una erección mientras uno se rasca o placenteramente descansa sentado: “Yo sé que es inevitable, pues hay una relación fisiológica entre un placer y el otro que vos sabés -le explicaba Sherlock posesionado de su papel de tutor en higiene, urbanidad y civismo-, pero entonces es conveniente retirarse a un lugar donde no lo vean a uno. Lo mismo te digo sobre eso de andar oliéndole el trasero a las visitas, pues las avergüenza y deja mal parados a los dueños de casa. Asimismo es muy de tomar en cuenta el que a las visitas tampoco les gusta el que uno se eche y las quede viendo fijamente, porque les da temor. Claro que, en ambos casos, debe de ser algún complejo de culpa que jamás van a revelar, pero no es a nosotros a quienes corresponde averiguar lo, sino a gente especializada en esas interioridades obscenas, tales como psiquiatras y psicólogos, como decir el Dr. Humberto López, el Dr. Manuel Madriz o la Dra. Estela Sandino”.
El único que le iba poniendo una desmesurada atención a las enseñanzas de Sherlock, aparte de Watson, era Caresol, pues el de Masatepe no olvidaba el que hubiera pasado inadvertido el treinticinco aniversario del fallecimiento del padre Angel Martínez, cosa que se habían comprometido el de Managua y él reparar en un próximo número de NUEVO AMANECER CULTURAL, así como otro por los ochenta años de vida de Luis Favilli. Cuando Watson comprendió que Sherlock había concluido su enseñanza matutina con aquella andanada de psiquiatras y psicólogos, comentó: “Supe que era precisamente el P. Angel quien tenía aquella magistral definición de que un psiquiatra es aquel que estudia lo que necesita”. Elemental, nuestro querido Watson, corearon los cuatro cuando precisamente pasaban por la casa de Carlos Flores.
Carlos Flores se incorporó a la caminata con un teatral desgano. Vestía camisa anaranjada pero sobre la boca llevaba una venda rojinegra a manera de mordaza voluntaria. Su estampa era el vivo reflejo de su situación, por lo que Caresol, para romper el hielo, le dijo: “To be, or not to be. That is the question”. Carlos Flores se bajó un poco la venda, y dejó escapar estas palabras: “Yo prefiero no ser a ser la causa de los quebrantos de la Yadira, por lo que a todos les ruego que a partir del día de hoy no pongan en boca mía las verdades que dicen que digo y que querría decir, pues al igual que Séneca, yo solo sé que no sé nada”, dicho lo cual y con un gran alivio, volvió a colocar la venda en su lugar. Los caminantes pensaron que iba a ser cosa de tiempo adaptarse a la compañía silenciosa de Carlos, y con todo respeto por su voluntad, recordaron con afecto por ambos, la famosa frase de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal: Cada quien es dueño de su propio miedo.
Sherlock pensaba que aunque Carlos Flores hubiera hecho voto de silencio, no podría evitar que él le adivinara sus pensamientos y los divulgara achacándoselos a la Dra. Ivania Guzmán o a la Dra. Leticia Herrera, subterfugio muy creíble, dada la vecindad del casi occiso con las susodichas. Para sus adentros, Sherlock se dio por satisfecho, y se permitió sugerirle a Carlos Flores que se quitara aquella mordaza y considerara el compromiso de todos los caminantes con él, como un pacto, pero de caballeros. Sin pronunciar palabra, Carlos Flores accedió a la petición, que ya era colectiva. “Lo único raro va a ser -dijo Watson- que a partir de hoy vamos a tener un caminante que no platica”.
Aprovechando que Carlos Flores dijera que ya no iba a hablar jamás, el de Masatepe, quien desde la semana pasada estaba enardecido, dijo: “Cuando el secretario de la Conferencia Episcopal de Nicaragua y obispo de Juigalpa Sócrates René Sandino habló de un crimen atroz y de un asesino, pensé que por fin la iglesia católica se estaba refiriendo al asesinato de Karla Stulzer, o a los curas pederastas que desde la Patagonia hasta los Estados Unidos cometieron el crimen atroz de mancillar los cuerpos y almas de inocentes que confiaron en ellos cuando buscaban fortaleza moral y espiritual. Pero no, el P. Sándigo se estaba refiriendo a un candidato que, en un estado laico, cometió el pecado de referirse al aborto terapéutico, e inmiscuyéndose en la campaña electoral, llamó a no votar por quien para él es un asesino, partidario de la cultura de la muerte. Si todos compartiéramos esta forma visceral e irracional de calificar al prójimo, diríamos que aunque solo salgan a luz unos cuantos casos, todos los curas son pedófilos. Pero no se debe de ser así, puesto que caeríamos en injustas generalizaciones, en apología del fariseísmo, y en la cultura de la muerte de las ideas”.

Jueves, 24 de agosto del 2006